Hace ya una semana que el terremoto nos movió y luego nos conmovió a todos y todas en el país. Desde entonces la solidaridad popular se ha materializado como la forma eficaz de enfrentar los retos y dificultades, expresándose en la asistencia de miles de rescatistas, ollas comunitarias, centros de recolecta o entrega de ayudas. Y mientras la solidaridad crece entre las masas del país, el nuevo gobierno se mueve lento y torpe frente a las acuciantes urgencias, tanto que De la Espriella se mantiene en modo payaso o en modo show, tratando de cubrir la ineptitud que empieza a caracterizar su gestión de gobierno. Mientras Las cifras de la tragedia siguen creciendo. Medicina Legal ha recibido 298 cuerpos y mantiene 423 reportes de personas desaparecidas. La emergencia deja 185 mil damnificados, 120 mil familias afectadas en 450 municipios de 15 departamentos, casi 27 mil viviendas destruidas y más de 2.800 escuelas dañadas.
Por esta razón, en las redes sociales y en los medios de comunicación, especialmente los alternativos, se multiplican las críticas contra la desatinada gestión del gobierno. Y tal vez, por ahora, la más preocupante y principal radique en al estrechamiento de tiempos para recuperar victimas de entre los escombros y salvar vidas; recorte que se vincula a dos erráticas decisiones.
La primera fue impedir o demorar la entrada de brigadas de rescatistas internacionales por un mezquino capricho del Presidente de sólo podían entrar grupos de Israel, EEUU, Ecuador y Honduras, es decir, aquellas cuyos gobiernos responden a la pretendida agenda de dominio mundial gringo-israelí. La segunda consistió en la acelerada puesta en acción de la maquinaria pesada para recoger escombros, ateniéndose tal vez al protocolo básico de las 72 horas, pero perdiendo de vista la importante lección de Venezuela, donde con menos medios -pero tal vez con más corazón o valoración por la vida- se rescataron personas con vida después de seis, nueve, once y veinte días de que los edificios se desplomaron.
Es decir, en la “patria milagro” se evita a toda costa que se sucedan los milagros de rescatar con vida a personas bajo los escombros. Por el contrario, prima el autoritarismo con el que se pretende gobernar, imponiéndose los toques de queda y la militarización. Tanto, que a zonas de desastre en Cali llegaron los tanques de guerra mucho antes que las ayudas humanitarias, actuación que con sobrada razón indignó enormemente a la población.
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Todo esto ha generado irritación no sólo entre las familias damnificadas, sino también entre los grupos de personas que han acudido a las zonas de desastre como rescatistas voluntarios. Las criticas aquí se suceden porque estas personas son retiradas por las fuerzas militares para dar entrada a tropas del genocida ejército israelí, quienes entran “a solo tomarse fotos”. Y en este contexto es que se presentaron conatos de choque entre los voluntarios y la fuerza pública, cuando en ciudades como Pereira, Cali o Manizales se pretendió que entraran en forma prematura la maquinaria pesada a recoger escombros, limitando los posibles rescates.
A ello se suma la tardanza con la cual el gobierno declaró tanto la situación de Desastre Nacional, como la situación de Emergencia Nacional. Tal lentitud se asoció a la caprichosa posición de impedir el proceso de empalme con el gobierno anterior, y a la falta de nombramientos tanto en la UNGRD como en Planeación Nacional. Esa negligente tardanza hace que se retrasen la llegada de recursos que en forma inmediata necesitan las cerca de 180.000 víctimas.
La parquedad con la que actúa el gobierno también se puede notar en que a una semana del terremoto prevalezcan dificultades en el necesario y urgente censo de afectaciones y víctimas. En ese sentido persisten los desacuerdos en datos entre los gobiernos de las alcaldías y la UNGRD, y al parecer, prevalece el subregistro de familias afectadas, en especial en las áreas rurales, siendo las que menos atención oficial han encontrado. De aquí que algunos organismos internacionales como la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) y UNICEF estén señalando diferencias frente a las cifras oficiales, respecto de personas damnificadas y albergadas.
Sin embargo, a la gestión del nuevo gobierno no solo la caracteriza el capricho y la ineptitud, sino que a ella se suma el modo payaso con el cual el Presidente deambula entre escombros y victimas con el malsano fin de tomarse fotos y videos. En su tardía comparecencia pública el día del terremoto entró lanzando besitos al aire, cual reina en pleno carnaval de Barranquilla. En su llegada Buenaventura, exactamente al barrio Lleras, comuna 3, donde más de 800 viviendas quedaron destruidas o colapsadas, seis instituciones educativas desaparecieron y 2.800 estudiantes siguen sin clases, llegó como estrella recién bajada del mundial, viéndosele en videos publicitarios entregando balones de futbol. Y al Chocó acudió para venderle a la población un verdadero pote de humo al mencionar un supuesto “Plan Marshall” con el cual resarciría el sistemático olvido a esa noble región. Es como si el titereyanqui que funge como Presidente no le hubiesen cambiado el chip con el que funcionó durante el periodo de las elecciones. Gobierna como si todavía estuviera en tarima, buscando el aplauso del público que lo eligió en lugar de administrar un Estado en emergencia.
Sin embargo, los aparentes desatinos no se limitan al Presidente, sino que se extienden a los más cercanos de su equipo. Así, por ejemplo, Jerome Sanabria, quien cumple la función de asesora en comunicaciones del Presidente el día del terremoto afirmó: “Milei dijo ‘zurdos hdp tiemblen’ y Colombia tembló”. A su ministro de vivienda Jaime Andrés Beltrán supuestamente se le vio de paseo en las playas de Santa Marta, razón por la cual será llamado a moción de censura ante la Cámara de Representantes, debido a su indolente actuación frente a la emergencia.
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Y a su Ministro de Interior, Rodrigo Lara, se le ve en un video, en medio de una barriada de ranchitos –al parecer en Buenaventura-, afirmando que “a esta gente se le entregan cuatro tablas, unas tejas y ellos mismos reconstruyen rápidamente sus casas”, mostrando su absoluta falta de sensibilidad por el terremoto social que castiga a varios millones en el país hace décadas y que los condena a sobrevivir en condiciones de total precariedad. Esa postura contrasta con la forma apresurada y licenciosa con la cual prontamente reconocieron la pretendida soberanía de Israel sobre los altos del Golán, con la cual sólo justifican el sistemático genocidio de ese país sobre la población de Palestina.
En resumen, cada día que la Presidencia dedica a la propaganda es un día más que Buenaventura pasa con cuatro horas y media de agua al día, con el 92 por ciento del sistema perdiéndose en fugas, y con miles de familias durmiendo a la intemperie. Mientras la gestión del gobierno viene caracterizándose por la forma torpe y poco sensible frente a las vidas y urgencias de la población, en contraste crece el activismo solidario de los sectores populares, rebelándose como el medio más eficaz con el que cuenta un país para enfrentar grandes retos como el terremoto de hace una semana, respuesta cristalizada en el eslogan repetido en los medios alternativos de comunicación de que “Solo el pueblo salva al pueblo”.
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