El espinoso contexto
El denominado “Medio Oriente” implica un territorio[1] con miles de años de historia y una multiplicidad de factores que han convertido a la región en una zona de disputas que se sobreponen.
En principio, se trata de un área de las civilizaciones más antiguas de la humanidad[2], herencia que aún determina tanto su geografía como las diferencias culturales, lingüísticas y políticas. Allí se desarrollaron tres de las religiones monoteístas —judaísmo, cristianismo e islam— desde las cuales se erigen posturas y disputas fundamentalistas que generan radicales divisiones. Además, su geografía es un puente con “Oriente”, caracterizado en la actualidad por el papel que cumple el estrecho de Ormuz en el comercio marítimo global.
Hay que agregar la invasión colonial de las potencias europeas desde fines del XIX, ante la decadencia del Imperio otomano, y los posteriores repartos y acomodamientos artificiosos (1916), que complican las contradicciones étnicas, culturales y geográficas. La herencia del colonialismo se remite a la explotación económica y el establecimiento de un capitalismo dependiente con administraciones burocráticas asociadas a las brutales monarquías (Arabia Saudita, Jordania, los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Qatar, Bahréin, Omán y Marruecos). Formas políticas que sobrevivieron a los procesos de descolonización y que se benefician de la explotación de recursos naturales como el petróleo y gas desde 1930, mercado que constituye el vínculo real de sumisión al imperialismo norteamericano que convirtió la región en uno de sus principales centros de acción militar, en especial tras la crisis petrolera de 1974.
En particular, hay que tener presente el proyecto del sionismo israelí, orientado a crear un área desde la cual expandir el poder de la burguesía con ascendencia judía. Ese proyecto fue perfilado por Teodoro Herzl en su escrito El estado judío (1886), tras lo cual se desarrolló la Organización Sionista Mundial (1897), pivote desde la que se ha promovido la ocupación del territorio palestino. Ese expansionismo fue facilitado por los vínculos entre capitalistas judíos y el Reino Unido hasta cobrar forma en la incrustación del Estado de Israel en 1948, punto desde el cual los EE.UU. lo asumieron como pivote y socio en su objetivo de dominio sobre toda la región, acompañando su expansión violenta, tal como sucede ahora sobre los territorios de Yemen, Siria, Palestina y Líbano.
También es importante tener en cuenta que la industria petrolera iraní fue explotada por la Anglo-Iranian Oil Company británica bajo condiciones injustas que otorgaban solo el 16% de beneficios a Irán. Así que en el contexto de descolonización creció el nacionalismo liderado por Mohammad Mosaddegh y el Frente Nacional, impulsado por el apoyo de líderes religiosos como el Ayatolá Kashani. El asesinato del primer Ministro opositor Haj Ali Razmara en 1951 aceleró el proceso, y en marzo de ese año el parlamento aprobó la nacionalización del petróleo. Mosaddegh fue nombrado Primer Ministro en abril y creó la National Iranian Oil Company (NIOC), poniendo en vigor la ley de inmediato.
El Reino Unido respondió con una estrategia de desestabilización que incluyó bloqueo económico, sanciones, intimidación naval en el Golfo Pérsico y manipulación jurídica para hacer colapsar la producción petrolera iraní. Finalmente, el MI6 y la CIA ejecutaron la Operación Ajax, un golpe de Estado que derrocó a Mosaddegh en 1953. Mohammad Reza Pahlavi regresó del exilio para instaurar una dictadura de 26 años, y en 1954 se negoció un nuevo consorcio petrolero que, aunque mantenía la propiedad nominal de la NIOC, entregó el control efectivo a compañías occidentales, anulando así el principal logro del movimiento nacionalista.
En forma posterior, una coalición de fuerzas nacionalistas, entre ellas la del ayatolá, adelanta la revolución iraní de 1979, derrocando al régimen del Shah, aliado de los EEUU. La ruptura permitió que la fracción islamista Chií lograse un área de poder desde la cual apalancar su particular visión religiosa, que permanecía en minoría desde el siglo VIII[3], frente a la corriente Suní, tras las diferencias y disputas de sucesión surgidas desde el 632. El resultado fue que en Irán –de cultura persa– se instaló un régimen islamista-Chií con un estado religioso (República Islámica) donde el clero Chií mantiene el poder religioso y político.
En resumen, se consolidaron dos proyectos con perspectivas expansionistas justificados mediante el fundamentalismo, los que necesariamente juzgan su área de dominio como esencial y todo conflicto es asimilado como una amenaza existencial, base sobre la cual se rige a toda la población bajo sus estados, siendo en particular perseguidas con saña las posturas proletarias y marxistas, comportamiento que incluso fue característico de la república panarabista de Nasser o en la Libia de Gadafi.
