El pasado día martes 9 de junio bandas antiinmigración en Irlanda, que son herederas de los grupos paramilitares de ultraderecha, desarrollaron un ataque sistemático y racista (pogromo), bajo la consigna de «¡Fuera extranjeros!»
El hecho más destacado ocurrió en Belfast, supuestamente a partir del apuñalamiento de una persona por parte de un solicitante de asilo de origen sudanés, hecho que fue captado y viralizado en video por las redes, y utilizado como disculpa por las bandas unionistas para avanzar encapuchadas y en masa atacando a personas en sus viviendas, o comercios en zonas que se presumen son de extranjeros.
Durante la noche del martes grupos convocados por organizaciones antiinmigración recorrieron barrios de Belfast, Newtownabbey, Portadown y Kilkeel. En Belfast incendiaron un autobús del transporte público, varios vehículos particulares y contenedores. En el este de la ciudad un grupo de hombres derribó puertas y rompió ventanas de viviendas para obligar a familias migrantes a abandonar sus hogares. El servicio de bomberos recibió 256 llamadas entre las 19:00 y la medianoche y realizó 62 intervenciones, con refuerzo de 21 unidades adicionales.
Esas bandas arremetieron de puerta en puerta obligando a las familias a huir, mientras prendían fuego a viviendas y comercios al grito de «¡Fuera extranjeros!». Los disturbios también se extendieron a otras ciudades de Irlanda del Norte, Escocia y algunos otros sitios de Inglaterra en esa misma noche.
El contexto histórico de fondo se remonta a las luchas políticas por la independencia de Irlanda del Norte, marco en que las fuerzas independentistas se enfrentaron a la Corona Inglesa y su ejército a través del IRA (Ejército Republicano Irlandés), cuya base social era básicamente de familias obreras católicas. Frente a las fuerzas independentistas emergieron bandas paramilitares de ultraderecha defensores de la Corona, cuya base social ha sido protestante, de allí que sus ataques se concentraron en atacar directamente a la comunidad católica y republicana.
Cuando en 1998 se firman los acuerdos de paz -y el IRA se desmoviliza y pasa a fortalecer al partido Sinn Féin– las bandas paramilitares de ultraderecha, especialmente La UDA (Asociación de Defensa del Ulster) y La UVF (Fuerza Voluntaria del Ulster), se mantuvieron operativas para sostener su control territorial en algunas zonas, valiéndose del tráfico de drogas, y la extorsión a comerciantes, formas de camuflaje y adaptación ampliamente conocidas en la realidad colombiana, ya que fue lo mismo que ocurrió tras la supuesta desmovilización de los paramilitares que promovió Uribe y en la que participó De la Espriella.
Lo que hoy sucede en Irlanda del Norte, territorio que aún hace parte del Reino Unido, es que la ultraderecha y sus bandas paramilitares sólo han mutado la disculpa para ejercer su violencia, promoviendo como nuevo enemigo al inmigrante o el refugiado, quienes sólo vendrían a alterar “la identidad británica”. Detrás de esos discursos lo que se esconde es la pretensión de un origen natural superior que los faculta a ejercer la violencia directa contra quien decidan. Esa forma de proceder es muy bien recibida por el capital en momentos de crisis, cuando los ingresos, la vivienda y los puestos de trabajo escasean, de allí que algunos sectores obreros puedan caer en esa trampa, repitiéndose de alguna forma los mismos procesos sobre los que se erigió el fascismo en Europa hace exactamente un siglo.
Pero la permanencia y el reciente poder de convocatoria que muestra la ultraderecha y sus bandas paramilitares es imposible de comprender sin explicar su conexión con los líderes políticos y el gran capital. De allí que el activista antinmigrante Tommy Robinson calificó públicamente el ataque con cuchillo como “otro ataque más contra nuestra gente”, y en evidente respaldo Elon Musk “compartió en X el llamado de Robinson a realizar protestas a nivel nacional, escribiendo: «¡Solo protestando REPETIDAMENTE y RUIDOSAMENTE habrá algún cambio!», tal como lo reseñó el Washington Post (11-06-26).
