La suspensión provisional del decreto que fijaba el aumento del 23,78% del salario mínimo para 2026 por parte del Consejo de Estado no es un simple acto jurídico. Es la expresión de una disputa por la distribución del valor producido por el trabajo.
El Gobierno de Gustavo Petro había establecido un salario de $1.750.905 más auxilio de transporte, completando $2.000.000 mensuales. De inmediato, el capital financiero reaccionó. Luego vino la ofensiva patronal. Y ahora, la ofensiva judicial.
El salario no es regalo: es disputa por el valor
Marx lo dejó claro en Salario, precio y ganancia: el valor de las mercancías no lo determinan los salarios, sino el trabajo socialmente necesario que contienen salario, precio y ganancia. El salario no paga todo lo que el trabajador produce; paga apenas lo necesario para reproducir su fuerza de trabajo.
Como lo reitero Sergio Herrera de ASOTRAVID:
“El salario no es el pago por el valor total que produce el trabajador, sino el valor de su fuerza de trabajo”.
Cuando el salario sube, no aparece riqueza nueva por arte de magia. Lo que ocurre es que una parte mayor del valor creado va al trabajador y una parte menor queda como plusvalía. Y eso, para el capital, es intolerable.
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La narrativa inflacionaria aparece entonces como argumento recurrente: se acusa al salario de provocar el alza de precios, cuando en realidad lo que está en disputa es la porción del valor que queda en manos del capital. Marx ya señalaba que una subida general de salarios no determina automáticamente una inflación permanente; lo que afecta, en última instancia, es la cuota de ganancia.
Por eso el capital reacciona. La subida de tasas del Banco de la República al 10,25% no puede leerse únicamente como una decisión técnica. Bajo el argumento de “controlar la inflación” se protege la tasa de ganancia.
Nuestro entrevistado nos lo explica:
“El aumento legal no cambia la esencia, el salario sigue siendo una variable de conflicto entre clases y el capital siempre lucha por comprar la fuerza de trabajo, pues a un menor costo. En ese caso, los límites que tiene la política salarial, Son los límites de la rentabilidad.”
La inflación, en muchos casos, es el mecanismo mediante el cual el capital intenta recuperar lo que pierde en el terreno salarial.
La suspensión provisional por parte del Consejo de Estado no se produce en el vacío. Llega después de que empleadores aprovecharan la incertidumbre jurídica para retrasar o negar pagos. Llega en medio de una ofensiva discursiva sobre la “competitividad” y la “estabilidad macroeconómica”. Llega cuando el aumento salarial empezaba a materializarse. La decisión mantiene bajo revisión judicial una medida que, por ahora, queda sin efecto. No es sólo un trámite: redefine los márgenes dentro de los cuales puede moverse la política salarial.
La anulación del decreto por parte del Consejo de Estado no ocurre en el vacío. Ocurre en un momento en que el capital busca frenar cualquier redistribución del ingreso que afecte sus márgenes.
Lo que está en juego no es sólo una cifra. Es quién se queda con el fruto del trabajo social y la evidente mezquindad de la clase pequeño burguesa en el país.
Informalidad: el gran elefante en la habitación
Pero el problema no termina ahí. En un país donde más de la mitad de la fuerza laboral es informal, el salario mínimo ni siquiera alcanza a cubrir a la mayoría de quienes venden su fuerza de trabajo. El capital se beneficia de esa fragmentación: utiliza la informalidad como presión a la baja sobre el salario formal y como reserva permanente de mano de obra barata. Por eso la lucha no puede reducirse a una cifra decretada. Como se afirmó en la entrevista:
“La bandera no puede ser solo salario mínimo legal. Tiene que ser la socialización de la riqueza y el derecho a la reproducción de la vida digna”
El salario mínimo es un piso. Pero la lucha no puede limitarse a ese piso.
Lo ocurrido confirma algo elemental: la política salarial tiene límites estructurales dentro del capitalismo. Cada aumento es tolerado mientras no afecte seriamente la acumulación. Cuando la mejora salarial empieza a presionar la tasa de ganancia, los distintos engranajes del sistema —financieros, empresariales, judiciales— se activan para reequilibrar el terreno. El decreto puede ser suspendido; la contradicción que lo produjo no desaparece. La riqueza la crea el trabajo. La disputa es quién la controla.
¿Puede garantizarse una vida digna mientras la riqueza social siga organizada para producir ganancia privada?
Lo que viene
La lucha por el salario no es una ilusión reformista. Es una batalla concreta por la distribución del valor. Pero como advertía Marx, estas luchas son necesarias aunque no suficientes.
Si el capital controla la inversión, el crédito, los precios y el aparato judicial, cada avance deberá defenderse con organización y movilización.
El decreto puede suspenderse. La contradicción capital–trabajo, no.
En Colombia, la pelea por el salario mínimo volvió a demostrar que el Estado no es neutral y que al fina la pregunta no es si el salario mínimo es demasiado alto. La pregunta es cuánto más tiempo seguirá siendo demasiado baja la parte que recibe quien produce todo.
Referencias
C. MARX SALARIO, PRECIO Y GANANCIA https://www.ehu.eus/Jarriola/Docencia/EcoMarx/salario,%20precio%20y%20ganancia.pdf





