lunes, febrero 6, 2023

Mundial de Fútbol: remembranzas y lecciones 

Una vez hayamos goleado al Imperialismo, hasta hacerlo desaparecer de la faz de la Tierra. Una vez que su barbarie no contamine los campos verdosos del balompié mundial. Toda vez que logremos ganar el partido de nuestras vidas, el fútbol y su mundial serán verdaderamente universales y el balón de oro podrá rodar en un planeta, libre de pobreza, exceso de sufrimientos y opresión entre naciones.

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Ha pasado una semana desde que finalizó el Campeonato Mundial de Fútbol en Qatar 2022 y es menester hacer unas cuantas remembranzas. Al menos, dar al pie con tres lecciones de interés público para los trabajadores en el terreno vivo e integral de la cultura.

Al compartirle un vídeo recopilatorio de comentaristas deportivos argentinos que despotricaron de Lionel Messi como falso ídolo —¡cuarto intento, a por la Copa!— y, acto seguido, la respuesta del poema de la victoria deportiva de los campeones, la cual mostró la virtud del equipo y su capitanía central, una amiga provinciana colombiana me escribió que “lo superara”, “que el mundial ya pasó de moda”. A cambio de ello, muy jocosa me invitó a un concierto de pop y gira de los mexicanos RBD.

La final de Qatar del 18 de diciembre de 2022 tuvo miles de millones de espectadores con récords televisivos y callejeros que gritaron y lloraron, festejaron con frenesí y nostalgia. Después del Mundial, ¿qué nos queda? Algo más que el fantasmita árabe La’ebb, Gasparín. Remembranzas y lecciones vivas, no más.

∞I

La primera lección es la contradicción entre la pasión futbolera de masas por el arte y espectáculo del balompié, no solo con el festejo masivo del pueblo argentino, sino también su resonancia en Bangladesh, Haití, India, Marruecos, Madrid y Estados Unidos, contrastado con el déficit de sensibilidad y conciencia estética de buena parte de las izquierdas radicales, las ciencias sociales y la filosofía.

De hecho, la pobreza cultural la encontramos en la intelectualidad y sus medios de expresión, sus opiniones, más que en el público variopinto de aficionados, amateurs, televidentes y asistentes.

Todavía existe un déficit de comprensión entre arte y política y el fenómeno deportivo en sí. La woke política del liberalismo, el sectarismo antifutbol de la ultraizquierda y lo políticamente correcto y oportuno del progresismo y el conservatismo, muestran tal déficit estético que no es culpa de ellos sino de la propia decadencia cultural del capital y el trabajo apresado. Sea esta, de nuevo, una ocasión, para rememorar la antología clásica Su majestad el fútbol (1968) y El fútbol a sol y sombra (1995) del uruguayo Eduardo Galeano, su pluma fantástica, movida por las piernas de futbolistas. Leedlo, cabezotas. Escuchad su última entrevista futbolera y lo que dijo de Messi, La Pulga.

Quien no tenga una sensibilidad artística no podrá hacer una revolución triunfante ni ponerse, verdaderamente, del lado del pueblo trabajador, tener contacto con su modus vivendi. Ya que, como dijo Trotsky en Literatura y revolución (Cap. VII, 4, 1924), la revolución dará, además de pan, el derecho a la poesía. Y el fútbol, para algunos filósofos, pareciera ser una manifestación poética en el campo del deporte, con las jugadas de sus artífices, las narrativas de los locutores y, sobre todo, el sentir de los espectadores y el retrato de los artistas. Dijo el poeta juvenil, Michael Benítez Ortíz, “la poesía está en otra parte”, no solo en los libros de prosa y rima, “por ejemplo, en el rock n roll”, aludiendo a Elkin Ramírez de Kraken. Si no se cree esto, escuchen la canción futbolera Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar de los gauchos La Mosca y el profe de teología, Fernando Romero, que ya cuenta con más de 15 millones de visitas, el top en los rankings y ha traspasado fronteras.

