domingo, marzo 3, 2024

Sobre la acumulación de capital y la transformación del sector agropecuario en Colombia

“Hemos visto que la creciente acumulación del capital entraña también una concentración creciente de él. Crece así la potencia del capital, la sustantivación de las condiciones sociales de producción personificada en el capitalista frente a los productores reales. El capital se revela cada vez más como un poder social cuyo funcionario es el capitalista y que no guarda ya la menor posible relación con lo que el trabajo de un individuo puede crear, sino como un poder social enajenado, sustantivado, que se enfrenta con la sociedad como una cosa y como el poder del capitalista adquirido por medio de esta cosa. La contradicción entre el poder social general en que el capital se convierte y el poder privado del capitalista individual sobre estas condiciones sociales de producción se desarrolla de un modo cada vez más clamoroso y entraña, al mismo tiempo, la supresión de este régimen, ya que lleva consigo la formación de las condiciones de producción necesarias para llegar a otras condiciones de producción colectivas, sociales. Este proceso obedece al desarrollo de las fuerzas productivas bajo el régimen de producción capitalista y al modo como este desarrollo se opera” (El capital, T III, Cap XV, Marx).

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Edgar Fernández
Edgar Fernández
Investigador en Centro de Pensamiento y teoría crítica - Praxis

Esta tendencia histórica a la concentración de capital, señalada por Marx, ha sido constatada una y otra vez en la historia reciente del capitalismo. Por ejemplo, en el clásico folleto de Lenin sobre el imperialismo, muestra cómo los trust dominaban mercados y regiones enteras del mundo mediante la sola adquisición de unas cuantas acciones en terceras empresas. La misma forma de funcionar se constata con el dominio que ejercen solamente diez grupos de inversión, los que avasallan el mercado mundial y condicionan los gobiernos al controlar 44 billones de dólares en activos. Sobre esa base han creado una red de tentáculos que les permite dominar, bajo la amenaza de desinversión, a las empresas y economía nacionales (ver anexo).

Esta estructura polarizada de los medios de producción es la que se replica en Colombia. Así, por ejemplo, en un universo de 7,2 millones de “empresas” solamente 72.000 —es decir, el 1 %— tiene más de once trabajadores (Misión de empleo), de modo que la gran mayoría son unidades de trabajo informal. De esas setenta y dos mil, apenas mil explican el 77 % del PIB, aunque el mayor peso recae en únicamente trescientas. Es por eso que el total de ganancias se concentra hasta en un 52 % en las primeras cincuenta empresas. Y lo mismo sucede con la propiedad de la tierra, que se concentra hasta en un 73 % en solamente un 0,25 % de las explotaciones, mientras el 81 % de las Unidades de Producción Agropecuaria (UPAs) —con menos de cinco hectáreas— solamente accede al 3,64 % de la tierra (Censo Agropecuario de 2014). Estas condiciones ayudan a explicar por qué de la riqueza creada, el 45 % va a manos de únicamente un 1 % de la población (contando 91.000 millonarios), mientras en el otro extremo, el 90 % de la población solamente accede al 12,4 % del total, según Oxfam.

Ahora bien, tal tendencia a la concentración del capital —y de las tierras y sus bondades— es entendida por Marx como condición necesaria para el salto al socialismo. Según su comprensión, el capitalismo desarrolla de manera incesante los medios productivos y mediante su concentración se socializa la producción —la que ya es mundial—, pero no sucede lo mismo con los beneficios. De aquí que, esta contradicción se manifieste en crisis permanentes, las que no superan las causas —las contradicciones constitutivas de la relación capitalista – sino que solamente desplazan las consecuencias. Por eso las crisis vuelven a reventar en formas más amplias y agudas. De esta manera, al interior del mismo capitalismo se preparan las condiciones para el cambio de época histórica.

Entonces, si bien la concentración polarizada del capital significa una violencia permanente contra los proletarios, campesinos y demás clases sometidas, a su vez crean un potencial para que este oprobioso sistema sea superado. Por tanto, la concentración tiene esta doble cara y es, a partir de las condiciones reales generadas y heredadas, que se deben desarrollar las fuerzas proletarias y campesinas por la transformación estructural de la sociedad. En este sentido, los avances y condiciones tecnológicas, asociadas a la gran industria, son una oportunidad y un condicionante de lo que pueda ser la sociedad futura.