Así se comprende que el acuchillamiento fue totalmente instrumentalizado para “desatar una campaña sistemática de violencia xenófoba” contra las minorías étnicas, tal como los describió El Diario Socialista. Estas campañas de violencia y xenofobia -que pretenden naturalizar el uso de la violencia directa como medio de sometimiento social- son una muestra de las tendencias retardatarias que se están imponiendo en el Reino Unido, donde a inicios del pasado mayo la fracción ultraderechista Reform UK (Reforma Reino Unido), liderado Nigel Farage se consolidó como decisiva en las elecciones locales al obtener 27% del total de votos, situación que no tiene referencias inmediatas en medio del predominio entre Laboristas y Conservadores.
Aunque las particularidades históricas son distintas, las tendencias que hoy se observan en el Reino Unido no nos son ajenas. La instrumentalización del miedo, la construcción de enemigos internos y la legitimación de la violencia directa contra quienes son señalados como una amenaza forman parte de un repertorio que la ultraderecha ha utilizado en diferentes momentos y lugares. Colombia, marcada por una larga historia de paramilitarismo y persecución política, no es inmune a estas dinámicas.
Por lo que no es casual que ese entramado y su tendencia amenacen con volver a imponerse sobre la vida de nuestro país, ya que tras los resultados del pasado 31 de mayo, la ultraderecha ha cobrado bríos y han pasado a atacar físicamente a quienes juzgan de izquierda.
En ese sentido De la Espriella no sólo ha afirmado que va a “destripar a la izquierda”, sino que además ha calificado a los seguidores del progresismo como “enemigos de la patria”, sugiriendo una política de persecución sistemática, en plena línea con la actuación de la ultraderecha y los paramilitares en el país.
Un ejemplo de ello es que sus seguidores atacaron a machete el pasado 6 de junio a unos jóvenes en Ibagué, mientras los señalaba como guerrilleros y comunistas. A ello se suma las amenazas contra los profesores de la Universidad tecnológica de Pereira, organizados sindicalmente en ASPU, supuestamente desde un correo de Salvación Nacional y con los logos de la campaña de De la Espriella, afirmando:
«Las universidades públicas, privadas e institutos de garaje van a tener que pagar por la formación ideológica a guerrilleros y violentos. […] Vamos a limpiar todas las universidades de este país, vamos a eliminar el Ministerio de Educación y no vamos a permitir que los guerrilleros se sigan formando en estos centros basura.»
«Sabemos que los centros de formación ideológica para comunistas están desesperados buscando cómo hacernos trampa. Pero desde el movimiento Firmes por la Patria les advertimos que no vamos a descansar hasta erradicar a todo aquel que piense desde el marxismo y haga apología a ideologías basura que no le sirven a la Patria Milagro.»
Estas amenazas hay que tomarlas muy en serio en un país donde las víctimas se cuentan por millones, y en su gran su mayoría identificadas con los movimientos sociales y la izquierda. Los hechos ocurridos en Irlanda del Norte muestran que las viejas formas de violencia reaccionaria no desaparecen, sino que se adaptan a nuevas coyunturas y encuentran nuevos enemigos sobre los cuales descargar el odio. Ayer fueron los católicos y republicanos irlandeses; hoy son los inmigrantes y refugiados. Así, detrás de cada discurso sobre la defensa de la nación o de la patria siempre reaparece la misma pretensión: dividir a la clase popular, legitimar la violencia y preservar un orden social cada vez más excluyente y feroz.
Por eso las amenazas y agresiones que hoy resurgen en Colombia no deben ser tomadas como hechos aislados o simples excesos verbales. Son parte de una tendencia más amplia que, en tiempos de crisis, busca convertir el miedo y la desesperación en odio organizado. De aquí que sea necesario insistir en que sólo mediante el fortalecimiento de la organización proletaria y popular es que se puede plantar cara a las tendencias fascistas que promueve la ultraderecha y el gran capital por todo el mundo.
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