Europa: un pragmatismo equivalente a la estupidez

Los ataques de Trump contra Europa ya no distinguen entre adversarios y aliados: amenazas, injerencias y humillaciones revelan el costo de décadas de subordinación a Washington.

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A inicios de semana resonó la declaración de Trump de que “le encantaría” ver la unificación de Irlanda, rompiendo con la posición de “neutralidad” respecto del dominio imperial que ejerce Inglaterra sobre Irlanda, Escocia y Gales. Tras la aseveración, se sucedió la reunión y manifestación de los líderes de los partidos nacionalistas de esos países, en la cual se comprometen por avanzar conjuntamente hacia su independencia del Reino Unido. De esta forma, Trump paga con una puñalada en la espalda el más que servil servicio que ha caracterizado la relación del Reino Unido para con los intereses internacionales de los Estados Unidos.

Los hechos cobran relevancia si se toma en cuenta de que no es la única “nación aliada” a la que Trump le paga su histórico servilismo con el ultraje y la amenaza, humillaciones sistemáticas ante las cuales las burguesías han mantenido una posición aparentemente pragmática para no alterar los nervios del “emperador del mundo”, la que termina siendo equivalente a la estupidez burguesa, toda vez que Trump y sus socios de la MAGA han ido demoliendo el principio de la soberanía nacional.

Los países europeos se encuentran entre las principales víctimas del ataque imperial, existiendo una larga lista de abusos y atropellos.

Al reciente ataque a la unidad imperial del Reino Unido, ya antes Trump había aplicado su frecuente injerencia política al animar y apoyar abiertamente a Reform UK, un partido ultranacionalista de corte fascista que ha avanzado rápidamente en términos electorales, con el cual Trump mantiene una estrecha alianza, razón por la cual ha expresado en forma frecuente su admiración, afirmando, por ejemplo, que su principal dirigente –Nigel Farage- “es genial”.

Una moneda de pago similar ha usado para pagarle al arrodillado gobierno de Alemania, en la medida que han alentado y apoyado sistemáticamente a Alternativa por Alemania-AfD, un partido abiertamente fascista que, tras ganar las recientes elecciones el pasado seis de septiembre en Sajonia-Anhalt, ha hecho saltar de nuevo las alarmas de un retorno a un pasado que tanto daño le causo a ese país. Pero Trump, en cambio, salió a celebrar el resultado al escribir en su red Truth Social: “¡Guau! El Partido Populista en Alemania acaba de tener una noche memorable”, remarcado “ (…) ¡ESTÁN EN ASCENSO …”. Postura de apoyo que ha sido mucho más radical por Elon Musk, quien en diciembre de 2024 afirmó que sólo AfD podría salvar a Alemania.

Francia no ha escapado al ataque injerencista de Trump, allí abiertamente ha defendido al partido nacionalista de ultraderecha, en especial a su líder Marine Le Pen de los procesos judiciales por corrupción -por los que fue condenada- afirmando que se trataba de una caza de brujas de la izquierda y exigiendo su liberación. A ello se ha sumado el ataque directo al presidente Macrom, de quien Trump afirmó que su mujer –Brigitte Mcrom- lo mandaba y lo golpeaba, esto tras negarse a brindar apoyo a la guerra contra Irán en abril de 2026. Mensaje construido para hacerlo ver como un mandatario falto de autonomía y capacidad, humillación que apenas fue respondida desde la Asamblea Nacional de ese país con una queja ante la mofa.

Incluso Giorgia Meloni –su fiel servidora en Europa- no se ha salvado de los ataques personales, en particular por su negativa de apoyar el ataque contra Irán, de allí que en el marco de la cumbre del G7 -en julio de este año- Trump se burló de ella, afirmando que le rogaba para que se tomara una foto con ella.

Rápidamente, la lista se puede ampliar, al recordar que afirmó que “España ha sido terrible (…) No quiero saber nada de España. Corten todo el comercio con España, por favor, incluyendo las visitas. Ni siquiera hablen con ellos. Son gente desesperanzada y mala”. O, se puede recordar su tendencia a invadir Groenlandia, afirmando que “para proteger al mundo, Groenlandia debe ser tomada por EE. UU. La necesitamos por seguridad nacional e internacional estratégica”. Y, en resumen, vale recordar que oficialmente, para los Estados Unidos, Europa representa un área donde se implementa un enfoque fracasado y por lo cual enfrentaría una crisis de civilización donde prima el estancamiento, tal como lo define su nueva política de defensa.

La línea defensiva del gobierno de los Estados Unidos, manifiesta en su propósito de hacer de nuevo grande a ese país (MAGA, por sus siglas en inglés), se ha traducido en una política permanente de humillación y sometimiento abierto para quienes fueran sus “socios” históricos.

En esa dirección obligó a que la Unión Europea-UE comprometiera hasta 5% de su PIB en gasto militar, la sometió a comprometer una partida de 700 mil millones de dólares como inversión dentro de los Estado Unidos y le impuso unilateralmente aranceles del 30%, que luego sólo le redujo al 15%. Más a aún, Trump logró “heredarle” la guerra entre Rusia y Ucrania a la UE, luego de haberla creado y de retirarse en forma más o menos tranquila a sus propios asuntos. Y en la medida que la guerra se ha tornado de largo plazo, las cosas sólo tienden a empeorar por cuanto algunas fracciones de la burguesía europea ahora se muestran muy interesadas en acrecentar o ampliar el campo de batalla contra Rusia, perfilando un futuro muy oscuro para la población de esa región del mundo, sobre la cual han caído la perores consecuencias de las dos guerras mundiales.

Ante tantos y tan evidentes atropellos es imposible dejar de preguntarse por qué la burguesía de Europa se mantiene tan dócil y servil ante un jefe que sistemáticamente los menoscaba y humilla. Y, la única respuesta sostenible se relaciona con su necesidad de mantener los niveles de intercambio comercial, del cual depende en buena medida su acumulación de capital. Sin embargo, también es evidente que esa postura pragmática les está creando serios problemas, por cuanto la UE pierde sistemáticamente su posición en el mercado mundial, y peor aún, ya no cuenta con una perspectiva de mediano plazo que en forma creíble pudiese revertir esa tendencia.

De este modo, el pragmatismo de la burguesía europea se torna equiparable a la postura que ha caracterizado a la burguesía latinoamericana, esto es, de mantener y defender una “alianza” con quien aparentemente le ayuda y le protege, muy a pesar de que el resultado sea su propio enanismo y sometimiento sistemático, vía por la cual enajenan su libertad e independencia.

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