La patriótica contra-revolución cultural

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Edgar Fernández
Edgar Fernández
Investigador en Centro de Pensamiento y teoría crítica - Praxis
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El pasado 15 de octubre De la Espriella declaró abierta su contra-revolución cultural frente el wokismo por considerarlo “un cáncer que carcome la unidad nacional”. En su discurso dejó claro que se trata de una batalla por “recuperar el orgullo de la cultura colombiana”, evocando el regreso a unos supuestos valores y principios que conformarían “el alma de la colombianidad”. Estas palabras y propósitos son promulgadas por un “personaje costeño” que “no come arepa e´ huevo”, considera al sancocho “comida de presos”, y prefiere la comida, el vino y los finos trajes italianos a medida. Un “colombiano orgulloso” que renunció, no lo olvidemos, a su lealtad hacia Colombia al adquirir la nacionalidad estadounidense, es decir, a su “colombianidad”.

En esa dirección son varios los actos gubernamentales que inquietan a parte del país, como la eliminación del lenguaje inclusivo de las niñas, el ataque persistente a los derechos de las mujeres, el asalto al Museo Nacional para expurgarlo de obras supuestamente incorrectas, o el reciente nombramiento de Alejandro Ordoñez como Ministro de gobierno. Es por esto que resulta aconsejable un análisis del discurso inaugural de la llamada contra-revolución cultural en procura de resaltar los componentes de su estrategia y desde allí señalar sus propósitos fundamentales. 

  1. El eje central de la contra-revolución cultural

En su lectura del discurso De la Espriella afirmó que la cultura en toda su extensión –escúchese bien- “comprende manifestaciones artísticas, históricas, intelectuales, materiales e inmateriales de una nación”.  Es decir, se reduce la cultura a la mera expresión, a mero gesto de la vida social, circunscribiéndola –peor aún- a un exclusivo ámbito nacional. Esta definición es esgrimida en un tiempo histórico en el que las formas de ser, estar, producir y existir son cada vez más interdependientes del contexto capitalista mundial, tal como lo testimonian las propias prácticas y gustos individuales del personaje-presidente.

Pero lo resaltante de su declaratoria de guerra cultural no radica en las evidentes contradicciones entre su discurso y sus prácticas reales, sino que se localiza en los objetivos que efectivamente se persiguen. Al respecto, el discurso señala como centro de la disputa el “alma de la colombianidad” “para retornar a esos valores y principios fundacionales que identifica el alma de nuestra nación”, de los que derivarían la identidad y la unidad social, los que habrían sido extraviados -en el camino de nuestra propia historia- como producto de la acción “cancerosa de la ideología wokista”.

Debe ser notorio que el acto de iniciar una contra-revolución cultural implica asumir como pre-supuesto la realización de un acto anterior de revolución que debe ser atacado y reversado. Es por eso que la precisión temporal de los hechos resulta definitiva porque precisa el contenido de lo que debe ser recuperado; no obstante, en ese aspecto el discurso permanece ambiguo. Y sin embargo, esa “ausencia” no implica un error, todo lo contrario, pues ese proceder elusivo deja en suspenso la definición de ese momento fundacional de la nación y la patria y en consecuencia la misma profundidad en los alcances que se propone la política oficial del gobierno. 

La gaseosa definición temporal queda expuesta cuando se afirma: “la extrema izquierda (…), lleva décadas permeando todos los ámbitos de la sociedad, en particular los ámbitos culturales y académicos”. Con lo cual, la consecuencia política que se deriva de esa “ambigüedad temporal” es que todos los gobiernos anteriores resultan, cuando menos, cómplices de los sagaces comunistas.

De aquí la afirmación sobre que “La patria milagro tiene el deber de enfrentar, sin matices, esa perversidad, exaltando los principios que valora la sociedad colombiana, que nos enseñaron nuestros abuelos, y la interpretación correcta de nuestra historia, no una interpretación acomodada y permeada por la ideología”. Es decir, de la mancha del pecado original-wokista sólo se salva el actual gobernante, porque incluso sus propios funcionarios caen bajo la sospecha y abiertamente son amenazados de caer presos del wokismo.  

