El 8 de marzo de 2026 Colombia eligió el Congreso que legislará entre 2026 y 2030. Los resultados oficiales confirmaron una recomposición del escenario político: el Pacto Histórico se consolidó como la fuerza más votada en el Senado, mientras que el Centro Democrático obtuvo la mayor votación en la Cámara de Representantes.
Según los resultados del escrutinio, el Pacto Histórico obtuvo más de 4,3 millones de votos para Senado, seguido por el Centro Democrático con cerca de 2,9 millones y el Partido Liberal con 2,2 millones. En la Cámara, en cambio, el Centro Democrático lideró la votación, seguido por el Partido Liberal y el Partido Conservador.
La participación superó los 19 millones de votantes, aunque también se registró un número significativo de votos nulos y abstención.
Estos resultados reflejan un escenario político fragmentado y profundamente polarizado, donde conviven proyectos políticos diferentes pero todos operando dentro del mismo marco institucional del Estado capitalista.
En paralelo, las consultas internas de algunos partidos —como la que definió a Paloma Valencia como una de las figuras fuertes de la derecha para la disputa presidencial— muestran que el país ya se encuentra en plena carrera hacia las elecciones presidenciales.
La jornada electoral también estuvo marcada por denuncias e irregularidades que ponen en evidencia las tensiones del sistema político. Según el balance de la policía, 88 personas fueron capturadas y se registraron cerca de 940 denuncias por posibles delitos electorales, además de la incautación de más de 3.700 millones de pesos que presuntamente serían utilizados para compra de votos en distintas regiones del país. Estos hechos, revelan las contradicciones de una democracia atravesada por prácticas clientelistas, economías ilegales y estructuras de poder que continúan condicionando la voluntad popular.
Los límites de la democracia liberal
El análisis político suele concentrarse en quién ganó más votos o cuántas curules obtuvo cada partido. Pero desde una perspectiva crítica, esa discusión es insuficiente. El problema central no es únicamente quién administra el Estado, sino qué tipo de democracia existe realmente bajo el capitalismo.
La Revista Proletaria Nº16, en su análisis sobre la evolución de la democracia bajo el capitalismo, plantea que la democracia liberal surge históricamente como parte del ascenso de la burguesía y la consolidación del capitalismo. Las revoluciones burguesas —inglesa, estadounidense y francesa— redefinieron conceptos como libertad, derecho y ciudadanía, pero lo hicieron sobre la base de la propiedad privada y la expansión del capital.
Esto significa que la democracia liberal no nació como un instrumento para superar la desigualdad social, sino como una forma política funcional al nuevo orden económico.
El capítulo “El capital como límite de la democracia” de la Revista Proletaria plantea una tesis clave: bajo el capitalismo, la democracia tiene límites estructurales porque las decisiones fundamentales no se toman en las urnas, sino en la dinámica de acumulación del capital.
Las elecciones pueden cambiar gobiernos, pero no modifican automáticamente las relaciones de producción ni la estructura económica que organiza la sociedad.
El capitalismo no se organiza sobre individuos libres que deciden racionalmente el rumbo de la sociedad, sino sobre relaciones sociales dominadas por el capital y la competencia económica.
Esto implica que incluso gobiernos con programas reformistas terminan condicionados por factores como la inversión privada, los mercados internacionales, la deuda pública, las presiones del capital financiero y la correlación de fuerzas entre clases sociales. En ese marco, la democracia liberal opera como un mecanismo que legitima el orden existente más que transformarlo.
allí, se identifican dos grandes tendencias dentro del sistema capitalista contemporáneo: por un lado, una corriente ultranacionalista y autoritaria, cercana a proyectos de extrema derecha; por otro, una tendencia liberal globalista que defiende la hegemonía del capital occidental bajo discursos democráticos. Aunque en el escenario electoral suelen presentarse como proyectos enfrentados, ambas comparten un elemento fundamental: la defensa del sistema de acumulación capitalista. Esta coincidencia explica por qué gran parte del debate político se concentra en asuntos coyunturales —como la seguridad, los impuestos o las reformas institucionales— mientras permanecen fuera de discusión las preguntas estructurales sobre la propiedad de la tierra, el control de los recursos naturales, el modelo productivo y la distribución de la riqueza.
Elecciones y organización popular
Esto no significa que las elecciones sean irrelevantes. Las conquistas democráticas —el voto, la libertad de asociación o la participación política— han sido resultado de luchas populares y siguen siendo espacios de disputa importantes. Sin embargo, reducir la política únicamente al terreno electoral tiene un riesgo evidente: convertir a la ciudadanía en espectadora de decisiones que en realidad se toman fuera de su control.
Por eso, se plantea que la democratización real de la sociedad requiere ir más allá del voto periódico y avanzar hacia formas de participación directa como las asambleas populares, los cabildos abiertos, la organización sindical y comunitaria y el control social sobre la economía. En otras palabras, la democracia no puede limitarse al acto de votar cada cierto tiempo, sino que debe extenderse a la decisión colectiva sobre las condiciones materiales que organizan la vida social.
En este contexto, con el nuevo Congreso instalado y el país encaminándose hacia las elecciones presidenciales, es previsible que el debate político se intensifique. La derecha buscará recuperar el poder ejecutivo, mientras sectores progresistas intentarán consolidar o ampliar las reformas iniciadas en los últimos años. Pero, más allá del resultado electoral, el desafío de fondo seguirá siendo el mismo: cómo transformar las estructuras económicas y sociales que reproducen la desigualdad en Colombia, una tarea que difícilmente podrá resolverse únicamente dentro de los márgenes de la democracia liberal.
Las elecciones pueden abrir oportunidades políticas, pero no sustituyen la organización social, mucho menos el bloque proletario. Como señala el análisis, retomando a la Revista Proletaria, la verdadera democratización de la sociedad solo puede ocurrir cuando quienes producen la riqueza tengan también la capacidad de decidir sobre su destino colectivo.
Mientras la economía permanezca dominada por la lógica de acumulación del capital, la democracia seguirá teniendo límites. Por eso, el desafío histórico para los movimientos populares en Colombia no es solo ganar elecciones, sino construir poder popular capaz de transformar las bases materiales de la sociedad. Porque la historia demuestra una lección persistente: la democracia burguesa puede administrar el sistema, pero no puede salvarnos de sus contradicciones.