Los objetivos de Israel y EEUU
El objetivo de fondo del Estado de Israel está estrechamente vinculado al dominio que ejercen los sionistas a su interior. En tal sentido, buscan convertirse en una potencia capaz de ejercer poderío sobre la región y desde ella ser un actor central en la hegemonía del capitalismo mundial. Tal propósito ha encontrado en el islamismo iraní un rival de consideración, no solo por la fuerza religiosa mediante la cual se unifica a la mayoría de su población, sino también por los importantes desarrollos industriales y tecnológicos, los que por supuesto se manifiestan en capacidades bélicas.
Los propósitos de fondo de los EE.UU. sobre la región se asocian a la conquista y manejo de los recursos gasíferos y petroleros. Esa orientación abiertamente la reconoce en el documento de la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional-NSS de noviembre de 2025, donde también plantean un cambio de objetivo debido a su suficiencia energética, procurando que Israel y otros países amigos ejerzan el dominio en la región. Tal propósito en realidad es inalcanzable para las solas fuerzas de Israel, tal como se evidenció en los ataques de junio pasado, de allí que la retirada relativa de los EEUU no resulte tan fácil.
Más en general, el objetivo geopolítico de los EE.UU. es impedir que China se torne un rival de su hegemonía, de allí que capturar las fuentes petroleras de Venezuela e Irán le permitiría administrar un tercio de las reservas mundiales, punto desde el cual podría condicionar temporalmente el avance económico de China, país que ha colocado sus cartas en el desarrollo de energías alternativas.
Sin embargo, los volubles objetivos declarados incluyen: el cambio de régimen político, la rendición incondicional, acabar con el programa de energía atómica o capturar el material radioactivo. Bajo tales declaraciones, no se trata de una batalla de advertencia o desgaste, sino de procurar los objetivos máximos. De allí que la victoria militar solamente se obtenga cuando el atacante logre imponerle su voluntad al atacado (Irán).
La respuesta múltiple de Irán
Los israelíes han declarado que llevan cuatro décadas preparándose para la actual guerra contra Irán, lo que da cuenta de la magnitud de los objetivos estratégicos que se persiguen y de lo que se ha puesto en juego. En ese sentido, su agenda ha prosperado tras facilitar y probablemente propiciar el ataque del siete de octubre de 2023[4], punto desde el cual escaló la guerra sobre Palestina, Siria, Líbano, Yemen hasta chocar con Irán, su objetivo central. Al respecto, la excusa –como en el caso de Irak– ha sido el enriquecimiento de uranio por parte de Irán, país que en múltiples ocasiones defendió su derecho a desarrollar esa tecnología con fines energéticos, además de comprometerse a controles externos.
La potencia del ataque de EE.UU. contra Irán se lee en las cifras, con más de 4.500 misiones de aviación, el lanzamiento de unos tres mil misiles crucero Tomahawk, unos 1.200 drones utilizados y 15.000 objetivos afectados. Sobre los alcances no hay claridad, pero algunos medios occidentales informan sobre un daño estructural a la fuerza aérea iraní, a las instalaciones nucleares, una afección de hasta en un 60% en su capacidad para lanzar misiles, un daño severo a la flota naval y a infraestructuras petroleras (Isla de Jark), de agua y energía, sumándose bajas sensibles a parte de su dirigencia, así como 3.2 millones de desplazados. Al respecto, Trump afirmó que la guerra estaba ganada y que ya no había qué atacar; no obstante, a medida que se entra a la tercera semana de guerra, también se ha visto obligado a prometer ataques más devastadores.
En agosto de 2024, M. Caviasca describió la posición de Irán de “paciencia estratégica” para mantener la confrontación en un área gris, facilitándole su gestión sin dejarse arrastrar inmediatamente al conflicto abierto[5]. Tal descripción supone también una preparación y puesta en escena para un conflicto de largo plazo, tal como lo fue su guerra contra Irak entre 1980 y 1988. Es en ese marco donde Irán desarrolló una serie de componentes tácticos que ahora pone en juego.
Uno de ellos es la posibilidad de una guerra en varios frentes a fin de dispersar las fuerzas oponentes, para lo cual construyó aliados en la región a partir de la identidad religiosa Chií, potenciando el desarrollo de sus fuerzas regulares e irregulares abiertamente aliadas. Contra ellas Israel centró su campaña en los tres años anteriores, debilitándolas antes de saltar sobre su objetivo central.