Con ocasión del Mundial, pasemos revista a imprecisiones y miserias de incomprensión del fenómeno cultural del fútbol, la institución del mundial y sus dimensiones políticas, que muestran la crisis misma del pensamiento y de la cultura, la putrefacción mental de las universidades y partidos de izquierda, contrastándolas con las lecciones que hoy les traemos.

Desde el enfoque decolonial, la afroestadounidense Erika Edwards para The Washington Post controvirtió el mito de la Argentina blanca y la pseudo crítica identitaria. En especial, la que dice que la selección Argentina era un remanso europeo de blanquitud criolla y elitista, sin vínculos populares y con ethos racista, al no contar en su plantel a futbolistas negros e indígenas araucanos. A su vez, que la selección francesa era igualmente racista al deber su victoria a futbolistas de ascendencia africana, exportando talentos. Bastó la respuesta del cubano Julio César Guanche en su rehabilitación latina, morocha y plebeya de La república popular del fútbol para desmentir las tan pobres, unilaterales y sesgadas opiniones identitarias, por lo demás, extra futbolísticas y convenientes de mercaderes de prensa a favor de la “multicultural” Francia.

Desde el enfoque politológico, lo que se tuvo en cuenta fue, exclusivamente y/o centralmente, la mafia de corrupción de la FIFA y su burocracia espuria, el tráfico de intereses del Parlamento Europeo para favorecer a la monarquía capitalista y petrolera de Qatar, la sobreexplotación de trabajadores migrantes y miles de muertes por accidentes laborales en la construcción artificiosa de estados, para cumplir las cuotas y dictámenes del imperialismo. Todo esto es cierto.

Como ya sabíamos con Marx y Engels, divisando la naturalización de un Aristóteles y el cinismo de un Nietzsche, los grandes logros civilizatorios (Grecia, Roma, Egipto, Occidente) se han hecho con la sangre de los explotados.

El filósofo negro camerunés, Achille Membe, reconoce también ese “tributo en sangre”…En 2018 Membe elogió a Colombia como “el equipo más africano de Latinoamérica”, tanto por la impronta del Pacífico chocoano como por su fugaz fútbol, pendiente de renacer.

El fútbol, dicen algunos, su consumo cultural, fue visto como actividad alienante y desvío de lo real, cuestión constatada por el sentido de vacío existencial post-mundial y el festejo irracional de hinchas en medio de una inflación disparada de la Argentina y la pospandemia. Algo falso por su unilateralidad. El fútbol es arte deportivo de primera línea popular, si bien no se sustrae a los circuitos del capital y su industria cultural, i.e. el narcótico futbolero de la sociedad del espectáculo. Empero, el científico social y filósofo marxista de nuestro milenio que ose limitarse a decir aquella ligereza del fútbol, caerá en el ridículo y desprestigio, como cuando décadas atrás lo hizo el aburrido academicista Theodor Adorno (Teoría estética, 1969) y Max Horkheimer, al desvalorar el Jazz y el Rock n’ roll, haciendo apología de la alta cultura de la burguesía. Algo semejante hizo la burocracia stalinista y la izquierda tradicional, diciendo que estas expresiones eran “hacerle el juego” a la cultura imperialista.

Esta visión sectaria hacia el balompié se resume en dos frases: una de ellas es “ya se acabó el Mundial, concentrémonos en lo importante: la vida del futbolista Amir Nasr-Azadani”, defensor de las mujeres en el reciente estallido revolucionario en Irán, cuestión que debe movilizar a personalidades democráticas, figuras públicas y los trabajadores de todo el mundo para revertir la sanción condenatoria de él y cientos de presos políticos. La otra es “el fútbol es el opio del pueblo y para el pueblo”, según la poderosa canción colombiana Hasta cuando… Hasta siempre (2001) de La Pestilencia, para recordar el asesinato mafioso-paraco e impune del futbolista colombiano, Andrés Escobar Saldarriaga, luego de meter un autogol en el Mundial de Fútbol de 1994 en y con Estados Unidos. Toda una balística. La vida no termina aquí, Andrés. El fútbol de Qatar tampoco.

