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Medio informativo del Movimiento Político de Masas Social y Popular del Centro Oriente de Colombia

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El flaco Morales


el flaco morales

Trochando Sin Fronteras junio 8 de 2020

Por: Edwin Doria – Colaborador TSF

El flaco Morales salió desde casa a pescar al río en horas de madrugada. Llevaba en la mochila, mangos, implementos de pesca, anzuelos, un chinchorro y carnada; implementos que compró con cinco mil pesos prestados por la vecina a su compañera Rebeca.

Morales junto con Rebeca, llevaban más de un mes confinados; alejados de hijos y nietos que tanta falta hacían en esos momentos de crisis existencial a los dos viejos. Sobrevivían con muy poco.

Pasada la media noche, sin que aparentemente nadie los notara, recogían en la calle los mangos caídos de árboles sembrados en la puerta del vecindario. Hacían jugo, dulce o ensalada de mango para mitigar el hambre. Algunos vecinos consciente de la situación y conocedores de su oficio de pescador que no ejercía por esos días, los ayudaban con lo poco que podían. La que más colaboraba era la vecina de al lado, a través de la cerca que dividía los dos patios pasaba una comida diaria para compartirla.

En una ocasión recibieron una comprita donada por el gobierno departamental que la estiraron una semana, realizando una comida diaria. No accedían a la ayuda humanitaria por carecer de tecnología, no tenían celular, ni computador, además desconocían el manejo de esos aparatos.

Acostados en la hamaca matrimonial, sin pegar el ojo, mirando el haz de luz nocturno colado por diminutos huecos del techo de zinc, el flaco iluminado por la noche azul propuso a Rebeca infringir la norma de confinamiento. Ir a pescar para garantizarse alimentación y algunos pesos –No podemos pasar toda la vida encerrados, esperando que un culicagado presidente, ordene la salida de los más viejos– Rebeca respaldó la propuesta de Morales -Te advertí: El que se acuesta con pelao amanece cagao-.

A ella le hubiese gustado acompañarle, pero alguien debía quedar en casa, por si las moscas. Al siguiente día, habló con la vecina para el préstamo, argumentando que con ese dinero compraría medicina.

Madrugaron como era costumbre antes de la pandemia, durante la cuarentena cambiaron el hábito y levantabanse de la hamaca casi al medio día. Con ello trataban de volarse el desayuno y quizá el almuerzo, engañando al estómago, habituado por lo menos a dos comidas diarias. Rebeca, su compañera de vida durante más de cincuenta años, calentó el café sobrante del anterior día, y lo entregó con dulzura al Flaco. Acto seguido, le pasó el tapabocas elaborado con tela de una vieja franela de propaganda política, desteñida por el uso y el sol, pero limpia y esterilizada con agua caliente. Despidió al flaco Morales con un beso en la mejilla –cuídate mijo. Aquí estaré esperándote– Se abrazaron, y compartieron lágrimas de profundo afecto.

Morales por recomendación de Rebeca no caminó por las calles del pueblo para llegar hasta la rivera; sino por el camino enmontado a las afueras del poblado, para evitar encontrarse con la mala hora. Al atardecer, Morales había acumulado una gran cantidad de peces de diferentes tamaños; apartó, en una bolsa plástica los que llevaría a casa y otros de obsequio para la vecina de al lado. El resto los vendería antes de llegar a casa. Esos, los ensartó en una vara de exhibición. Había olvidado él toqué de queda para los mayores de setenta años. Regresaba por la calle principal del pueblo cuando fue abordado por una patrulla de ocho policías motorizados que lo rodearon y le exigieron identificación.

Morales mostró la identificación. Uno de los policías arrebató de su mano el documento y lo confiscó. Cuando el viejo quiso reaccionar, para recuperar la cédula fue reducido por tres policías; lo arrojaron al suelo junto con los peces que también comieron el polvo. Los curiosos desde sus casas protestaban por el abuso policial. Sin embargo, prosiguieron con el procedimiento y al momento llegaron dos patrullas, lo alzaron como un bulto de yuca y lo arrojaron al platón de una de las camionetas y encima de su cuerpo le echaron el chinchorro.

En medio de los quejidos de dolor de Morales, recogieron la mochila, la vara de pescados y partieron con rumbo desconocido. Luego del infortunio de Morales, narran los curiosos, que los patrulleros se detuvieron por el camino, revisaron la mochila, se comieron los mangos, hicieron bromas, entre ellos, con los peces y después se los repartieron. En vista que el viejo se quejaba de un fuerte dolor en sus costillas, acordaron llevarlo a una clínica, lo reportaron como NN, se lavaron las manos y continuaron con el patrullaje.

Algún curioso que distinguía al flaco, llegó hasta la casa de Rebeca e informó lo sucedido. Rebeca, luego de muchas vueltas entre la estación de policía y el puesto de salud de la población, logró dar con el paradero de su compañero. Lamentablemente después de esperar muchas horas a la intemperie bajo la lluvia y sin probar bocado por dos días a las afueras de una clínica en la ciudad donde fue trasladado, recibió la mala noticia envuelta en una cajita con los restos del flaco Morales hecho cenizas que según el informe médico murió por consecuencia del Coronavirus.

 


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