Alta tensión política: ¿a qué se debe?

Tras las elecciones del 21 de junio y la instalación del nuevo Congreso, la confrontación entre el progresismo y la ultraderecha continúa intensificándose. Este análisis examina la reconfiguración de la disputa política como expresión de una crisis social, económica y política más profunda, y los desafíos que enfrenta el movimiento social en la actual coyuntura.

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La tensión política ha seguido creciendo en el país después de las votaciones del pasado 21 de junio, contrariamente a lo que suele suceder cuando se cierra el periodo electoral. Tal hecho es un indicador de que la composición de las fuerzas políticas se ha modificado y de que, por lo pronto, no se han constituido nuevas formas mediante las cuales se regule la conflictividad derivada de los cambios. Por eso la lucha partidista se manifiesta mediante declaraciones políticas con fuertes cargas, lo cual es entendible ya que las partes aún no terminan de afincar su posición directiva dentro de la sociedad.

1. ¿Qué viene cambiando?

Lo que ha cambiado es la forma partidaria que caracterizó la precaria democracia en el país, mediante el cual las clases con poder aseguraban la reproducción de sus ventajas, incluso mediante la renovación de acuerdos nacionales elitescos que siempre dejaron por fuera a las mayorías populares, sectores que debieron desarrollar los movimientos sociales como forma de acceder a ciertos derechos civiles y políticos.

El giro se viene produciendo en el marco de la profunda crisis social en la que está inmerso el país y que dio lugar al estallido social de 2021, y en forma posterior fue el soporte de la fuerza electoral que llevó al progresismo al gobierno, ante la promesa de profundas reformas sociales por la vía de nuevas leyes. Por tanto, el Pacto Histórico conforma un nuevo tipo de partido político que pretende consolidar una salida a la crisis del país, atendiendo el difícil principio de conciliar el dominio de la burguesía con la solución a las necesidades de los sectores sociales históricamente explotados y/o excluidos.

Esos cambios podrían intentar regularse mediante nuevas formas institucionales, pero aquí es donde surgen grandes talanqueras, que están llevando a que lucha política partidista se torne cada día más candente. De un lado, porque los sectores capitalistas y sus representantes políticos de ultraderecha pretenden negar los cambios y ejercer el poder tal como lo han hecho históricamente, acudiendo a la violencia directa para imposibilitar la existencia de fuerzas reales de oposición, en línea a la agenda paramilitar que vocifera De la Espriella. De otro, porque la vieja fórmula del acuerdo nacional sólo se ha utilizado para zanjar diferencias entre partidos que representaban la élite bipartidista. Esa gastada fórmula se materializó en la Constituyente de 1990, ejercicio que en realidad poco o nada ayudó a perfilar una salida real a la crisis del país.

2.¿Cómo se manifiesta la situación?

De la Espriella reproduce las más rancias prácticas políticas del elitismo, y en consecuencia reduce al Pacto Histórico a una banda de delincuentes que debe ser destripada, perseguida judicialmente, encarcelada o envida en extradición a los Estados Unidos -la verdadera patria del títereyanquí. Su propósito abierto es aniquilar al partido de oposición,  intención que demandará formas muchísimo más violentas y brutales de las que se aplicaron para exterminar a la UP. Bajo tal perspectiva se desconoce la potencia novedosa que significa el Pacto Histórico, ya que su fuerza que va más allá de los votos, en tanto su existencia se brota y se vincula a los movimientos sociales y a las grandes movilizaciones de masas de los años anteriores.

La estrategia de la extrema derecha es la de imponer una imagen donde la crisis del país es deriva de la acción de los grupos ilegales armados, para desde allí justificar una política de seguridad supuestamente destinada a derrotar al crimen organizado. Con ese proceder logra mover el foco de las problemáticas referidas al sistemático debilitamiento del capitalismo colombiano y de su Estado, hacia las consecuencias de la violencia social. Así constituye a su vez un manto bajo el cual puede encubrir o legalizar la persecución contra la izquierda y el movimiento social, reproduciendo las viejas prácticas de la Doctrina de Seguridad Nacional y del enemigo interno.