Esta mirada de Marx es expresada en forma crítica en el Manifiesto Comunista, cuando señala que, entre las fuerzas políticas organizadas por el socialismo, existen aquellas que pretenden retroceder en dirección a formas que ya han sido destruidas, o que de sobrevivir ya no explican, o no son las más importantes para la reproducción de la sociedad actual.

Así, en la sección del “socialismo pequeño burgués”, Marx plantea que en el desarrollo del capitalismo aparece una franja de pequeños burgueses (propietarios de tierras y otros medios de producción que explotan trabajadores en pequeña escala), que oscilan entre el proletariado y la burguesía. Esa franja de la sociedad continuamente se ve enfrentada a caer en la proletarización, a causa del avance tecnológico y por la fuerza del mercado. Siendo esta, otra de las tendencias verificadas por los datos sobre la propiedad de la tierra y la propiedad en Colombia, como lo acabamos de reseñar.

El permanente riesgo de caer en la proletarización hace que esa masa de población de pequeños propietarios sea crítica contra las relaciones capitalistas, como se puede constatar en las ciudades y el campo. Más, sin embargo, su pretensión es “restablecer los antiguos medios de producción y de cambio, y con ellos las antiguas relaciones de propiedad y toda la sociedad antigua (razón por la cual) este socialismo es a la vez reaccionario y utópico”. Es decir, estos sectores políticamente miran hacia atrás en la historia, y quieren restablecer un supuesto mundo idílico e inexistente en el cual los pequeños propietarios —entre ellos los campesinos— habrían sido en algún momento la base de la producción de la sociedad.

Este escenario idílico no se reportó ni en Europa, ni tampoco en América Latina, incluida Colombia. Con la invasión, la propiedad de la tierra fue concentrada en manos de la Corona española y sus funcionarios, y luego, tras la guerra de independencia, fue a parar a manos de los grandes hacendados. De ese modo, solamente se dejó una pequeña porción a los campesinos pobres (aparceros, medieros, terragueros, colonos, campesinos), clase social que lleva más de dos siglos bregando por acceder a la tierra.

El resultado ha sido más bien contrario, porque desde fines de siglo XX se intensificó la concentración de la propiedad de la tierra. Pero, esa lucha no únicamente ha sido por la tierra, también ha sido por acceder a otros medios de producción —y condiciones de vida—. Ese aspecto cobra mayor relevancia a medida que en la producción agropecuaria actual tiene mayor peso la mano de obra proletaria y los demás medios productivos (capital), haciendo que la mera combinación de mano de obra y tierra resultan totalmente insuficientes para sostener los niveles de productividad y de vida.

La tendencia de querer volver atrás, hacia ese mundo inexistente, se ha acentuado mediante la propagación de ciertas corrientes ecologistas —agroecológicas o pachamamistas— que aprovechan la llamada crisis climática para en forma romántica sobrevalorar las condiciones del proceso de producción artesanal que aún pervive entre algunos de los actuales campesinos.

Bajo esas miradas, se desconocen las condiciones reales mediante las cuales se desenvuelve la producción del campesinado en el capitalismo. En primer lugar, ya se ha centrado en algún producto y está orientada hacia el intercambio mercantil y a la búsqueda de ganancia, por estar estructuralmente anclada al mercado como medio de consecución de su canasta total de bienes. En segundo lugar, por ser un proceso productivo de tipo artesanal con división simple del trabajo y caracterizado por: poca tierra, de baja calidad y mal ubicada, falta de medios de trabajo, exigua cooperación y alto individualismo, baja productividad por hectárea, bajo poder de intervención en las redes comerciales y los precios finales de mercado y altos costos en agroinsumos —causados por una tecnología abiertamente dominada por el capitalismo mediante los agrotóxicos— y como consecuencia, precariedad y alta pobreza.

