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Ser gobierno, Ser poder: Dilemas frente al triunfo de Macri


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Foto: El Pais

 

Trochando sin Fronteras 26 de Noviembre de 2015
Por Javier Castellanos y Pilar Ramos. Congreso de los Pueblos

En Argentina se definió la segunda vuelta de las elecciones presidenciales a favor del candidato de derecha Mauricio Macri. El fin del ciclo Kirchnerista y el inicio del gobierno de “Cambiemos”, tendrá repercusiones geopolíticas no solo para los argentinos sino para Colombia y el conjunto del continente y, a la vez, representa un desafío político para los movimientos populares, obligándonos a discutir y definir posiciones y acciones frente a la apuesta táctica de ser gobierno y el objetivo estratégico de ser poder. El debate está abierto.

El nuevo ascenso de la derecha latinoamericana y la profundización del modelo neoliberal y represivo

Un empresario capitalista como Macri en la presidencia de Argentina, sin duda inclina la balanza en favor de la profundización del modelo neoliberal y la reconfiguración geopolítica en la región.

Una primera acción concreta en el plano político internacional anunciada por Macri, es aplicar la “cláusula democrática” a Venezuela y pedir su suspensión en Mercosur, enfilando buena parte de sus esfuerzos hacia la desestabilización y concreción del golpe blando que viene promoviendo el imperio en la República Bolivariana. Contribuye así, de forma decidida, con la estrategia de dominación estadounidense y el proyecto de apropiación y explotación de los bienes comunes y recursos energéticos de Venezuela y la región, implementada por el capital transnacional.

La nueva política internacional de Argentina en la región buscará, además, de la mano con Estados Unidos y sus aliados, clausurar definitivamente el proyecto de integración latinoamericana que retó la hegemonía norteamericana desde la derrota al ALCA. Ese proyecto que logró avanzar en políticas de nacionalización como en Bolivia y Venezuela, renegociación de deuda externa y fondos buitre, incidencia política global desde un discurso antineoliberal y desarrollo de políticas sociales, entre otras estrategias regionales lideradas en su momento por Hugo Chávez y Evo Morales, y en distintos niveles asumidas por Brasil, Ecuador, Uruguay y Argentina.

De esta manera, a nivel continental escenarios de integración regional como la CELAC y UNASUR se debilitarán, y el gobierno Colombiano, así como el de México, Perú y Chile, ganarán un fuerte aliado para sus locomotoras de crecimiento económico, extractivismo, financiarización y acumulación por despojo; un aliado de peso que se incorporará a la Alianza Pacífico con un alto rédito para los EEUU en su intención de contrarrestar los gobiernos progresistas y de izquierda, dar al traste con el propósito de construir una nueva geometría del poder global, así como ampliar su influencia y reposicionarse a través de la doctrina militar y las políticas económicas de libre comercio en América Latina. Pero ¿cómo impacta esta reconfiguración política a Colombia y al Movimiento popular en el continente?

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Lecciones para el movimiento popular   

Las políticas de colaboración entre los gobiernos y sectores económicos poderosos de Argentina y Colombia, incluso dentro del período Kirchner, en materia de seguridad y modelo económico agroindustrial no son un secreto. Sin duda dicha colaboración, con la llegada de Macri, se profundizará en función de los intereses de acumulación de capital. Los actuales gobiernos y el empresariado de las dos naciones venían realizando acuerdos políticos y económicos (Juan Manuel Santos ya cuenta con el poderoso empresario Sojero Gustavo Grobocopatel como asesor de cabecera pensando en el plan de expansión agroindustrial para el escenario tras el proceso de paz). Pero además de la cooperación gubernamental, es clave resaltar que Uribe visitaba frecuentemente a Macri con la finalidad de exportar su política para “enfrentar” al narcotráfico y al “castrochavismo” en clara alianza política que ahora se cimenta sobre  bases firmes con el triunfo de la derecha en Argentina.

Con el nuevo gobierno la migración de capitales y las medidas represivas contra los movimientos sociales serán ejes que van a repercutir principalmente en el control territorial y mafioso de las ciudades argentinas y en la reconfiguración de regiones geoestratégicas como los llanos orientales colombianos, donde los grandes inversionistas sojeros van a encontrar mejores condiciones e incentivos para acelerar la instalación de potentes sistemas agroindustriales con la escala de producción que no pudieron encontrar en otros países como Paraguay o Bolivia.

