Medio informativo del Movimiento Político de Masas Social y Popular del Centro Oriente de Colombia

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Diálogos con el ELN: La jugada del gobierno


Foto: El Rebelde de Medios

Trochando Sin Fronteras  Edición Nº 30 Diciembre – Enero 

 

El pasado 27 de octubre debía efectuarse la instalación de la mesa pública de diálogos entre el gobierno de Colombia y el ELN. Horas antes de la cita, el presidente Santos informó que sus delegados no asistirían. En Quito, lugar definido por ambas partes para el evento, quedaron plantados los delegados de diversos sectores sociales y la prensa nacional e internacional.

La aparentemente inexplicable decisión del gobierno colombiano de faltar a la reunión se intentó justificar por la no liberación de Odín Sánchez. Los grandes medios de comunicación, como siempre, hicieron eco de esa excusa gubernamental, omitiendo lo absurda que resultaba.

Absurda, porque tanto el ELN como el gobierno han acordado los mecanismos y condiciones en que se sentarán a dialogar, y por ningún lado estaba la liberación del político chocoano, conocido por sus vínculos con el paramilitarismo y la corrupción. A pesar de que esos términos están escritos y además son conocidos por los veedores internacionales, Santos los pasó por alto, sin sonrojo alguno.

Pero la pregunta es si realmente lo que se pretende con esa decisión es que liberen a Sánchez, porque si fuera esa la intención, fácilmente se hubiera puesto como condición inicial para sentarse a hablar. Por el contrario, y teniendo en cuenta los movimientos que la élite colombiana (representada en Santos y también en Uribe) ha venido haciendo en el marco de los diálogos de paz, se vislumbran objetivos diferentes, más relacionados con lo que esa élite, la que controla la economía y la política en el país, quiere lograr de un proceso de diálogo con la insurgencia.

En desarrollo de esa táctica, los representantes del régimen establecieron una línea roja, infranqueable respecto de temas inamovibles como el modelo económico o la doctrina militar; crearon un “congelador” imaginario -pero con efectos reales- para meter ahí otros temas importantes para el debate, pero que afectaban intereses de sectores poderosos de la oligarquía; desarrollaron una oposición representada por el uribismo (derecha contra derecha) para re negociar el acuerdo con las FARC; y ahora dilatan la instalación de la mesa con el ELN, aprovechando para echarle a esa guerrilla la culpa, por no cumplir una condición que se inventaron a última hora.

De fondo está la negativa de esa élite y su gobierno a permitir la participación de otros sectores de la población colombiana en el proceso de diálogo que, como consta en la agenda de negociación, es uno de los puntos fundamentales que ha planteado el ELN. No es extraño, ya que si la gente (y especialmente la gente organizada) participa en ese proceso, seguramente entrarán en debate los principales problemas que tiene el país y la discusión no se centrará en cuándo y cómo se entregan las armas.

Por su parte, el ELN ha dicho que los diálogos para esa organización tienen un carácter exploratorio, es decir, que no tienen la certeza de que poder zanjar la diferencia que hay entre su visión de paz y la del gobierno, y que mientras avanzan los diálogos constatarán si hay condiciones para llegar a un acuerdo definitivo.

El problema es que ya se ha creado en Colombia la idea dominante de que terminar el conflicto es igual a desarmar a la insurgencia, es decir, no superar las causas del mismo, sino sus consecuencias.

Pero difícilmente el complejo y antiguo conflicto en nuestro país podría resolverse con la desaparición de las guerrillas. Prácticamente desde que Colombia es república, la estructura política y social no ha cambiado. Como lo afirmó el profesor Renán Vega recientemente [1]

“los grandes dueños de este país, terratenientes, exportadores cafeteros, ganaderos, a los cual debemos adicionar el sector financiero, los banqueros de las últimas décadas, todos estos sectores siempre han mantenido su dominio y su poder en la sociedad colombiana a partir del miedo para que no sean tocados sus intereses de ninguna manera, es decir, para que en este país terriblemente desigual nadie se atreva a cuestionar esa desigualdad, como si esa desigualdad fuera un designio natural, de la divina providencia…”

Por eso no es aceptable la tesis de que la violencia en Colombia empezó con el surgimiento de las guerrillas o terminará con la desaparición del ellas. Porque la violencia, y principalmente la violencia contra el pueblo que trabaja y trata de subsistir en precarias condiciones, viene de mucho antes y ha sido ejercida por las élites en el poder: “Se puede perdonar y olvidar que con motosierra se diseccionen a las personas estando vivas; se puede perdonar y olvidar que en Colombia hayan habido hornos crematorios al estilo nazi; se puede perdonar y olvidar que campesinos, metizos y negros hayan sido echados vivos para ser devorados por los cocodrilos pero no se puede perdonar que un grupo de campesinos colombianos se haya levantado en armas contra el Estado y los poderoso” [2].

En ese sentido, los que tiene el poder (conseguido y mantenido a través de la violencia), no están dispuestos a ceder sus privilegios en una mesa de diálogo, incluso si así logran la desmovilización de las guerrillas. Ejemplo claro es lo que sucedió con el proceso de paz con las FARC. Y si los insurgentes logran algo en la mesa, por pequeño que sea, con otro mecanismo se recorta. Por ejemplo, el uribismo ganó con el 16% y con esa jugada re negociaron el acuerdo, a pesar de que la mayoría (62% de los electores) no participó en el plebiscito.

Todo parece indicar que la jugada es pacificar al pueblo para que todo siga igual.


[1] Renán V., III Seminario sobre delito político, situación de los presos políticos y paz
[2] Ibídem