lunes, abril 22, 2024

La montaña es nuestro hogar

En las grandes ciudades, las formas propias de la organización social contemporánea suelen mutilar nuestro vínculo con la naturaleza, la cotidianidad en la urbe se caracteriza por la automatización técnica y la modificación profunda de los ecosistemas. Desde infantes nos encontramos perdidos entre el gris del cemento y desorientados por el hollín que botan fábricas y autobuses, incluso las nombradas zonas verdes (parques, senderos, jardines, humedales y montañas) son conectadas por caminos de asfalto e intervenidas con obras de alto impacto, afectando significativamente las relaciones bióticas de las especies que allí habitan.

Más leidas

El predominio del edificio y la urbanización nos desliga progresivamente del entorno natural. Llenarse de tierra se asume como estar sucio, los árboles y plantas son confinadas al ámbito decorativo y la montaña es codiciada por los grandes grupos económicos. La idea de los sistemas naturales como el sustento de la vida se pierde entre la multitud de edificaciones y la automatización del diario vivir.

Esta tendencia no es homogénea ni absoluta, el proceso de desvinculación se da por varios factores como la experiencia de vida del grupo familiar, la ubicación geográfica del lugar de residencia, la clase social, entre otros. Pero incluso en grupos familiares con una fuerte herencia campesina o indígena, el ritmo citadino logra menguar el interés por el entorno natural. La falta de tiempo libre es otro factor a considerar, es muy difícil preguntarse por la naturaleza que nos rodea cuando se vive para trabajar; para contemplar un árbol e interrogar por qué de sus formas y colores o sembrar una hortaliza y sorprenderse por su rápido crecimiento, se requiere condiciones mínimas de bienestar que la mayoría de las familias trabajadoras no tienen.  En la ciudad no hay espacio ni tiempo para vivir el entorno natural.

A diferencia de los asentamientos ubicados en los centros de la ciudad, en las zonas periféricas la interacción con la naturaleza se da con mayor frecuencia. En estos sitios es común que perduren prácticas de vida campesina que, como plantean Rubert y Bonet (2023), hacen que las comunidades rurales sostengan un vínculo más estrecho con la naturaleza.

Al fijarnos en la nominación de lo rural y lo urbano, y contrastándola con la realidad, se desdibuja un poco los límites de cada definición. La idea de ciudad que he venido dibujando está ligada al imaginario contemporáneo de metrópoli, la gran ciudad administrativa que crece descomunalmente. Sin embargo, existen ciudades que dentro de su delimitación territorial albergan zonas rurales y complican la lectura de la dicotomía urbano-rural o ciudad-campo.

El caso de Bogotá es ejemplar para nutrir la reflexión. Bogotá es una ciudad construida sobre montañas y humedales, en un principio sin una planeación determinada, con localidades enteras autoconstruidas y con un crecimiento acelerado que acecha la estructura ecológica principal. Según la Secretaría de Ambiente en Bogotá, el 75 % del suelo es rural y lo habitan 51.203 personas, en su mayoría familias campesinas, distribuido en cobertura de páramo, bosque alto andino, plantaciones forestales, pastos y cultivos.

A pesar de su gran riqueza natural, las últimas alcaldías han priorizado el cemento sobre el cerro y el humedal, promulgando proyectos de intervención en ecosistemas declarados como zona de reserva como el Humedal Tibabuyes, el Bosque Bavaria y los Cerros Orientales. Pasando por encima de las comunidades que cohabitan y protegen estos espacios. El Sendero de las Mariposas es uno de los proyectos más ambiciosos en estos términos y con más rechazo por parte de las comunidades.

En medio, al borde y alrededor de una ciudad, en donde el modelo económico capitalista prioriza la expansión poblacional antes que la existencia del entorno natural, sobreviven muchas expresiones organizativas que se oponen al exterminio de los ecosistemas. Este texto pretende reflexionar sobre el vínculo naturaleza-humanidad a partir de la experiencia de la Vereda Fátima de forma general y del Voluntariado Ambiental Cultivando Biodiversidad como expresión particular.

La Vereda Fátima y el resguardo ancestral de la vida

La Vereda Fátima es un territorio con más de un siglo de historia, está ubicada en los Cerros Orientales de Bogotá, en la falda del cerro Guadalupe, exactamente en el kilómetro 2 vía Choachí. Sus habitantes tienen sus casas en medio de un ecosistema de Bosque Alto Andino aniquilado por el predominio de un vasto bosque de eucaliptos.

El proceso de poblamiento de los actuales habitantes de la Vereda Fátima se remonta a más de cien años atrás. Desde 1919 hasta la actualidad los modos de vida de la vereda han persistido a numerosas dinámicas de regulación institucional que desconocen y van en contravía de las familias que allí habitan. (Semillero de investigación en Agroecología – HITSHA, 2017). En su larga trayectoria de cohabitar con uno de los ecosistemas más importantes de la ciudad, la comunidad de la Vereda Fátima ha tenido que enfrentar un cuerpo normativo que desconoce su existencia y su larga tradición de habitabilidad en el territorio. Desde 2006, con la resolución 1141 de la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca, que responde a la declaración de La Reserva Forestal Protectora Bosque Oriental de Bogotá de décadas atrás y determina el Plan de Manejo Ambiental de la misma; la comunidad ha sido constantemente hostigada por su permanencia en el territorio y amenazada de desalojo por varios gobiernos locales.