  1.  La identidad entre los principios fundacionales y la “historia correcta”

A la suposición de que existen unos valores y principios fundacionales -nunca identificados con claridad- se le anexa una manera correcta de entender la historia del país.

Esta manera correcta es atacada por el “cáncer” wokista, que “falsifica la historia reduciéndola a una serie de pugnas entre opresores y oprimidos”. Por ende, se impondría la “recuperación por el orgullo de la cultura colombiana, que es resultado de siglos de historia de encuentros entre la herencia ibérica indígena y africana que contribuyeron definitivamente en la formación de la identidad cultural de nuestra nación, esa historia común es uno de los mayores tesoros de nuestro país y hay que protegerlo”. 

Es así que, al parecer, quien conoce los valores y principios interpretará bien la historia, de modo que resultaría bastante conveniente explicitar cuál es ese conjunto de valores y principios fundacionales, el cómo se entienden y el cómo y cuándo fueron establecidos y por quienes. Pero el discurso vuelve a callar sobre estos cruciales aspectos.

Lo único que se dice es que habría una historia común, esto es homogenizada y sin siquiera matices, como heredada de boca en boca por una especie de “abuelos comunes”. Con lo cual, se acude a la supuesta existencia de un sentido común, que permite unificar en una sola identidad tanto los valores y principios con la misma historia. De allí es donde derivaría la razón por la cual sólo hay una manera de entenderla, de modo que, aun cuando no se señale su contenido hay que creer en ello.

Al proceder de esa manera la estrategia discursiva juega con toda su fuerza, en la medida que presupone la existencia de un momento fundacional que se evitar precisar, para dejarlo como un contenido en el cual simplemente hay que creer. Esto es, la existencia fundacional es evidente por sí misma y en consecuencia no puede ser puesta en duda, no puede ser interrogada. Más aún, cuestionar tal existencia implicaría sospechar de ellos, configurando un ataque a los propios fundamentos de la nación y la patria, como a su misma unidad nacional. 

  1.   Sobre los posibles orígenes

Aún cuando el acto de duda caiga en el campo de la sedición -según la política vigente- víctima del comunismo-wokismo, intentemos un breve ejercicio de memoria histórica para indagar sobre el supuesto origen de los valores y principios fundacionales de la colombianidad. En ello, una posibilidad inmediata estribaría en indagar –a lo menos- sobre los momentos “fundacionales” que dieron lugar a los ordenamientos jurídicos del país.

Uno de ellos es la Constitución de 1990, que se supone rige la institucionalidad sobre la cual se sostiene el actual gobierno. Sin embargo, al repasar su contenido sólo refiere unos principios (Título I) en relación a: un Estado social de derecho, una República…democrática, participativa y pluralista, una soberanía que reside en el pueblo, y una diversidad étnica y cultural de la nación. No obstante, la respuesta que buscamos debe ser negada para este acto, por cuanto en su elaboración participaron -en forma activa y mayoría- los terroristas y delincuentes del M-19, tal como lo afirma el Presidente en forma asidua. Es decir, la Constitución de 1990 abiertamente tiene tacha y mancha o, a los menos, cae bajo la sospecha de ser un amargo fruto del wokismo-comunismo. 

Este decepcionante resultado al menos nos reenvía a la Constitución antecedente, que es la de 1886. Y situados allí, en su puerta de entrada nos encontramos con esta aseveración: “En nombre de Dios, fuente suprema de toda autoridad”. He ahí la base sobre la cual los “delegados” buscaron “afianzar la unidad nacional y asegurar los bienes de la justicia, la libertad y la paz” [1].

En forma evidente, es allí donde el actual gobierno pretende anclar el momento del mito fundacional de la colombianidad. En ese sentido no es casualidad que el escenario del discurso de la contra-revolución tenga como fondo la imagen de “La piedad”, escenificando a María con el cuerpo de Jesús en sus brazos. El propósito aparente sería reversar culturalmente hasta un punto en el cual los fundamentos sociales sean puros, libres del wokismo-comunismo, muy a pesar de que ello implique el desconocimiento de la misma Constitución vigente.

