Movimiento social: a retomar la senda

La reciente coyuntura electoral se puede tomar como punto de referencia para repasar los avances y tendencias del movimiento social en Colombia, en la medida que el gobierno progresista incluyó parte de las exigencias que históricamente componen sus reclamos, siendo preciso responder qué tanto se pudo avanzar y cuáles son los aprendizajes de cara al futuro inmediato.

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Edgar Fernández
Edgar Fernández
Investigador en Centro de Pensamiento y teoría crítica - Praxis
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  1. Breve balance de los cambios recientes

Con el hito de protestas entre 2019 y 2021 el movimiento social volvió a tomar las grandes ciudades como escenario central, implicando que los sectores proletarios urbanos se reactivaron, sumándose y profundizando la dinámica que traían los sectores rurales en la década anterior, con lo cual a los problemas de tierras, territorio, identidades y derechos humanos se le sumó una lucha dirigida contra negocios centrales del capital como son pensiones, salud o vivienda. 

Sobre esta base de reclamaciones el gobierno de Petro logró que el conjunto de exigencias se disputara en el Congreso, sin embargo, las fuerzas capitalistas y de derecha trancaron las propuestas de reforma, mientras las aprobadas en torno a pensiones, derechos laborales y tierras son más bien precarias de contenido. 

Si bien el número de acciones ha mantenido promedios anuales altos en estos últimos años, la principal dificultad estriba en que el movimiento social dejó de fortalecerse y fue perdiendo la dinámica de contenido nacional y social que había alcanzado, para retroceder de una lucha política-reivindicativa a un meramente gremial-inmediatista, muchas veces con fuerte olor oportunista. 

Peor es que la dinámica de estilo burocrático, que marco la relación con el gobierno, llevó a que los sectores populares fueran perdiendo la iniciativa para orientar las protestas frente a los crecientes problemas del país, por eso las reclamaciones fueron quedando en manos de gremios y sectores sociales instrumentalizados por la derecha, cambios que también redundaron en el rebrote ultraderechista.

Una excepción a esas tendencias lo marcó la jornada de protestas de sectores sociales cercanos al Congreso de los Pueblos, en octubre de 2025, sin embargo, su impacto prontamente fue opacado por la entrada en la campaña electoral, de modo que las fuerzas sociales del país se enfilaron por el pleno cauce de aceptación institucional y burocratismo que fortaleció el partido progresista. 

  1. Los retos

De cara a la acción venidera es necesario comprender que las dificultades del país se originan en una crisis capitalista de larga trayectoria, de allí que su adecuada superación sólo es posible mediante la constitución de fuerzas que permitan una salida proletario-popular, es decir que su eje y senda principal descansen en la solución de los problemas que sufren las mayorías del país.

Por lo anterior, también es comprensible que la construcción de la salida proletario-popular no puede soportarse en la acción limitada que puede ejercer un gobierno, en tanto éste apenas es una parte del entramado del poder, el que descansa realmente en la dominación que ejerce el capital desde las empresas, desde las cuales se sostienen y desprenden las instituciones formales y no formales como los gremios, sus partidos, instancias gubernamentales, medios de comunicación, iglesias, y centros de pensamiento, red que permite reproducir la naturalización de la explotación y dominación, todo lo cual trasciende al mismo Estado capitalista.

Bajo ese contexto, uno de los objetivos fundamentales que puede cumplir el movimiento social es el de ampliar y trascender los limitados horizontes de la democracia representativa, constituyendo las bases de una nueva democracia asamblearia, permanente, popular y constituyente. Como se sabe, los mecanismos de la democracia representativa están constituidos para que el capital imponga sus oficiantes de turno, tal como acaba de ocurrir, los que son producto de un proceso político que descansa en la corrupción, debido a las grandes sumas que se deben invertir para ser elegidos, las que provienen de los grupos capitalistas de las regiones y que tienen presencia en todo el país. Por eso, es necesario desarrollar los mecanismos de la democracia asamblearia y popular para desde allí tomar la iniciativa de nuevas leyes y contar con un poder lo suficientemente fuerte y activo que regule y controle las actuaciones de las instancias representativas, de modo que los planes y decisiones no terminen por negar o burlar la voluntad popular e impongan los intereses mezquinos de los grandes capitalistas y de sus clanes políticos.