En ese marco, el propósito de destripar a la izquierda viene cristalizándose, tal como lo devela la llamada Operación Arca de Noe, bajo el cual se condena con plena anterioridad a la dirigencia del partido opositor. De ello dan cuenta las afirmaciones de José Manuel Restrepo, al afirmar que habían encontrado 165 hallazgos con presunta incidencia fiscal y penal de alto impacto, y un universo de más de 1.200 irregularidades, discurso con el que ha procurado darle piso a la tesis de que el Pacto Histórico es una banda de delincuentes. Esa es la línea condenatoria adelantada por De la Espriella y repetida en pleno por Carlos Alonso Lucio en Semana, asegurando que Petro debía ser extraditado.

De esa manera, lo que debía ser un empalme entre gobierno saliente y entrante pasó a convertirse en un juicio con condena por adelantado, frente a la cual se ha dado como respuesta el desconocimiento del nuevo gobierno y el llamado a la desobediencia civil, agregando luego una declaración de Iván Cepeda en la que señala que “se está configurando un gobierno paramilitar”.

3. Los retos para el movimiento social y popular

Desde el conjunto del movimiento social es importante mantenerse alerta y críticos frente a la creciente amenaza. No obstante, es necesario mantener la calma y no caer en respuestas inmediatistas y reactivas, porque ellas son rápidamente manipuladas para justificar la bestialidad que destila la ultraderecha. Es comprensible el temor de la alta dirigencia del Pacto Histórico, en especial ante las condenas adelantadas que se vienen propagando, pero esto no explica ni justifica la falta de tino y pertinencia política con la que viene actuando parte de su dirigencia, actitud que contrasta fuertemente con la habilidad y pericia que mostraron en la coyuntura de 2022.

En tal contexto, es necesario tener en cuenta que la lucha por superar la crisis en una perspectiva proletario popular nos plantea un horizonte de mediano y largo aliento, siendo necesario diferenciar los objetivos que pueden ser alcanzables en cada momento. Esto sucede porque la raíz de la profunda crisis que vive el país proviene del debilitamiento sistemático del capitalismo y por tanto no se relaciona simplemente con las instituciones de la democracia y de la forma que ella pueda tomar. De aquí que los potenciales nuevos acuerdos sobre las llamadas reglas de juego, es decir constitucionales, por sí solos ayudaran a superar la crisis, a no ser que ellos permitan realmente ir trascendiendo las relaciones constituyentes del desgastado capitalismo “nacional”.

Sin embargo, no cabe duda de que ciertas mejoras en las reglas democráticas – tanto en el proceso político como en la vida social- pueden favorecer el avance hacia posiciones más sólidas, que potencien el desarrollo del movimiento social en su conjunto y, a la vez, mejoren las condiciones de vida de las masas proletarias y populares. En ese terreno existe un importante espacio de coincidencia y encuentro con la agenda política del partido progresista, por lo que, resulta necesario valorar con serenidad los acontecimientos de la coyuntura inmediata. La elección de la mesa directiva del Senado el pasado 20 de julio dejó, por una parte, una temprana derrota política para el gobierno entrante al fracasar su apuesta por Alfredo Deluque, pero también abrió un debate sobre la decisión del Pacto Histórico de respaldar al candidato del Centro Democrático. Más allá de las justificaciones tácticas que puedan esgrimirse, este tipo de decisiones deben medirse por su capacidad de fortalecer la acumulación de fuerzas del campo popular y no por los efectos coyunturales que produzcan sobre la disputa institucional. El riesgo consiste en que gestos de esa naturaleza terminen generando confusión entre las bases sociales o alimentando la ilusión de que la confrontación con los sectores más reaccionarios del bloque dominante puede resolverse mediante acuerdos circunstanciales.

Por eso, nos parece adecuadas las iniciativas que propone Segio Charry en un artículo reciente[1], al plantear que la “La táctica debe responder al momento concreto, movilizar cuando existan condiciones para hacerlo, acumular cuando sea necesario y participar electoralmente cuando ello contribuya al desarrollo estratégico de la fuerza social”.

 

[1] https://www.centropraxis.co/post/darle-forma-a-una-salida-proletaria-a-la-crisis

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