4.     De la Constitución a la constitución del discurso

Lo anterior significa descartar como momento constituyente a 1863 y su Constitución de Rionegro. Los motivos son evidentes, esa Constitución descansa en un liberalismo que presupone una Razón situada en los hombres, desde la cual se desprendería la voluntad popular. En cambio, en la de 1886 Dios emerge con toda claridad como el soporte de la razón, la autoridad y del poder, y en consecuencia -como lo pregonan Alejandro Ordóñez y otros altos funcionarios del gobierno-, las leyes humanas deben estar sometidas a las de Dios. Eso Implicaría, a su vez, que quien ejerce el poder ha sido ungido y designado por Dios, habla su lengua y en su nombre, de allí que en su conocimiento ya han sido reveladas las más profundas verdades, entre ellas las de la historia humana, los principios fundacionales, todo lo cual es sólo una parte del plan universal de Dios.

Enfaticemos: como Dios es la Razón universal y ella se corporaliza en la autoridad vigente, de allí mismo se deduce que el gobierno está dotado tanto de conocer por sí mismo cuáles son los basamentos verdaderos de la sociedad, como el sentido correcto de la historia mundana, y desde esa altura es que se puede juzgar qué o quién tiene tacha y mancha. Así, por ejemplo, de allí deriva la afirmación de que la historia correcta se compone de encuentros en los que se constituye la historia común.  

Y, esa historia -de salvación- es revelada en los hechos mismos. Así se afirmaría que la Corona Española no invadió, asesinó, esclavizó y explotó tanto a nativos, como a esclavos, e incluso a la población pobre de la península-que era la mayoría-, sino que permitió el encuentro de los salvajes con la palabra redentora de Dios. En ese mismo sentido la revolución armada de los criollos ricos contra la Corona Española, a inicios del siglo, fue sólo un desvió provocado por la masonería del momento, corregido tan sólo por la posterior recuperación de los fundamentos morales y culturales de la tradición hispánica en 1886.

Fundamentos que volvieron a ser cuestionados por la masonería y el comunismo liberal con sus guerras civiles de finales del siglo XIX. Pero quiso el designio divino que los masones fueran derrotados en la Guerra de los Mil Días, momento cuando la luz divina los hizo entrar en razón y moderar su radicalismo al entender que sólo poniéndose bajo el amparo del Estado-conservador podrían ser libres. Y sin embargo la tentación actuó nuevamente cuando el comunismo produjo el Basilisco [2] (el animal de cabeza comunista y atea, con inmenso estómago oligárquico), ese monstruo que era el Partido Liberal bajo el reformismo de López Pumarejo, combatido por la luz divina a través de Laureano Gómez. 

Y sería esa lucha la que vuelve a revelarse en la contra-revolución cultural dirigida a liquidar el cáncer del comunismo-wokismo, que carcome los fundamentos morales de la identidad nacional “desde hace décadas”, con su “acomodada” tergiversación de la historia como “una sucesión de pugnas entre opresores y oprimidos”.

Por este camino, la historia misma desaparece, en la medida que los diversos periodos y momentos que sintetizan los choques, rupturas y redefiniciones sociales quedan reducidos a una continuidad simple y armonista en la que impera la continuidad de un destino común, desconociéndose por completo la compleja y contradictoria acción humana como creadora de su propia historia. 

Tal homogenización y borrado de la historia se lleva a cabo con la manipulación del sentimiento religioso, para intentar justificar al gobierno como portador de la verdad revelada, que por demás se cristaliza en la supuesta identidad de valores y principios con la historia misma [3], retrocediéndose hasta los mismos mecanismos discursivos que usaba la Corona Española al identificar falsamente su ejercicio de autoridad como mandato de Dios, práctica que por sí misma niega incluso los presupuestos religiosos. 

5.  Sobre los propósitos de fondo

El mencionado propósito de la supuesta contra-revolución cultural sería el restablecimiento de los valores y principios fundantes de la colombianidad, los que son defendidos por un gobierno que se presenta como portador de la razón divina para enfrentar a todos los demás, incluyendo allí al wokismo, que se extiende por entre la sociedad a través de todos los demás matices, es decir todos los demás liberalismos.  

