Como un baldado de agua fría se sintió el resultado electoral de la primera vuelta de las elecciones presidenciales en las filas del progresismo colombiano. El optimismo y el triunfalismo ampliamente extendido en las filas progresistas durante los meses de campaña – en particular luego de la pasada victoria en las jornadas parlamentarias- a medida que se iban dando los resultados, rápidamente fue remplazado por la angustia y la perplejidad. Entre boletín y boletín electoral la situación parecía cambiar la imagen torcida que de la realidad política se había tejido bajo el furor de la campaña electoral. Y nuevamente el viejo espectro de la derecha colombiana en una de sus formas más ultra conservadoras se abría lugar en el espectro político colombiano.
El lamentable resultado para quienes se sitúan desde los lugares del denominado proyecto del cambio, fue espesamente amargo y retador. No era el momento que durante meses habían esperado; más aún, incluso cuando lo que se auguraba era una victoria contundente en primera vuelta. Pero nada de eso ocurrió. Al final de la jornada los resultados fueron adversos al progresismo, que veía el marcador electoral revelarse en su contra. Los 10.361.499 votos que el candidato de derecha Abelardo De La Espriella registro, se expresaban de forma hostil y lapidaria frente al perplejo electorado progresista y de sus dirigencias burocráticas. No obstante, con 9.688.361 votos, el progresismo no perdía el aliento y en el llamado a redoblar esfuerzos en la táctica electoral que de forma burocrática privilegiaron los últimos años refugiaron sus emociones y enfocaron el cálculo táctico de cara a los intensos días de lucha electoral que se avecinan hasta el próximo 21 de junio del 2026, día en que el ciclo de elecciones se cierra y se precipitará un nuevo ciclo de la política estatal en el país.
Pero, los resultados pueden ser más opacos si se realiza un breve análisis de bloques. Pues al juntar la votación de los 2 candidatos de derecha, el abogado gansteril Abelardo De La Espriella y la Senadora Paloma Valencia, el diferencial de votos con relación al progresismo es de más de 2.3 millones de votos; 1.7 millones de votos más, que si se toman solamente los 600 mil votos que distancia el candidato progresista Iván Cepeda del candidato ultraconservador De La Espriella. Una cantidad considerable que pone un derrotero alto para acotar en tan solo 21 días. Así, el tiempo para la corrección de errores, sobre esta situación, no parece jugar tampoco a favor de las fuerzas políticas y electorales progresistas. Incluso si se realizan cálculos hipotéticos de que la votación de los llamados candidatos de centro, Sergio Fajardo ( 1.009.073 votos) y Claudia López (225 mil votos) lograsen sumarse en términos absolutos al progresismo.
El escenario electoral del país en su fase más decisiva, con estos resultados deja un balance agridulce para la izquierda progresista, que parece tiene los días contados en la casa de Nariño; y al mismo tiempo, la presente situación electoral ha dado para que las fuerzas de la derecha colombiana sientan cada vez más que su arribo al poder presidencial está nuevamente a la vuelta de la esquina.
Si del lado del progresismo, incluso con el desfavorable resultado, se hacen cuentas optimistas de larga duración, al considerar en términos equivocados que su crecimiento electoral ha sido el de mayor registro. Por el lado de las fuerzas ultraconservadoras se asume con satisfacción que su etapa de decadencia y crisis de liderazgo ha logrado superarse con una rara mezcla de uribismo y laureanismo 0.2, representado en el exitoso ascenso del candidato De La Espriella. Pues, más allá del evidente fracaso electoral del viejo uribato, lo que evidencian los resultados electorales es la vitalidad populista del pensamiento y la praxis reaccionaria que se encarna en más del 25% de los colombianos; y la capacidad de adaptación y reinvención de la derecha colombiana, que una y otra vez en términos políticos se daba por acabada.
Sobre este marco de análisis, el posible fracaso electoral del progresismo en la segunda vuelta presidencial y el ascenso de un proyecto de derecha renovado y adaptado a las tendencias del momento en términos regionales y mundiales, pone al frente un escenario convulso en donde la forma en que opera la lucha de clases se expresa de forma nítida, incluso dejando de lado las simuladas formas con las cuales la urbanidad democrática suele velar su volatilidad, como lo han dejado expuesto cada uno de los mensajes que han ido de candidato a candidato, marcando no sólo la diferencia de proyectos políticos que están en tención, sino el profundo carácter de antagonismo y contradicción que los determina.
Pero al mismo tiempo se ponen en evidencia los límites de cada uno de los bandos. Por el lado del progresismo el resultado lejos de ser alentador es un polo a tierra; y aunque difícilmente pueda verse así por las fracciones burocráticas que lideran su gestión, los resultados pueden leerse como un tremendo cobro al enano populismo sobre el cual han encarrilado su promoción política como proyecto; y también, un tremendo mensaje al inmovilismo burocrático al cual han reducido la acción política transformadora, incluso la misma acción reformista en la cual han subsumido a sectores importantes del movimiento social que difícilmente pudieron llevar más allá la cultura corporativista y economicista de sus organizaciones, dejando de lado la importante labor del trabajo de organización y gestión de las fuerzas populares y proletarias, desde la base y la coherencia de los problemas reales y las carencias que en el día a día les afectan.
En parte, lo que se pone de presente es el límite y los sesgos de una estrategia de dirección política supeditada a la agitación caudillista de enormes problemas y al acomodamiento de las soluciones al posibilismo institucional. Es en mucho, el fallo de una táctica burocrática y la ausencia de una verdadera acción estratégica de construcción y gestión de poder popular.
Sin embargo, pese a que el viejo poder ultra conservador luce renovado y con vitalidad. Lo añejo de sus propuestas y la sustancia reaccionaria de su modelo de gestión hegemónica, lo carga precisamente de las contradicciones que lo llevaron al fracaso. Pues la tarea de relanzar la acumulación de capital desde el punto de vista de la derecha colombiana, le determina una acción autoritaria para contener las múltiples contradicciones y conflictos que esté proceso infiere. Lo cual sin remedio ubicará está facción como la fuerza desencadenante y activadora de la lucha de clases en el país, no sólo porque debe operar contra los limitados logros del reformismo enano del progresismo, sino porque debe llevar su contra reformismo hasta sus límites para poder reactivar los patrones de acumulación que sostienen la tasa de ganancia capitalista del bloque de poder colombiano: rentismo gansteril, sobre explotación de las amplias capas de trabajadores del país, corrupción estatal y militarismo clasista y elitista.
Pero el baldado de agua fría no debe paralizar: debe despertar. Si algo enseña la derrota parcial es que el enemigo no espera, la derecha ya se reinventó y la lucha de clases no da tregua. El tiempo hasta la segunda vuelta es corto, pero no es excusa para repetir los mismos errores. Urge, entonces, un doble movimiento: en lo inmediato, desmontar el triunfalismo y construir una campaña de territorio cara a cara con las bases populares, rompiendo la lógica burocrática del ‘todo está decidido en las oficinas’. En lo estratégico, esta derrota —si se asume sin autocomplacencia— puede ser el punto de inflexión para refundar un proyecto de poder popular que no dependa del caudillismo ni del posibilismo institucional. El reto no es solo ganar una elección: es demostrar que el progresismo aprendió la lección y está dispuesto a organizar desde abajo, con coherencia de clase, lo que hasta ahora simuló desde arriba.