De tal manera, los pobladores de la vereda han establecido formas de organización comunitaria encaminadas a la defensa del territorio, la visibilidad de su identidad e historia, el sostenimiento económico a partir de proyectos propios y el cuidado del entorno natural.

El origen de la vereda, según la historia oral y una pesquisa realizada por Pérez y Barahona (2019), se remonta a la culminación de un proceso de saneamiento al conglomerado de varios barrios conocido como Paseo de Bolívar, en miras de mitigar la contaminación del río Vicachá (comúnmente llamado San Francisco). Pérez y Barahona (2019) sostienen que los primeros habitantes de la Vereda Fátima se explican de dos movimientos, unos son personas que se resistieron al desalojo resultado de dicho saneamiento y otros llegan a asistir planes de reforestación aprobados por la Junta Administradora del Acueducto de Bogotá.

Las madres y abuelas de la vereda, son enfáticas en señalar este segundo movimiento. Cuando hablan del pasado se refieren al hecho de que los abuelos llegaron y permanecieron en el territorio bajo la figura de guardabosques, promulgada por entes estatales, y exponen que fueron ellos quienes sembraron los pinos y eucaliptos que hoy predominan a lo largo de los cerros.

Al respecto, Yeison Díaz Mayordomo, participante activo de la Asociación de Pioneros Ambientales de la Vereda Fátima (PAVF), define la asociación de la siguiente forma: “Somos un sueño adquirido por nuestros mayores para trabajar por el medio donde vivimos y así tener una mejor calidad de vida” (Y. Díaz, comunicación personal ,08 de noviembre de 2023). Al igual que Yeison muchas otras personas exponen la necesidad de preservar los saberes heredados de generaciones pasadas, que están estrechamente ligados con el entorno natural. Saberes cómo el aprovechamiento de recursos como la madera, la miel y algunos frutos, el cuidado y la reproducción de plántulas y árboles nativos, conocimientos botánicos y de formas tradicionales de compostaje, la cocina y la producción de fermentados, entre otros.

Doña Gladys Mayordomo, lideresa de la comunidad, en sus tiempos libres germina una amplia diversidad de semillas nativas, entre ella nogales y cedros, los cuales deposita en una capa gruesa de barro producto de sobre hidratar tierra negra. La germinación de semillas como la del nogal es particularmente difícil por la rigidez de su cáscara, es el tiempo y la constancia en el riego para mantener la tierra en estado de barro lo que lo posibilita. Este conocimiento técnico viene del interés por reproducir especies nativas resultante de la relación estrecha de sus antepasados con su medio natural.

De ahí, que para la asociación sea central el cuidado del entorno natural, que a su vez es su hogar, un hogar que ellos mismos construyeron y que llevan habitando por décadas. En el caso de la Vereda Fátima, la defensa por la vivienda hace simbiosis con la defensa de la naturaleza, un encuentro de vital importancia si pensamos la naturaleza como nuestro macro hogar y que nos da pistas de la urgencia de interrogar esos sistemas ecológicos que nos permiten subsistir.

Lo anterior se viene articulando bajo la idea de una eco vereda que sirva de alternativa a las problemáticas que atraviesan la realidad de la comunidad y que además les permita continuar habitando la montaña. En palabras de doña Gladys Mayordomo, “queremos seguir ejerciendo el trabajo como guardianes del cerro y seguir cuidando nuestro ambiente” (G. Mayordomo, comunicación personal, 05 de diciembre de 2023).

En ese marco, la Universidad Distrital y otras instituciones han consolidado una articulación continua con los procesos comunitarios que encabezan el derecho de permanecer en el territorio y la defensa del entorno natural; siendo la agroecología un nodo de trabajo conjunto y la investigación acción participativa una de las principales metodologías de investigación. Dando como resultado producciones académicas e investigativas y experiencias de intervención que nutren la experiencia de organizaciones como PAVF, quienes recogen ya decenas de experiencias de diálogo y trabajo conjunto con instituciones, organizaciones sociales y otras entidades. Uno de los más recientes expresiones organizativas aconteció en el semestre pasado y fue la creación de una iniciativa de voluntariado socioambiental.

Germinando nuevos caminos. ¿Quiénes somos y para dónde vamos?

Desde el segundo semestre del año pasado viene germinando un nuevo proceso de apropiación y defensa del territorio entre los cerros orientales de Bogotá. El Voluntariado Ambiental Cultivando Biodiversidad, aparece como una propuesta para visibilizar el trasegar histórico de resistencia de la Vereda Fátima y fortalecer sus procesos de permacultura.

