El Disfraz de la Posesión

La posesión de Abelardo De La Espriella no fue solo un cambio de gobierno. Entre símbolos religiosos, despliegue militar y culto a la personalidad, el nuevo presidente puso en escena una idea de poder que apela a la “regeneración nacional” y recupera viejos rasgos del conservadurismo colombiano.

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Con la posesión de Abelardo De La Espriella el pasado 7 de agosto cayó el telón del gobierno de Gustavo Petro y se cerró el paréntesis abierto en la historia del régimen político colombiano. La escena cambió y frente a nuestros ojos está un nuevo acto del mismo viejo poder, cargado de fanfarronería, vanidad y de símbolos profundamente reaccionarios, que bien merecen una revisión.

El acto de posesión de Abelardo De La Espriella fue un ritual milimétricamente diseñado para poner la vanidosa personalidad del nuevo presidente por encima de la vieja institucionalidad, a costa del protocolo tradicional de la liturgia republicana.  No pudo ser de otra manera la puesta en marcha del esquizofrénico proyecto de gobierno de ADLE. El performance usado en campaña para seducir el electorado de la derecha colombiana, se repitió como un nuevo espectáculo de devoción política e ideológica, de culto a la personalidad y a la egolatría del nuevo príncipe.

Por eso, fue más un recetario de nostalgia punitiva, en cuanto se juzgó el presente de la nación por no ser el pasado idealizado que paranoicamente se busca restaurar. Y se sobrepuso el poder religioso y militar a las formas clásicas de la democracia burguesa, en especial del Congreso.

Con una idea torcida de cómo funcionó el viejo proyecto de restauración nacional bajo el cuál se desplegaron las relaciones capitalistas y dependientes en Colombia, el presidente Abelardo trajo a Rafael Núñez al presente y planteó un nuevo y temerario proyecto de regeneración nacional. De esta manera, en su primer discurso como presidente afirmó: “llega un colombiano decidido a emprender una nueva etapa de regeneración nacional”.

Recordemos que bajo la doctrina del catolicismo integral[1] el viejo Núñez impulsó un proyecto de regeneración nacional, que se acompañó de las guerras civiles de 1885-1886, de 1895 y de la guerra de los Mil Días 1899-1902, la más sangrienta de todas. Esta última cerró el siglo XIX y abrió la sangrienta historia nacional del siglo XX, dejando más de 100 mil colombianos muertos.  Fue el hilo conductor de violencia política y religiosa que permitió la instauración de la oscura hegemonía conservadora[2], entre 1886 y 1930.

La consigna de “regeneración o catástrofe”, que ciertamente llevó a la catástrofe nacional, la acompañó de: “centralización política y descentralización administrativa”. Esa consigna procedimental dio base administrativa al proyecto republicano conservador que el nuevo presidente parece ignorar, al vender al país como novedosa la descentralización administrativa. Una cínica forma de encubrir el contubernio gubernamental útil para los futuros negocios del capital y las repartijas de rentas estatales que desean embolsillarse las burguesías regionales y burocráticas del país.

Bajo esta misma línea, en la excusa de descentralizar el poder presidencial, se cambió el juego de roles que ordena la sucesión del poder presidencial. La escenografía del capitolio nacional, con su carga histórica se sustituyó por el auditorio de la famosa Universidad Santiago de Cali (USC), y el fetichismo que disfraza el tradicional ritual del parlamentarismo republicano se redujo a un protocolo de vapor y de solemnidad fallida.

La nueva estética conservadora propuso un llamativo performance al país.  El montaje incluyó grandes pantallas, pantomima de alcurnia, proselitismo ecuménico y actos populistas. Una sucesión de cuadros y escenas que redujeron el ritual republicano a una liturgia política cargada de sincretismo religioso y doctrina bonaparchuda.

El poder parlamentario se diluyó en la retahíla ecuménica que acaparó el acto protocolario. El establecimiento religioso habló a la nación, increpando las pulsiones místicas del vulgo para proponer la restauración moral de la sociedad. Así, religión y capital tomaron el lugar del discurso público, mientras Montesquieu y su balance de poderes se debía estar revolcando en su tumba viendo como los parlamentarios colombianos se hundían en una mesita sin florero.

Los clérigos que posaron de faros morales y de representantes de Dios en la tierra evidenciaron que su razón de ser no solo está en el mundo de las almas, sino sobretodo en el mundo del señor don dinero. Esto explica la función ideológica de sus empresas espirituales dentro del proceso de reproducción del poder político y económico en Colombia.

