Es así que el futuro del ejecutivo se juega entre la continuidad del progresismo y el regreso de la ultraderecha, viviéndose en el país la oscilación política que ha caracterizado la región latinoamericana en las dos últimas décadas.
Las fuerzas en pugna
Así las opciones del centro no han logrado salir de la parte baja de la tabla; incluso la campaña de Claudia López sufrió un descalabro en la pasada ronda preelectoral al lograr solamente 658 mil votos. Aun con ello, las opciones de Fajardo y Claudia López suman cerca del 14% del potencial voto, porcentaje que podría ser importante en negociaciones dirigidas a inclinar la balanza para la segunda vuelta.
Ese papel acomodaticio que también lo podría jugar Roy Barreras, candidato que pretendía competir con Cepeda, y cuya posición actual es incierta. Sin embargo, se trata de votos que no están sujetos a una militancia política o ideológica, de allí que a la postre sean vulnerables a los vientos que producen la fuerza publicitaria y el bullicio político de estos días.
La intención de voto de la ultraderecha suma 35%, sin contar el pequeño porcentaje de Botero, dejando un cuadro de empate técnico con la opción de “izquierda” de cara a la segunda vuelta.
Al interior de la ultraderecha, el candidato de la Espriella ha gozado de una favorabilidad que más bien parece prefabricada por la propaganda, muy a pesar de que su capacidad de discurso público es bastante pobre; faltante que tal vez pueda ser llenado por su fórmula vicepresidencial, quien conoce los vericuetos administrativos del Estado y es hábil ante los medios.
Por su parte, Paloma Valencia acaba de obtener una victoria en la consulta a precandidatura, y ha sabido sumar la figura de Oviedo, un personaje que trata de venderse como de centro cuando en realidad ha mantenido una postura práctica de ultraderecha, pero que sabe encubrir con la imagen creada sobre su supuesta capacidad técnica, lo que bien traducido significa hablar y actuar en favor del gran capital.
Así, es esperable una dura disputa al interior de la ultraderecha. En ella, de la Espriella podría tender a radicalizar su discurso de la doctrina de la seguridad nacional y del enemigo interno; mientras Paloma Valencia podría suavizar sus posturas, procurando evaporar la vena paramilitar de su corriente política y a la vez capturar votos del llamado centro. Lo resaltante es que esa rivalidad puede generar un ambiente favorable a las ideas de ultraderecha y por esa vía acrecentar la potencialidad total de votos, tendencia que bien puede resultar apalancada por las acostumbradas intervenciones políticas del emperador Trump.
Hacia la segunda vuelta
De mantenerse así las cosas, la segunda vuelta se dará entre Cepeda y el o la postulante de ultraderecha. La llamada izquierda —en realidad un tibio progresismo liberal— ha logrado sostener la intención de voto desde fines del año pasado, la que en buena medida descansa en la figura del presidente. Esto también significa que remontar el porcentaje faltante para ganar en segunda vuelta implica un reto mayúsculo para el progresismo, el que le demandará bastante astucia para granjearse una franja de los votantes de centro.
Sin embargo, y por lo pronto, la campaña de Cepeda poco hace en esa dirección. Con la escogencia de su candidata vicepresidencial, procuró afincar el terreno con los sectores populares, movimientos sociales y de nueva “izquierda”, área donde tiene su voto “duro”; luego poco agrega. Si bien Aida Quilcué representa parte de lo popular y social, su escogencia no da respuesta a uno de los grandes vacíos del actual gobierno, la falta de pericia en el manejo del Estado, aspecto que sí ha cuidado la ultraderecha con sus fórmulas vicepresidenciales.
Hay que considerar que hasta ahora el largo recorrido de campaña hacia la Presidencia ha consistido fundamentalmente en un proceso de descarte; por eso, en adelante, pesará más la tendencia hacia la agregación por adhesiones, procurando arrastrar opinión, maquinarias, recursos y votos.
El gran faltante del proceso electoral ha sido la generación de propuestas programáticas y su discusión. De predominar la actual tendencia, se tendría que la población votante quedará circunscrita a las espurias campañas publicitarias, donde los gestos y bramidos ocultan que ni el progresismo ni la ultraderecha han podido enrumbar el país hacia alternativas ciertas que tiendan a sacarlo de la crisis estructural en que está. De ello da cuenta el resultado de las elecciones a Congreso, que deja el pulso de fuerzas en forma similar a como estaban, tensión que ha sido funcional para impedir las tibias reformas impulsadas por el progresismo.
De allí que los problemas fundamentales como salud, empleo, pensiones, alimentación, tierras, energías alternativas, educación o vivienda merezcan ser discutidos y considerados a fondo, tarea que necesariamente tendrán que asumir colectivamente quienes en verdad los padecen; de aquí que el fortalecimiento del movimiento social de talante verdaderamente popular siga siendo una tarea pendiente.