Ante esta nueva realidad política y económica, ¿cómo nos situamos los movimientos populares? ¿Cómo leemos esta primera gran derrota electoral de los gobiernos progresistas de la región? ¿Realmente el proyecto político kirchnerista y la era progresista han representado los intereses populares y planteado cambios reales y confrontaciones radicales al capitalismo?  ¿Estamos ante una crisis del imaginario triunfalista construido en torno a la democracia burguesa representativa como camino “privilegiado” para alcanzar el poder desde y para los sectores populares?

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En la izquierda latinoamericana se ha generalizado la idea de que se puede construir y ser poder a partir de la disputa por el poder político en el marco de la institucionalidad y la democracia burguesa. Sin embargo, la experiencia paraguaya, uruguaya, brasilera, argentina, ecuatoriana, nos demuestran que no es posible alcanzar transformaciones revolucionarias en ese marco.

Es cierto que el ser gobierno ha permitido en esos países mejorar condiciones de vida de sectores excluidos, a través de políticas sociales y asistenciales, y ha brindado garantías políticas para la movilización y la protesta. Pero también es cierto que cuando el movimiento popular ha planteado críticas radicales a las políticas gubernamentales -sobre todo frente al modelo económico y de desarrollo- ha tenido que soportar la proscripción política y la descalificación. Además, no podemos dejar de subrayar el riesgo de neutralización, cooptación e institucionalización del movimiento social y popular bajo gobiernos de corte progresista o de izquierda, limitando sus alcances, su autonomía, dinámicas y propuestas al reformismo.

El ascenso de la derecha representada por Macri en Argentina es una derrota geopolítica para la región y un retroceso en la posibilidad de democratización del poder político y de la economía en América Latina. Sin embargo, es necesario reiterar que el proyecto Kirchnerista en Argentina al igual que la propuesta de otros gobiernos progresistas de la región, han dado continuidad al modelo extractivista sin generar cambios en la matriz productiva, sin avanzar en políticas hacia una soberanía real sobre los bienes comunes, y en suma, sin desafiar radicalmente al capitalismo, reduciéndose en muchos casos a conciliar con él.

Las limitaciones de los gobiernos progresistas frente al capitalismo, radican al menos en tres dimensiones: de un lado, la concepción ideológica del proyecto político que no se plantea cambios estructurales (como el caso argentino y brasilero); del otro, una correlación de fuerzas sumamente desfavorable (como en el caso boliviano y venezolano) en donde la imposibilidad de transformar y superar la dependencia del modelo productivo rentista y romper con el papel de economías primarias asignado en el mercado global, cuestiona concretamente la realización del proyecto socialista que orienta la política de gobierno. Y por último, la lógica propia del sistema político burgués, que impone las reglas del juego electoral y que además hereda – sin mayor resistencia por parte de la izquierda – las formas, vicios y mecanismos de la democracia representativa.

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Esto, sumado a las dificultades profundas en la construcción de instrumentos políticos propios, el fraccionamiento interno de los pocos partidos de izquierda existentes, la  maquinaria de los partidos tradicionales, el poder de los medios de comunicación que trabajan en contra de cualquier posibilidad de un viraje hacia un proyecto de izquierda sea radical o no, la injerencia imperial y no en pocos casos la ingenuidad política (triunfalismo electoral) , determinan el éxito o fracaso en la disputa por el acceso a los cargos públicos y a la institucionalidad. Esa dinámica, propia de la democracia liberal, signó nuevamente los resultados electorales en Colombia el 25 de octubre (elecciones regionales), y seguramente jugará un papel central en las votaciones del próximo 6 de diciembre en Venezuela.

Frente a este desafío, ser gobierno en el marco de la democracia burguesa, y desde una perspectiva táctica, disputar y detentar el poder político debe servir para propiciar escenarios que conlleven a un proceso acumulativo de fuerzas que vaya posibilitando variar favorablemente la correlación de fuerzas hacia el campo popular; como plantea Helio Gallardo, “la política es básicamente un espacio de acumulación de fuerzas propias y de destrucción o neutralización de las del adversario con vistas a alcanzar metas estratégicas” .

En este sentido, la disputa por el poder político y la institucionalidad por la vía electoral no pueden suplantar la construcción del poder popular como proyecto radical de transformación. Ser gobierno administrando el capitalismo y conciliando con él, no es el horizonte político de los procesos y movimientos sociales populares ni constituye el proyecto revolucionario; es, si se asume coherentemente y con claridad política, una apuesta táctica; el objetivo estratégico del movimiento popular y de la izquierda en América Latina es (y luchamos porque siga siendo), SER poder, superando el liberalismo, construyendo democracias populares desde los territorios  y derrotando radicalmente el capitalismo.