Pero, las posturas mal llamadas ecologistas o pachamamistas, a la vez que desconocen estas difíciles condiciones, también inflan y glorifican algunas técnicas de producción limpia, las que más bien son una gota de agua dulce en el mar de los agroquímicos. A ello suman la exaltación del mundo de la vida campesina y su amor por la naturaleza, perspectiva que en el fondo únicamente impulsa una política para una mediana burguesía, pero de factura verde.

Al respecto, parte de las grandes discusiones políticas por transformar la producción agropecuaria ya han tocado estos temas. Discusión que fue abordada con especial énfasis en los países que intentaron avanzar al socialismo, y que ahora es utilizada para argumentar, en forma fraudulenta, que las reformas agrarias fracasaron y el campesinado continuó sobreviviendo. Cuando tal aseveración se hace, pasa por alto varios elementos que, en forma muy resumida, deben ser considerados con cuidado:

a. Que en la mayoría de esos países —en especial Rusia y China— se trataba de sociedades en las que el capitalismo apenas empezaba a despuntar, por tanto, la clase campesina representaba más del 80 % de la población. Por eso la sociedad podía depender de su trabajo, a pesar de que su producción se dirigiera al autoconsumo.
b. Que las reformas agrarias realmente permitieron el acceso a la tierra de la mayoría de esa población y así se posibilitaron importantes avances sociales y productivos, respecto de la condición de partida.
c. Que esos avances —sociales y productivos— siempre estuvieron condicionados por los progresos de la industrialización, de modo que los resultados fueron tortuosos por el atraso tecnológico —sumado el cerco— del que partían esas experiencias.
d. Para comprender las fundamentales lecciones que de ellas se pudiese extraer, es necesario considerar la misma experiencia en su conjunto, sin reducirlas a las dificultades de la reforma agraria. En general, en esas experiencias no se logró superar las relaciones capitalistas de Estado (reproducción de la relación salarial, del mercado, el dinero), y esto impidió generalizar las condiciones de cooperación social consciente. Por eso mismo, cuando se ha producido su reversión, se impuso con facilidad el retorno de la propiedad privada y el mercado.
e. Una de las cosas por resaltar es que, en el propósito de avanzar a sociedades con altos grados de cooperación social, es necesario considerar las contradicciones reales y los posibles ritmos de cambio histórico. Es así que en algunas de ellas se quiso imponer de manera forzada las condiciones de cooperación social, violentándose la voluntad de política de la clase campesina. Y, como se trataba de sociedades con base agropecuaria, esas dificultades se convirtieron en otro de los elementos que frenaba el avance.
f. También se puede resaltar que Lenin fue prudente en el manejo de las contradicciones con los campesinos y llamó a privilegiar los procesos que demostraran porque la cooperación en escala ampliada se podía traducir en mayores rendimientos productivos, resultado que apoyaba el avance de la industria, y demostraba cómo está, a su vez, revertía los avances en mayores medios productivos para el campo, y con ello en mejores condiciones de vida para toda la sociedad, incluido los campesinos.

En síntesis, se puede comprender que, en las actuales sociedades, la producción agropecuaria descansa mayoritariamente sobre formas de producción capitalista e industrializada, realizada a partir de la alta concentración de la tierra. Por eso, la mayor fracción de mano de obra del sector agropecuario en Colombia proviene de los proletarios que representan el 54 % frente a un 36 % de campesinos, donde los últimos continúan siendo una fracción importante de la sociedad, pero ya no determinante como en las experiencias del siglo pasado. De aquí que sea relevante considerar una política de transformación dirigida a mejorar las condiciones productivas y de vida de la clase campesina, máxime teniendo en cuenta la violencia que la burguesía ha descargado sobre ella, pero direccionada a animarla para que conscientemente mejoren las formas y procesos de cooperación social. Esta política debe hacer énfasis en el acceso colectivo aparte de la tierra, a las nuevas tecnologías —en particular a aquellas que se adapten mejor a los terrenos y escalas productivas, de forma que aminoren las afecciones sobre la naturaleza. Es decir, es necesario impulsar formas organizativas que tengan como propósito central elevar la cooperación social a fin de transformar las relaciones sociales individualistas de tipo capitalista.

AnexoConcentración Capitalista

 

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