En esa dirección y propósito es importante reconocer los grandes avances que ha dado en las dos últimas décadas el movimiento social. De hecho, la capacidad de movilización y protesta permanece activa, existiendo además un acumulado de exigencias que funcionan como base programática común de lo que deben ser las transformaciones sociales. De igual forma se han desarrollado espacios de encuentro, coordinación y dirección de nivel nacional que merecen ser retomados, mejorados y fortalecidos. 

A pesar del recambio en el gobierno hay que destacar que la perspectiva de fondo del movimiento social goza de buena salud, afirmación que es más significativa si se comprende que las causas y consecuencias de la crisis social no han hecho más que profundizarse en los últimos años, tal como lo evidencia un análisis incluso somero de cualquier sector o área social. 

Y más aún, porque el gobierno entrante no cuenta en realidad con una propuesta política siquiera ligeramente coherente para enfrentarla. De ello da cuenta los balbuceos programáticos que expresó De la Espriella durante la campaña y que muestran un serio vacío sólo encubierto por el lema propagandístico de la “Patria Milagro”, el que sea dicho de paso fue pisoteado en su discurso de victoria el día 21 de junio, al afirmar que “no recibió un país fácil… (y por eso) No voy a prometer milagros .  Tal acto de negación ayuda a clarificar  que la perspectiva neoliberal cuando mucho fue un pañito de agua tibia frente a los problemas estructurales del capitalismo colombiano, siendo totalmente un fracaso para sacar al país de la crisis. Y en cuanto a las declaraciones de política hasta ahora despuntadas, como sólo repiten esas formulas incoherentes, disfuncionales y fracasadas, es esperable que  pronto se revele la gran estafa que representa el nuevo gobierno, de allí que en perspectiva sólo le quede el uso desmedido de la amenaza y la fuerza, lo que en seguida lo deslegitimará aún más, incluso entre una parte de sus votantes.

Es aquí que se torna urgente contener y superar cierta tendencia que propaga el cansancio, el pesimismo y la decepción ante las dificultades presentadas en los últimos dos años. La mejor actitud frente al derrotismo es la revisión crítica de lo avanzado siempre en la dirección de corregir y retomar el paso y el rumbo que caracterizó el momento 2019-2021. Es necesario entender y asimilar que el camino de la emancipación proletario-popular está lleno de dificultades, tropiezos y desvíos, los que necesariamente deben ser superados, porque ante la humillante realidad que impone el capital sólo queda la opción de avanzar por un futuro diferente.

Es importante apropiar los aprendizajes de la última década para ir superando las lecturas parciales, y en consecuencia fraccionadoras, que suelen recorrer y reproducirse dentro del movimiento social. Tal avance se facilita cuando se comprende que el capital afecta y golpea tanto al sector proletario-popular tanto en lo urbano, como en lo rural. De allí que sea preciso que los sectores proletario-populares del campo y la ciudad aprendan a caminar con sus propios pies, a dirigirse con cabeza propia, para así apersonarse de sus problemas y en consecuencia darles una salida, sabiendo que a grandes problemas, grandes soluciones.

Es necesario generar un ambiente que anime la necesidad de ampliar y profundizar las luchas. Para ello suele venir muy bien el desarrollo de espacios del tipo foros de encuentro, que permitan realizar balances, elevar críticas, proponer mejoras, procurando que en forma colectiva se identifiquen rutas por las cuales seguir caminando, espacios que son vitales para retomar y fortalecer la voluntad de lucha en el próximo semestre. 

Así mismo hay que retomar la dinámica de lucha político-reivindicativa cuando menos sobre las bases programáticas de 2022, para desde allí avanzar hacia la salida proletario popular a la crisis. 

Al respecto, hay que tener en cuenta que la agenda de transformaciones identificada por el movimiento social, y en parte retomada como proyectos de reformas legales, fue decididamente negada por el capital a través de sus fuerzas políticas de derecha y ultraderecha. De allí que los avances en democratización de la propiedad de la tierra, pensiones y derechos laborales fueron limitados, mientras que los resultados en educación, salud, vivienda y generación de empleo fueron nulos o negativos. Aún con esto, es necesario entrar a defender parte de los alcances, como por ejemplo los incrementos en salario mínimo, para desde allí procurar el alcance de mayores logros.  

