martes, noviembre 30, 2021

¡Que se movilicen a nuestro lado y de forma radical!

Debemos apostar por una salida a la crisis que este a la altura de la grandeza de nuestro decidido pueblo y para ello las asambleas son un gran escenario. Revivir el movimiento obrero pasa, necesariamente, por constituir apuestas organizativas para los trabajadores temporales, a la vez que recobramos el sentido de clase en las luchas sindicales.

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Trochando Sin Fronteras – julio 13 de 2021

Cada día se hacen más evidentes las tensiones al interior de aquellas fuerzas que inicialmente acudieron a sumarse para contener la más reciente avanzada legislativa del régimen contra los trabajadores. Era de esperarse que las dificultades que no se zanjaron en el 2019 en el marco del paro, revivieran en el actual contexto. ¿Pero, a que se debe estas tensiones y dificultades?

Luego de fuertes jornadas de movilización que se extendieron a lo largo del país, el Comité Nacional de Paro (CNP) realizó un diálogo para concretar un acuerdo de garantías, luego de nueve días, el 24 de mayo se finiquita el preacuerdo. Este preacuerdo resulta engavetado por el Gobierno Nacional, y por el contrario expide el decreto 575 al cumplir el primer mes de paro.

Ante este hecho, el CNP responde pidiendo instalar la mesa de negociación tras llamar a desescalar los bloqueos, perspectiva que resultaba insólita. Insólito puesto que en las asambleas populares que se realizaban se ubicaban rutas distintas que se evidencian aún en las calles. Podemos asegurar que la diferencia no es meramente táctica, en el fondo hay fuertes diferencias políticas. Entre ellas, la forma de entender la actual crisis y su posible salida, lo cual ha llevado a una creciente brecha entre las dirigencias de las centrales obreras y el resto del movimiento social y popular.

Las explicaciones más habituales pasan por endilgarle el problema a la oscura influencia de la socialdemocracia y a la burocratización sindical. Sin embargo, en medio de la presente coyuntura es necesario realizar una lectura profunda. Revisar los motivos históricos, estructurales, políticos e ideológicos que hoy abren fisuras en el campo popular, particularmente con los sindicatos. Sin decir con esto, que no existan tensiones con más sectores.

Una mirada al movimiento obrero

El movimiento obrero aparece como resultado de la germinación y consolidación de las relaciones de explotación capitalistas del país a inicios del siglo XX. En un periodo donde aún predominaba la explotación minera y la producción agropecuaria bajo la hacienda.

La atrasada y rural estructura productiva se acompasaba de un régimen político conservador abiertamente enfrentado con la apuesta modernizadora de los liberales. Quienes para poder abrirse paso como proyecto político debieron reconocer socialmente a la clase obrera. Por ello, el fin de la hegemonía conservadora y parte importante del sostenimiento del régimen liberal significaba la alianza tutelada de los liberales hacia los obreros.

Así, para 1936 aparece la Central de Trabajadores de Colombia (CTC), donde conviven comunistas y liberales, esperando ganarle terreno al conservadurismo. Alianza similar a la que algunos proponen hoy con los progresistas para frenar el “fascismo” de Centro Democrático y el Partido Conservador. La influencia del Partido Liberal en la CTC se mantiene hasta nuestros días y le permite presionar a sus opositores en el marco del histórico conflicto Interoligárquico, la CTC es una de las centrales que se vincula al Comité Nacional de Paro[1].

Hacia los años sesenta brotan nuevas expresiones políticas. La influencia de la revolución cubana y expresiones como el Frente Unido resuenan en el sindicalismo y minan paulatinamente los mecanismos clientelares de los partidos tradicionales hacia la CTC y la UTC. Estas acción dan origen hacia 1971 a la Confederación General del Trabajo (CGT) de corte socialcristiano, confederación que también hace parte del CNP. Para la época los sectores de izquierda se mueven en el sindicalismo independiente y en la Confederación Sindical de Trabajadores de Colombia (CSTC), base para la posterior creación de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) en 1986 con perspectiva clasista, democrática y progresista, que en la actualidad también integra el CNP.

El sindicalismo se abría paso con fuerza hacia respuestas contundentes ante la crisis de acumulación que ya por los setenta motivaba paros y huelgas. La unidad clasista tuvo una corta primavera y muy pronto debió enfrentar la arremetida del bloque social dominante, hacia 1980 el 16% de los trabajadores se encontraban sindicalizados con una significativa incidencia de la izquierda, aunque sumida en pugnas ideológicas internas.