La semilla del voluntariado, al igual que las expresiones de organización social precedentes en la vereda, fue puesta por los abuelos de la comunidad y los anteriores voluntarios que encontraron en las montañas una ventana de esperanza ante una ciudad voraz y desigual. El voluntariado nace de la alianza entre la Asociación de Pioneros Ambientales de la Vereda Fátima (PAVF), el colectivo Unidad Ancestral Renacer Andino (UARA) y la Cooperativa Multiactiva de Gestión y Estudios Ambientales (GEA-CM) y se nutre de colectividades e individuos que se movilizan desde la voluntad para aportar en las diferentes líneas de trabajo que se proyectan.

En el primer ciclo del voluntariado, a lo largo de cuatro meses, los voluntarios se encontraron cada ocho o quince días para aportar desde su experiencia a la construcción de huertas agroecológicas, cartografías sociales, talleres de formación, conversatorios, caminatas y ollas comunitarias. Articulando sus conocimientos a las necesidades de la vereda y poniéndolos en diálogo con los saberes de la comunidad, así cada espacio estuvo caracterizado por la escucha mutua y el trabajo colaborativo, haciendo de las sesiones de intervención un continuo proceso de aprendizaje.

La mayoría de los voluntarios de este primer ciclo fueron estudiantes de distintas disciplinas, lo que hizo que cada ejercicio fuera nutrido desde perspectivas divergentes y permitió tener un horizonte más amplio en cada actividad planteada. Además, se contó con la participación de pasantes, profesionales de distintas áreas de conocimiento y liderazgos comunitarios del centro oriente bogotano.

Entre las líneas de trabajo desarrolladas está la de agrotecnología; la de Bosque Protector Productor y la de comunicación. Otras líneas de trabajo proyectadas, que se pretenden consolidar en próximos ciclos, son las de bioconstrucción, la de zootecnia y la de bienestar físico y espiritual.

Para materializar las proyecciones y aprovechar lo alcanzado en el primer ciclo, se busca hacer de la Vereda Fátima un espacio de investigación continua que le permita a cualquier persona encontrar en la falda del cerro Guadalupe un aula ambiental en donde construir conocimiento colectivamente. En donde se pueda aprender desde a cómo cultivar alimentos libres de agrotóxico hasta implementar propuestas investigativas encaminadas a dignificar cada rincón de los cerros orientales de Bogotá.

Como es evidente, el voluntariado es ambicioso en sus proyecciones, de ahí que se piense como un proceso continuo que logre consolidar grupos de trabajo independiente con capacidad de articularse a partir de objetivos comunes. Por el momento, las motivaciones/objetivos del voluntariado se podrían resumir en la búsqueda de fortalecer los procesos de permacultura que se vienen adelantando en la vereda en miras de consolidar proyectos continuos de restauración ecológica y visibilizar el trasegar histórico de la comunidad que allí se encontró, siendo la comunicación un frente indispensable en el terreno práctico.

Hacia la restauración de nuestro vínculo con la naturaleza

El voluntariado en particular y el trasegar histórico de la Vereda Fátima en general, evidencian la imprecisión de la tesis que sostuve en las primeras líneas de este texto. En la ciudad no mutilan nuestro vínculo con la naturaleza, más bien lo laceran, lo hieren de tal forma que se nos hace difícil distinguir entre bosque alto andino y “monte”, nos olvidamos que el agua y el alimento viene de esas partes que la urbanización se come poco a poco y se nos obliga a incorporamos en círculos productivos que van en contravía de la abeja, el nogal y la tingua.

A pesar de dicha herida abierta, aún hay comunidades, como es el caso de la Vereda Fátima, que conservan y resguardan ese vínculo, profundamente biológico con la naturaleza, aun cuando eso representa enfrentar a grandes poderes políticos y económicos. Este resguardo también se presenta en comunidades defensoras de humedales y en colectivos de agricultura urbana, parches de reforestación, de flora nativa, defensores de los ríos, resguardos de semillas, pueblos indígenas y en muchos otros espacios.  Es nuestra tarea sanar ese vínculo reconociendo los cerros orientales como nuestro hogar y cada intención de reparar y fortalecer los ecosistemas es valiosa en esta difícil tarea.

Así pues, dentro de una larga tradición de experiencia organizativa situada en la vereda, el voluntario emerge como un proceso prematuro, con muchas discusiones que dar, asuntos pendientes por resolver, trabajo por delante y con un potencial enorme de construcción colectiva. Recurriendo a los tiempos de la naturaleza, el voluntariado vendría siendo una plántula prematura, que apenas está mudando sus hojas primarias, un pequeño árbol que hace poco germinó del barro y apenas se dispone a crecer entre nogales, cedros y cajetos. Es nuestra tarea cuidarlo.

Bibliografía
 
- Advertisement -spot_img
- Advertisement -spot_img
Análisis

La difícil vida del campesinado en el Perijá y el Valle del Río Cesar

La muerte de Jorge Eliécer Gaitán no solo llevo al famoso “Bogotazo” y a los miles de litros de...
- Advertisement -spot_img

Lo Último

- Advertisement -spot_img