Es allí donde los espacios de coordinación amplia como la Cumbre Social y Política vuelven a jugar un papel muy importante. En esa dirección, es importante identificar los acumulados que dentro del progresismo se han mantenido o que se muestran consecuentes con las necesidades y demandas del movimiento social y los sectores proletario populares. Es fundamental comprender que la nueva situación demanda construir fuerzas populares de gran envergadura, ya que los retos por superar también son de gran tamaño. 

Al respecto, el Pacto Histórico ha emitido un llamado en el que manifiesta su compromiso por desarrollar asambleas y encuentros territoriales de cara a una gran Convención Nacional del Frente Amplio. A la vez Iván Cepeda ha llamado a la desobediencia civil frente al peligro evidente de someter aún más la soberanía del país a la tutela de los Estados Unidos. Tal perspectiva es pertinente para construir una gran fuerza social y política capaz de contener al gobierno venidero, el que se ha levantado mediante la amenaza de destripar a la izquierda, incluyendo allí al movimiento social y sus mecanismos de protesta.

En tal propósito es importante ayudar a que los acumulados electorales del progresismo avancen y se transformen en organización social y política permanente. Hay que aportar para que esa “gran conciencia colectiva que comprende y sabe que el país merece otras posibilidades y alternativas para salir de su crisis” avance, en términos programáticos y organizativos, hacia una postura transformadora de fondo. Y, al respecto, hay que tener bien presente que las directivas burocráticas de ese partido en otras ocasiones se han manifestado en esa dirección, mientras en la práctica no hacen nada para concretar esos propósitos; y también que los eventos nacionales, como antes se mencionó, tienden a ser manipulados, imponiéndose muchas veces el estilo caudillesco. Por eso, en el marco de la coordinación, la convergencia y las alianzas, es fundamental evitar que la dinámica partidista y electoral reduzca y opaque la propia trayectoria y papel que debe jugar el movimiento social.

En términos incluso más pragmáticos, la situación inmediata es apremiante por cuanto entre septiembre y octubre de este año se debería mostrar gran capacidad de movilización y ser un sujeto político con incidencia en la orientación que deba tener el próximo Plan Nacional de Desarrollo, marco en el que se definirá quienes van a cargar con los costos del ajuste fiscal y el pago de la deuda, debiéndose recordar que las jornadas de 2021 fueron detonadas justamente cuando el gobierno ultraderechista de Duque quiso recargar todo el peso sobre los hombros de los sectores proletario populares.

De igual forma, es probable que algunas medidas prometidas por el gobierno entrante pasen a funcionar como detonante de nuevas jornadas de protesta, como las de 2021. Es difícil saber cuál medida en específico funcionará como detonante, como “florero de Llorente”, pudiendo estar en los despidos masivos y el recorte de los programas sociales; en la potencial imposición de una reforma tributaria con cargo a los ingresos de los y las trabajadoras de sectores medios; o en la amenaza directa de persecución “judicial” contra la dirigencia del pacto Histórico y del movimiento social. Por eso, las organizaciones sociales y sus dirigencias deben estar muy atentas y preparadas para acompañar a las grandes masas cuando ellas se decidan a tomar nuevamente las calles del país.

En formas sintética, todo el movimiento social debe disponerse y prepararse desde ahora para contener las nocivas políticas venideras mediante grandes movilizaciones de carácter nacional. En ese sentido hay que activar espacios que eleven el ánimo y la voluntad que demandan las largas jornadas de protesta social y a la vez es urgente la activación de los mecanismos de autocuidado y protección ante las potenciales embestidas. También es apremiante fortalecer y consolidar mecanismos y sistemas de agitación y propaganda que dispongan a las mayorías proletario-populares en las jornadas de luchas venideras.

En la medida que las contradicciones y causas que generan la crisis se sostuvieron -y aún más se profundizaron como no puede ser de otra forma dentro de un capitalismo en decadencia- es también evidente que las razones que motivan las justas luchas proletario-populares se mantienen activas, siendo por eso lo más seguro que el conjunto del movimiento social sabrá retomar su camino por conseguir las transformaciones del país y dirigirlas en dirección a superar el capitalismo. 

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