 

Teniendo en mientes la pelota de cuero y el Mundial de Fútbol, quien ose hacer un análisis serio, ponderado y dialéctico de la industria cultural de masas, aun de estética del fútbol, no podrá caer ya en las pisotadas en falso y lugares comunes del enfoque politológico vulgar de la izquierda, la derecha y el centro.

Así como la filosofía del arte ha incursionado en el cine de terror y ficción lo debe hacer con el fútbol. Donde el prisma de la técnica futbolística y sus gladiadores, los estadios y los negocios, los públicos y barras, el fanatismo y el lumpenismo, las ideologias y emociones, la catarsis, sean reconsiderados de nuevo, teniendo siempre una máxima: cada partido es único y concreto.

Después de todo, qué más estético, épico y, hasta pedagógico…que la frase y tuitazo del mediocampista argentino, Rodrigo de Paul: “No busquen dinero, busquen gloria, sean campeones del mundo que la gente los va a recordar y les va a agradecer toda la vida”. Lo dice quien jugó y se hizo partícipe de una de las mejores finales en la historia del mundial: dos tiempos, empate reñido, alargue, muchas opciones, penales de fuego y atajadas.

∞II

La segunda lección es que, si bien, hasta el momento, ha habido un relativo silencio de parte del seleccionado campeón albiceleste y su contrapunto francés, en el Mundial de Fútbol en Qatar el fenómeno futbolístico tuvo un sinnúmero de expresiones políticas de distinta índole y cromática. Muestra que, más allá del mundial, el fútbol es político par excelencia con la exquisitez de su atmósfera cultural envolvente, su droga.

De parte de los futbolistas, estuvieron los alemanes con la boca tapada, en alusión a la carencia de libertades, la censura y la homofobia rampante. Los marroquíes, al eliminar a los otrora coloniales, España y Portugal, alzan la bandera Palestina y, es contradictorio, celebran con cánticos la opresión del pueblo de Saharí Occidental. Los argentinos en pugna con los belgas y franceses (el maradoniano “¡Qué te pasa, bobo! Andá.., andá para allá bobo…”), al demeritar el técnico Van Gaal y el guayo de oro, Kylian Mbappé, al fútbol sudamericano, pobremente financiado y con estadistas imperiales humillados, el patético Emmanuel Macron. Después de todo, desde el 2022, hace 20 años, América Latina no ganaba una copa, de ahí que millones de trabajadores latinoamericanos festejaran el triunfo deportivo de la selección Argentina como propio. El festejo fue cariz internacionalista, de comunión de los pueblos oprimidos del mundo celebrando la fiesta del fútbol.

De parte de los espectadores, la bandera LGBTI retornó a los campos y la de otras justas causas. El descrédito de ciertos gestos machistas burlescos y lugares comunes masculinistas y hasta racistas de las estrellas, guardameta Dibu, jugadores y público no dejaron de verse (brazalete No discrimination). Los topless y muestras femeninas de protuberantes senos ante la moral reaccionaria de los monarcas árabes. Los cánticos mexicanos de “queremos cerveza, queremos cerveza” y arengas sociales en los estadio cataríes, desafiando la policía de los jeques, emires. Todo esto empieza a poner en crisis la hegemonía cultural de las dictaduras del Golfo Pérsico y el imaginario musulmán radical.

