sábado, octubre 23, 2021

¿Inseguridad y campaña electoral?

Nada justifica que seamos condenados a vivir en medio del desasosiego, la angustia y el temor ante la posibilidad de ser asaltados.  Menos aún, nada justifica que miles y miles de jóvenes del proletariado sean condenados a someterse como sicarios en la industria del crimen.

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Trochando Sin Fronteras, septiembre 21 de 2021

Da pavor la lectura que propagan las grandes empresas capitalistas de la comunicación por estos días: asesinatos y robos en masa pululan, especialmente, en las grandes ciudades. Y tal cosa, aseguran esas empresas, ha elevado la percepción de inseguridad hasta el 96 %. Más aún, el gobierno distrital de Bogotá asegura que no es solamente percepción sino realidad.

Es como si el Estado “endémico de violencia”, en el que estamos sumergidos, germinara y sus nuevos brotes anunciarán más desgracias. Sin embargo, resulta llamativo que tal lectura cobre relevancia justo en el momento en que se consolida la disputa electoral por la presidencia en 2022. Y que también coincida con la persistencia de las protestas en las principales ciudades del país, y que incluso que se afirme sistemáticamente que la inseguridad creció tras el desarrollo del paro nacional.

Vivimos en ciudades supervigiladas y por eso resulta extraña la facilidad y reiteración de atracos masivos en buses, restaurantes e iglesias, y que los cuerpos de seguridad parezcan incapaces. Por eso, al leer los medios queda la sensación de que en la banda de los moto-ladrones cobra vida una de esas raras distopías replicadas en libros y películas. Sobrepasados los cuerpos de seguridad por los hampones, se ha dado lugar para que el ejército pase a cubrir la tarea de seguridad interna —por sobre la Constitución— y curiosamente su desplazamiento se superpone en algunas localidades en que las protestas no quieren parar.

Seamos claros, la violencia que se vive en el país es estructural y se ejerce fundamentalmente en contra de los sectores populares. Esto sucede porque el capitalismo genera sistemáticamente una masa creciente de población sobrante que no tiene posibilidad de acceder a educación, empleo, y medios básicos de vida. Desempleo y pobreza estructural son unos de los grandes productos de esta sociedad, sin embargo, sobre esta bárbara condición el capital se da mañas para continuar con su viciada lógica de acumular ganancias.

Esto sucede, porque parte de esa población sobrante es enganchada en la industria del crimen en el ejercicio del robo, narco, prostitución, contrabando, etc. Estas, y otras tantas formas, se conectan con la industria de la corrupción, y por ese mecanismo pasan a ser parte del ejercicio del actual poder. Es bien conocido que, por ejemplo, la industria del narcotráfico genera parte buena parte de las divisas y utilidades de la economía nacional.

Lo peor es que los capitalistas crean el desempleo, alimentan la guerra y succionan beneficios en capital y reditúan en ganancias políticas, como lo es el mantenimiento de un cuasi-estado de guerra permanente, por medio del cual se naturaliza el control y represión sobre las clases populares.

Más aún, sobre esa base se ha construido y reproducido la ultra-conservadurización política del país. Porque sistemáticamente se reproduce el temor de que ya viene el lobo, y se recrea la idea del enemigo interno —esta vez la delincuencia— frente al cual actúa el jefe ultraderechista que no teme en ejercer métodos fascistoides para salvar la patria. Es como si el capital solamente lograra su reproducción destrozando y alimentándose de cuerpos humanos proletarios, en especial de los más jóvenes.

La burguesía genera el desempleo y la población sobrante, con ello alimenta la guerra y por ese medio justifica el ejercicio de su violencia sistemática. En este circuito se gana por punta y punta, de ahí que nunca haya estado realmente interesada en acabar con las causas de la violencia, a la que se nos condena.

Sobre ese trágico contexto de fondo es que resulta llamativa la reciente “preocupación” de las empresas capitalistas de la comunicación sobre los robos y atracos masivos, que por demás contrasta con su actitud de negar u ocultar los asesinatos, amenazas y persecución que se ejerce sobre los líderes sociales.

Sobre esto sabemos, que la exaltación del enemigo interno ha sido la carta electoral favorita de la ultraderecha en el mundo. Durante mucho tiempo el Partido Popular de España se benefició electoralmente de exacerbar las fuerzas del grupo ETA; y en los EE. UU. el Partido Republicano siempre acude a tal expediente. Así por ejemplo, en las pasadas elecciones Biden fue pintado como un títere del comunista Putin, aun cuando es bien conocido que el presidente de Rusia es un capitalista-nacionalista radical.

Incluso de esto da cuenta, a su manera, el exministro Mauricio Cárdenas S, que en su artículo “Cómo avanza Colombia”. Articulo en el que señala a la inseguridad y la corrupción como problemas a enfrentar, pero que desafortunadamente podrían llevar a la búsqueda de caudillos y al camino de la reversión social, en referencia explícita a Petro. La postura bien derechista, de uno de los campeones en la defensa de los intereses del gran capital, pareciera no dejarle ver hacia su derecha, para así evidenciar el potencial beneficio que el uribismo está sacando de tal situación de “pesadumbre y desconfianza”, como la califica.

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Vale recordar cómo en entre 2001 y 2002 también se construyó la imagen oscura de pesadumbres sobre el futuro del país. En esa oportunidad se alimentó de un realismo retorcido mediante la colocación o estallido de bombas al interior de ciudades como Bogotá (collar bomba, bici-bomba, papaya-bomba… acciones que luego levantaron investigaciones sobre la famosa Brigada 20 del Ejército). Escenografía que definitivamente cumplió su papel positivo en la “fulminante” campaña de Uribe, quien pasó de ser un desconocido y por tanto figurar con intensiones de voto menores al 10 %, a ganar, de golpe y porrazo, en primera vuelta a los pocos meses.

Nada justifica que seamos condenados a vivir en medio del desasosiego, la angustia y el temor ante la posibilidad de ser asaltados.  Menos aún, nada justifica que miles y miles de jóvenes del proletariado sean condenados a someterse como sicarios en la industria del crimen, por eso resulta más cruel y descarado que esa violencia sea utilizada, por quienes además la alimentan, para reposicionarse y perpetuarse en el poder.

Frente a tan crecida infamia, debemos actuar para construir en el país  empleo productivo, estable, bien remunerado y con seguridad social; entender la necesidad de reordenar el territorio para acabar con la altísima concentración de la propiedad de la tierra; luchar porque los Bienes de Consumo Colectivo sean de acceso real y oportuno, en síntesis, avanzar hacia una democracia permanente, popular y constituyente.

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