Desde allí, se levanta entre otros la crítica decida al uso del discurso, del lenguaje, de las formas simbólicas y académicas como medio de profusión de una ideología. Y para tal batalla se asevera que el Estado tiene la función de “garantizar la libertad cultural”, no la de “fabricar una cultura oficial que sirva al gobierno de turno”. Todas esas afirmaciones abiertamente contradictorias son lanzadas al aire por un gobierno que se auto-entiende como portador de la luz con la cual se interpreta el sentido de lo “correcto”. Es por eso que su contra-revolución incluso llega a constituirse como una supuesta defensa de la democracia, pero “a pesar de ella”, e incluso “contra ella”.  

Y con todo esto, lo que se manifiesta es la intención de brindar algún manto de legitimidad al fraude en curso que ejerce el actual gobierno. Para tal fin acude a las bases más simples del sentido común, para desde ellas manipular los sentimientos más básicos de las personas, en referencia a su identidad nacional y su religiosidad. En esa dirección lo noble o virtuoso que puedan contener las ideas de una identidad nacional y la profesión de fe en un ser superior terminan siendo manoseadas, instrumentalizadas, enlodadas y puestas al servicio de una agenda oportunista, llevada a cabo por un personaje que cambia de “identidad nacional”-italiana, colombiana, estadounidense- tanto como cambia de chaqueta. Y peor aún, en la manipulación de esos ideales se procede a vaciarlos de su propio contenido para convertirlos en las piezas e instrumentos de la facha con la cual se intenta tapar las agendas que promueven intereses perjudiciales para las mayorías sociales.

Toda esta manipulación y envilecimiento de esos ideales salta a la vista en la representación teatral que interpreta De la Espriella cuando lee el discurso que le han elaborado. Su actuación sólo se dirige a crear ciertas justificaciones para el ejercicio de un poder autoritario que supuestamente se ejerce en nombre de la salvación nacional, la patria, la democracia y la religión. Por eso uno de sus propósitos es crear la imagen de una contra-revolución en la cual la misma posibilidad de la duda debe quedar desterrada por subversiva, para así establecer un poder basado en una jerarquía absoluta entre los iluminados que mandan y las mayorías populares que sólo deben callar y obedecer. 

En su grosera teatralidad De la Espriella pretende constituir una forma de mandato equiparable a la forma con la cual Trump ejerce el poder en los Estados Unidos y sobre la América Latina. Forma autoritaria que requieren para imponer los supuestos acuerdos económicos que aseguran las cadenas básicas de materiales críticos a los Estados Unidos, en su agenda de defensa nacional -de EEUU, por supuesto- cuyo gran rival es China. Por todo ello, lo que se presenta como regreso a los mismos fundamentos de la colombianidad contiene por el contrario un gran fraude, una gran estafa mediante la cual el país en su totalidad va siendo sometido a los intereses más vulgares y mezquinos de la élite capitalista mundial, senda en la cual la identidad nacional, la religiosidad y la democracia son manoseados, instrumentalizados, mancillados y reducidos a piezas eficaces de un poder para ampliar la dominación y la explotación social. 

 Referencias

[1] Recordemos que la Constitución de 1886 re-centraliza a Colombia y coloca en el centro la relación iglesia-Estado, a diferencia de la Constitución de 1863 de tinte liberal radical que descentralizó, declaró amplias libertades-liberales y para nada mencionaba la autoridad de Dios. En su enunciado de los derechos (Sección II) reproduce la lista clásica: seguridad personal, a la vida, propiedad privada, libertad de prensa, palabra, igualdad y libre empresa.
[2] «Nuestro basilisco camina con pies de confusión y de ingenuidad, con piernas de atropello y de violencia, con un inmenso estómago oligárquico, con un pecho de ira, con brazos masónicos y con una pequeña, diminuta cabeza comunista, pero que es la cabeza. La cabeza pequeña e imperceptible lo dispuso, y el cuerpo lo llevó a cabo para vergüenza nacional».
[3] Operándose una reversión cultural que apunta a ir atrás de los mismos fundamentos del racionalismo liberal (Kant o Hegel), hasta brincar al centro mismo del oscurantismo medieval.

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