En este marco, Turbay marcó el inicio de una fuerte represión, cooptando las centrales oficialistas (agrupadas en el Frente Democrático Sindical) al lado del capital y estableciendo el estatuto de seguridad con el que se legalizaría el atropello a los sectores radicales. La estrategia de aniquilación iniciaba en medio de la concertación entre obreros y capitalistas. La arremetida combinada de paramilitarismo, y judicialización menguó el movimiento, al punto de que más del 90% de los dirigentes sindicales asesinados tenían militancia de izquierda, solo en 1989 se presentaron cerca de 90 masacres dirigidas a destruir el movimiento popular, que ya para 1990 recibía un saldo cercano a cien asesinatos de líderes por año.

Como resultado la dirigencia oficialista asume la dirección de la CUT, que, pese a la profunda crisis de legitimidad del Estado y sus diferencias internas, se suma al reimpulso del Estado a través de la constituyente. Esto representaba para las elites la oportunidad de un pacto social enmarcado en el naciente Estado Social de Derecho, que reconocía de forma “garantista” algunos derechos, aunque delegando su cumplimiento al mercado. La constitución y sus posteriores leyes abrieron paso a una arremetida contra el proletariado, que empieza a perder el poco terreno que había conquistado en materia de garantías laborales y derechos sociales.

La salida política ubicada por el depurado sindicalismo fue la vía institucional. A través de ella proyectó su participación política – electoral a través del Frente Social y Político que posteriormente daría lugar al Polo Democrático. Esta hibridación del movimiento sindical con la socialdemocracia terminaría de cristalizarse, de allí proviene su retórica electoral reencauchada para el 2022.

A la par, también se posicionaban nuevos discursos sobre el mundo del trabajo y la práctica sindical, la hegemonía estadounidense posicionaba su discurso neoconservador que parecía solo enfrentado por la retórica del posmodernismo y el posindustrialismo, así las tesis del momento propugnaban por una cultura de colaboración y pacto.

Al otrora sindicalismo de corte proletario, tan necesario por nuestros días, se abrió paso, a punta de sangre y fuego, el sindicalismo de carácter reformista, institucionalizado. Alejado de la realidad de las mayorías trabajadoras y cerrado a la construcción desde las bases populares, observa por encima del hombro con desgano a las asambleas populares que no desea escuchar y pretende frenar.  Pero no fue solo la violencia y la avanzada ideológica dominante la que aisló al sindicalismo, también fue producto de su incapacidad por gestionar formas organizativas y políticas acordes a los cambios que se gestaban en la relación capital trabajo.

La descomposición del aparato productivo desde los setenta ya había iniciado profundos cambios en las relaciones laborales, no obstante, su profundización se haría sentir con más rigor desde los noventa. La expansión del desempleo y la informalidad modificaban la forma en la que se configuraba el sindicalismo, puesto que el contrato laboral paulatinamente empezó a ser un privilegio mayoritariamente limitado a los empleados estatales, más acomodados que sus pares proletarios de la empresa privada.

Esta configuración lleva a  que el porcentaje de trabajadores sindicalizados cayera a un lamentable 3,4% en 2009. Situación que el sindicalismo no ha sabido sortear hasta el momento, pues las mayorías trabajadoras, a mayo del presente año, son desocupadas en un 15,6%, e informales en un 49% según el DANE. Aunque, si se tiene en cuenta que solo el 38,9% de los trabajadores ocupados son cotizantes a seguridad social, se puede inferir que los trabajadores temporales comprenden más del 60% de los ocupados del país.

Hoy el CNP es el reflejo vivo de una historia de derrotas en la lucha de clases. En su interior nuevamente se mueven las mismas tensiones políticas que en antaño decantaron tantas veces al movimiento popular. Configurándose por un lado el Comando Unitario de Nacional (CUT, CTC, FECODE, CGT y organizaciones de pensionados) y por el otro la multilateral (agrupación de organizaciones sociales y populares) que con menor capacidad de definición se suman en el CNP ampliado.

Hoy, la principal tarea es consustanciarnos con nuestro principal aliado, que hoy está en las calles y no en los viejos aparatos. Debemos apostar por una salida a la crisis que este a la altura de la grandeza de nuestro decidido pueblo y para ello las asambleas son un gran escenario. Revivir el movimiento obrero pasa, necesariamente, por constituir apuestas organizativas para los trabajadores temporales, a la vez que recobramos el sentido de clase en las luchas sindicales.

Fuentes:
Principales indicadores del mercado laboral. Mayo 2021. DANE.  – Informe nacional de competitividad 2020 – 2021. Consejo privado de competitividad.
[1] El Partido Conservador reproduce la dinámica de los liberales, con el sindicalismo católico y la Federación Agraria Nacional funda en 1946 la Unión de Trabajadores de Colombia (UTC) fortalecida por la persecución hacia la CTC desde el gobierno de Mariano Ospina Pérez. La UTC no está en el CNP.
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