Tras la invasión al Líbano (1982), creció la fuerza de resistencia de Hezbolá, en particular sobre la parte sur, donde posee misiles, drones y tropas, las que, a pesar de haber sido duramente golpeadas en el año anterior, aún demuestran capacidad militar para atacar la parte norte de Israel. En Yemen, los “partidarios de Dios” o hutíes controlan cerca del 30% del territorio de Yemen y poseen capacidad para atacar objetivos sobre el Estrecho de Bab al-Mandeb en el mar Rojo. Las milicias chiíes en Irak podrían contar con 150 mil tropas, fuerza que supuestamente habría desarrollado 300 operaciones, entre ellas atacando aeropuertos y bases militares, al punto que han reivindicado el derribamiento del avión cisterna KC-135 de los EEUU. Además, están las diezmadas fuerzas de Hamas –en este caso suníes– y las de Siria, que fueron afectadas tras el derrocamiento de Bashar al-Ásad.
Esa red de aliados se concibió en el marco de una guerra defensiva regional frente a la red de aliados de los EE.UU. En ese marco, Irán ha golpeado bases militares de los EE.UU., refinerías, aeropuertos y sedes de embajadas en Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Kuwait, Bahréin, Jordania e Irak. Lo fundamental es que Irán ha logrado afectar los sistemas de defensa instalados por los EEUU, al destruir buena parte de los radares estratégicos (en particular el AN/FPS-132 en Qatar), impidiendo que rastreen con suficiente antelación los misiles balísticos y limitando su capacidad de respuesta[6]. Con ello, ha generado una importante brecha y vulnerabilidad en las instalaciones y tropas aliadas a los EE.UU, de allí que en los últimos días las noticias refieran importantes golpes.
Tales resultados señalan que el componente tecnológico desarrollado por Irán para su defensa le está dando resultados significativos. Al respecto, los analistas señalan la gran diferencia de costos entre misiles de los EEUU y drones iraníes, imponiéndose una tasa de reemplazo en los inventarios que al parecer limitaría seriamente la capacidad ofensiva de los EE.UU. bajo un escenario de meses[7]. Desde aquí se infiere que un alargue de la guerra conduciría a una derrota a las tropas de Israel y los EE.UU., siendo ya una barrera psicológica el umbral de cuatro semanas que Trump supuso al iniciar la confrontación.
Se agrega el importante componente que tiene Irán para presionar el comercio mundial de petróleo, gas y alimentos al trancar el estrecho de Ormuz. Al respecto, siempre se especuló sobre los potenciales efectos de tal escenario; es así que el pasado lunes 2 de marzo el precio del barril de petróleo saltó hasta los 120 dólares, situación que Trump controló afirmando que el fin de la guerra estaba cerca, permitiendo una baja que solo duró tres días. No obstante, ante la previsibilidad de un alargamiento del conflicto, los precios han vuelto a pegarse a la barrera de los cien dólares, muy a pesar de que se hayan lanzado al mercado reservas por 400 millones de barriles y de que EEUU haya flexibilizado las restricciones sobre el petróleo de Rusia.
Los anteriores componentes se complementan, y tal vez unifican, en la capacidad de sacrificio de la población iraní, la que se sostiene sobre la identidad nacionalista y religiosa, como sobre el poder de opresión interno. Así, por ejemplo, el asesinato del ayatolá Alí Jameneí solamente terminó por alentar su condición de profeta, funcionando como catalizador de la unidad nacional en el contexto de guerra. En este sentido, el objetivo de un cambio de régimen político inmediato parece desplazado ante el nombramiento de Mojtabá, hijo de Jameneí.
Una guerra larga de desgaste
En resumen, todo parece indicar que, si bien Israel y los EE.UU. tomaron la iniciativa para imponerle a Irán su agenda de guerra, esta no se desarrollará bajo sus condiciones. Al respecto, Israel ya había avanzado bastante de la “primera fase” al desgastar a los aliados regionales de Irán, agregándose que los EE.UU., al parecer, planificaron una campaña rápida y victoriosa, tal vez empujados por su reciente y fácil éxito sobre Venezuela, de allí que Trump haya estado más que alardeando con sus logros parciales. A pesar de ello, la puesta en escena de los diversos componentes tácticos de Irán parece brindarle frutos parciales, sobre los cuales se esfuerza para que la guerra se desplace en el tiempo y se desenvuelva de acuerdo a sus planes estratégicos, siendo la afección en los radares estratégicos y sobre las baterías de defensa regionales instaladas por los EEUU un resultado de mayor relevancia.
En tal sentido, se mantiene el nerviosismo y la especulación sobre una afección potencial sobre el comercio de petróleo, que, como se dijo, tiene la carga potencial de generar una crisis económica por la vía de la inflación y el alza de tasas de interés. En esa dirección, nuevamente el capital europeo es el que lleva la peor parte, en tanto sus bolsas han perdido porcentualmente el duplo de las de los EEUU en lo que va de conflicto (3% vs 6% en promedio). Así que, por lo pronto, las propias condiciones contradictorias del capitalismo tienden a desplazarse mediante formas totalmente funestas.
Referencias