El gran rabino David Michaan conectado con el capital judío de importantes sectores como el textil, el financiero, el inmobiliario y el comercial; el pastor Eduardo Cañas Estrada, fundador de la iglesia Manantial de Vida Eterna, empresario de la educación y de la política de la mentira y el engaño nacional; el padre Álvaro Duarte Torres, miembro de la Congregación de Jesús y María, conglomerado espiritual que gestiona la gran corporación El Minuto de Dios, organización sólidamente entroncada con los conglomerados financieros nacionales y dedicada a los negocios de la vivienda, el microcrédito y la educación universitaria; monseñor Francisco Javier Múnera, importante gestor de la filantropía de los gremios económicos del país y el controvertido Monseñor José Roberto Ospina Leongómez, involucrado en presuntos abusos de menores.

Como si se tratará de una reversión al Estado confesional de 1886, la Constitución y el derecho burgués quedaron sometidos a los discursos, lírica y símbolos religiosos que, mientras se vociferaba la supremacía del criminal Estado de Israel, cínicamente proponían una salida moral a la crisis nacional. En política las formas y las maneras importan, y mucho. La puesta en escena del nuevo gobierno buscó cuotas de legitimidad en el cielo, como en los viejos tiempos del despotismo.

Marx, escribió alguna vez que: “El Estado democrático es la forma de reconciliación universal, pero oculta la contradicción real del hombre escindido del ciudadano ideal y el individuo egoísta.”[3]

Su comentario nos da a entender que la forma política de la democracia es el éxtasis del Estado, pero su contenido es la miseria real del hombre. Situación de desgracia que la conciencia religiosa y conservadora intenta explicar como una simple catástrofe moral de la nación.

Con el Hallelujah de Leonard Cohen[4] interpretado por Maia, Abelardo quiso engañar a la clase trabajadora, enredando sus creencias religiosas con cantos celestiales. Se trató de dar una respuesta ilusoria a la crisis nacional, hacer creer que ésta viene de la decadencia moral y no de la explotación económica del capital sobre el trabajo.

La mencionada canción adquirió su relevancia histórica en el conflicto del Sinaí en 1973. Para entonces, L. Cohen haciendo uso del sincretismo religioso compuso las estrofas de Hallelujah y la utilizó para alentar y dar moral a las tropas israelíes. Así, bajo el mito de soberanía del Rey David la canción ha operado como un dispositivo de blanqueamiento cultural del sionismo. Su inserción en el acto de posesión presidencial fue más que un simple acto simbólico y religioso, confirma la actitud de sumisión del nuevo gobierno a la casta sionista y a la élite criminal que administra el Estado de Israel, postura que el pequeño Abelardo ya había puesto de manifiesto al anunciar la apertura de la embajada de Colombia en Jerusalén.[5]

Abelardo demostró sus artimañas en los juegos del poder, y como Batman en medio del apagón de la liturgia ecuménica se deslizo hacía el protocolo militar organizado para su fanfarronería, en el Cantón Militar Pichincha. Sin ruborizarse humilló al Congreso y dejó como meros espectadores de su show a los pocos invitados internacionales que asistieron al acto. Y la burguesía nacional con sus partidos políticos, posó complaciente ante los caprichos del nuevo presidente, incluso a costa de someter sus propias instituciones al ridículo absoluto.

El advenedizo impuso como símbolos de su ceremonia de posesión la sotana, el kippah y el quepis de lo generales. Y mientras el emblemático cerro de Cristo Rey en la ciudad de Cali ardía frente a los militares, expuso su verdad de gobierno: seguridad y derechos para los ricos y sus políticos amigos, manos libres e impunidad para los militares, menos plata para los pobres, más impuestos para los trabajadores, exenciones tributarias al capital y palo, arto palo para el que se queje.

Referencias

[1] Revisar la investigación de la Dr. Iris Giraldo. La Extrema Derecha en Colombia. Claves de una historia exitosa. En: https://www.youtube.com/watch?v=zF22k6ekukk&t=2597s

[2] Al respecto ver: Colombia: siglo y medio de bipartidismo. Álvaro Tirado Mejía. En: Colombia Hoy. 1996. Biblioteca Familiar Presidencia de la República. Y Elecciones Crisis y Salida de la Crisis de Edgar Fernández en: https://www.centropraxis.co/post/elecciones-crisis-y-salida-de-la-crisis

[3] Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel. En: Antología Karl Marx. Siglo Veintiuno Editores. 2015.

[4] Un análisis descriptivo se puede ubicar en: https://americansongwriter.com/behind-the-meaning-of-hallelujah-by-leonard-cohen/

[5] Un buen análisis se amplía en la editorial del portal Trochando Sin Fronteras: La embajada de la vergüenza. Se puede consultar en:  https://trochandosinfronteras.info/embajada-de-la-verguenza-en-jerusalen/

 

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