Elecciones: una disyuntiva para el movimiento social

Como era previsible para este primer semestre de 2026, las contradicciones y problemas del país se agitan y reinterpretan en el marco de la disputa electoral, produciendo la apariencia de que todo se pone en juego y decide en la conquista de los votos, lectura que se presenta más profunda, o “radical”, cuando sin crítica se acepta que están en juego dos proyectos alternativos entre izquierda y derecha, perdiéndose de vista que el progresismo solamente se propone sacar al capitalismo de sus crisis.

Más leidas
spot_img

Aun así, hay que tener presente que el proceso electoral definirá ciertos límites que impactarán en la vida en el país, pero también que la profunda crisis persiste, incluso profundizada por un creciente desencaje institucional, como se corrobora al final del actual periodo presidencial. En este contexto brota una disyuntiva sobre qué posición asumir, decisión que demanda tacto, sabiduría y decisión colectiva dentro del movimiento social para saber cómo posicionarse en el marco de las alternativas electorales en competencia, sin que esto demande perder la orientación de fondo. De aquí que el balance de la situación resulte muy urgente y necesario.

En el contexto internacional tiende a prevalecer la tendencia ultraderechista, comandada por las necesidades de reacomodo del imperialismo de los EEUU. Debilitado y aturdido por el fuerte avance competitivo del capital chino, el gobierno de Trump procura afincar su hegemonía del capitalismo mundial fundamentalmente mediante medidas coercitivas y de fuerza. En ese marco busca afincar su poderío sobre la región latinoamericana, promueve directamente gobiernos de ultraderecha arrodillados a sus intereses y traza un mapa de fronteras de seguridad inmediata que incluyen Groenlandia, Centroamérica, Venezuela y Colombia.

Tal escenario de arrodillamiento y derechización pesa sobre el proceso electoral en curso, el que por ahora presenta un empate técnico entre los candidatos de ultraderecha y del progresismo, al sumar cada una de esas vertientes cerca del 35% de intención de voto hacia la primera vuelta. De la Espriella y Paloma Valencia representan la postura más elitista, retrógrada, antipopular y vende patria de la política colombiana; de allí sus cercanías con el paramilitarismo. Iván Cepeda representa la intención de cambio, el sostenimiento de ciertos programas de ayuda social, pero también esa postura que guarda distancia frente a la necesidad de romper el molde capitalista a fin de propiciar una salida proletario-popular frente a la crisis. De cualquier manera, de mantenerse esas proporciones de intención de voto, a segunda vuelta puede ser muy esperable una intervención directa de Trump en el proceso electoral, lo que distanciaría las posturas.

Ahora bien, a pesar de que el progresismo ha logrado convertirse en un partido electoral decisivo en el país —de ahí el chance que por ahora acompaña a Cepeda—, los resultados del actual gobierno no constituyen una base sólida para un potencial triunfo, a diferencia del ambiente que antecedió la campaña de hace cuatro años. En ese momento, las protestas sociales de 2021 ayudaron a sacar del letargo político a las masas populares, y el descontento fue canalizado a las urnas en espera de que por vía institucional cursaran reformas sustantivas que relanzaran al país por la vía de las transformaciones sociales.

Pero al día de hoy el grueso de las reformas está empantanado y apenas se rasguñó un alza en el salario mínimo. En cambio, la economía capitalista crece a tasas bajas, a la vez que se incrementan problemas como el alto déficit fiscal, la persistente inflación y las altísimas tasas de interés, conjunto de elementos que afectan estructuralmente las condiciones de vida de la clase proletaria y popular.

Y todos esos problemas se complican debido al intento del actual gobierno de administrar las causas de la crisis desde el interior del Estado burgués, de modo que, antes que solucionarla, más bien ha producido un desencaje entre sus instituciones, manifiesto como choque entre la Corte, la Junta Directiva del Banco de la República, las diversas instancias de control (las llamadas “ias”) y el Congreso, orientadas en el propósito de cercar, limitar e impedir la acción del ejecutivo, tendencia auspiciada por los principales gremios del capital, como son la ANDI, Fenalco o Camacol. De aquí que la crisis, antes que solucionarse, más bien se haya estado ampliando y profundizando, pasando de los espacios cotidianos de vida hacia las instituciones estatales.

Todo este conjunto de hechos y tendencias hace que el proceso electoral en curso se vivencie con más pasión e intensidad, en especial porque las empresas capitalistas de comunicación juegan y rentan con el caluroso discurso de la “polarización”.

En ese contexto, el movimiento social en su conjunto se enfrenta a una compleja disyuntiva, en la medida en que se ve enfrentado a tomar postura en ese marco de competencia por los votos.

El punto paradójico estriba en que un triunfo de Iván Cepeda podría contener la intensificación de las persecuciones judiciales, asesinatos y masacres contra los movimientos sociales y sus líderes, ante un eventual regreso de la ultraderecha, que se siente envalentonada por el apoyo del imperialismo, siendo claro el autoritarismo imperante y totalmente antidemocrático de Trump, Bukele, Milei, Kast o Novoa.

Sin embargo, el objetivo de evitar la intensificación de la oleada de represión carga el costo potencial de que en el futuro próximo la causa de la crisis estructural sea reducida —vía discursiva y propagandística— a meros efectos de la errática gestión del gobierno de “izquierda”, cuando en realidad es imposible superarla en el marco institucional y de relaciones capitalistas, tal cual lo evidencian estos cuatro años de gobierno progresista; perspectiva y objetivo que ya se persigue con la explicación de crisis parciales como la del sistema de salud, medio por el cual socialmente se renovarían las formas culturales ultraconservadoras que dominaron el ambiente social entre 2002 y 2019.

Ante tal dificultad, es importante que el movimiento social sea capaz de desarrollar formas de alianza o convergencia coyuntural con las fuerzas progresistas, en la necesidad de proteger y defender los procesos de organización social, incluso de ganar espacios que le permitan acceder a programas y recursos que los fortalezcan, pero siempre manteniendo la claridad y primacía en los objetivos y propuestas programáticas transformadoras, tales como la constitución de una Economía de Fondos Públicos-EFP, sistemas públicos nacionales de provisión de vivienda, salud, educación, alimentos y comedores populares, la reforma Agraria Integral y Popular-RAIP, los Planes de Vida, entre muchas, todas ellas dirigidas a promover una salida proletario popular frente a la crisis que vive el país.

 

- Advertisement -spot_img
- Advertisement -spot_img
Análisis

La Uary, una granja para la educación campesina

La historia del deterioro de un proyecto social impulsado por el cura Camilo Torres Restrepo, y de la responsabilidad...
- Advertisement -spot_img

Lo Último

- Advertisement -spot_img