El fútbol tiene varios símiles con la lógica política. Ambos implican luchas de partidos-equipos, sus resultados son de triunfo-derrota, hay que diseñar una táctica y estrategia distinta para cada encuentro. En el fútbol y la política se precisa de roles precisos y ubicación de cuadros para dar las batallas, se precisa de entrenador, capitán, defensas, mediocampistas, vanguardia de ataque y volantes. También es consustancial al fútbol y la política las hinchadas de copartidarios y detractores, bandos enfrentados y campo de juego, el arte de armonizar y conflictuar las emociones y personalidades, etcétera. El fútbol, análogo a la revolución, es la fiesta de los pobres, donde se encuentran y sus miembros despiertan y concitan emociones de alegría, rabia y desfogue; obviamente, su encauzamiento es distinto, va por distintos caminos y objetivos.

Comentando el Mundial de Qatar, para el periodista Pablo Esteban, el argentinazo del 21 de diciembre de 2022, feriado nacional con ocasión de la tercera estrella futbolera, fue una movilización popular masiva en El Obelisco de más de cinco millones y, a la postre, en todos los rincones del país y el mundo, muy superior al 72-73 con la vuelta del expresidente Perón tras el golpe militar y, también, superior al discurso del dictador Galtieri en Plaza de Mayo, con ocasión de la invasión imperial de Thatcher a las Malvinas en el 82 y la guerra por la recuperación de la soberanía insular de los argentinos.

Hasta el periodista Miguel Wiñazki reconoció en El Clarín, que fue una movilización política en sentido amplio, de dimensiones majestuosas, es decir, cultural. El argentinazo de diciembre de 2001 fue el proceso revolucionario de dignidad y rabia que sacó a un presidente en helicóptero. Sin adocenar ninguna tesis excepcionalista de la historia, el próximo y definitivo argentinazo de los trabajadores y sus aliados populares, con partidos trotskistas combativos a la cabeza, traerá el trofeo de una Argentina Socialista y la segunda y definitiva independencia de América Latina del imperialismo euronorteamericano. En cualquier lugar del mundo puede estallar la llamarada roja y festejo del balompié.

∞III

La tercera lección es la remembranza y su prospectiva, no tanto de lo que han sido las festividades mundiales, sus cultos universales a la perfección y virtuosidades humanas, llámese Juegos Olímpicos de herencia griega, llámese Mundial de Fútbol de resonancia latina e inglesa, cualquier otro, sino la posibilidad misma de lo que podrían ser en el futuro civilizatorio, más allá de la coyuntura de sus cuatrienios deportivos. Que el goce cultural y la felicidad no sea apenas un elixir excepcional, un afuera de la normalidad e infierno del capital, sino un momento universal de la libertad, de lo común, de plena realización futbolística y futbolera.

El Mundial de Qatar nos obliga a imaginar un mundo nuevo posible, una civilización en el siglo XXI y nuevo milenio, donde el fútbol y otras manifestaciones de las potencias humanas sean plenamente visibles. Alguien dijo que el fútbol podría ser la metáfora y expresión deportiva de la competencia malsana entre Estados, con sus intereses nacionalistas, chovinistas y belicistas, en una palabra, el fútbol como efecto catalizador de la violencia en la sociedad y mal ejemplo. Puede ser. La burguesía es hábil en eso. Baste verlo con la invasión colonial de Rusia a Ucrania.

Pero ahora, quisiéramos soñar que, como parte del proceso de la civilización, al modo de los sociólogos, Norbert Elías y Erick Dunning (Deporte y ocio en el proceso de la civilización, 1986), el fútbol se convierta en el encuentro deportivo amistoso entre pueblos y una lucha pacífica de equipos con pasiones encontradas, inusitadas e hinchadas vivas.

Una vez hayamos goleado al Imperialismo, hasta hacerlo desaparecer de la faz de la Tierra. Una vez que su barbarie no contamine los campos verdosos del balompié mundial. Toda vez que logremos ganar el partido de nuestras vidas, el fútbol y su mundial serán verdaderamente universales y el balón de oro podrá rodar en un planeta, libre de pobreza, exceso de sufrimientos y opresión entre naciones.

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