Elecciones en Perú: una lección para Colombia

La experiencia peruana confirma que las grandes disputas políticas no se resuelven únicamente en los puestos de votación. La capacidad de movilización, la organización y la defensa de la voluntad popular resultaron fundamentales para la remontada de Roberto Sánchez frente a Keiko Fujimori.

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Al parecer pudo más la memoria y la dignidad de una parte del pueblo peruano que los mezquinos intereses de la ultraderecha y el capital, por cuanto para segunda vuelta los sectores de izquierda-liberal, encabezados por Roberto Sánchez, pudieron remontar la ventaja de seis puntos porcentuales que Keiko Fujimori había obtenido en la primera, resultado que puede servir de ejemplo y ánimo al pueblo colombiano, que en dos semanas enfrenta un reto de magnitudes similares.

Es evidente que en el actual empate técnico jugó un papel fundamental la consigna “Fujimori nunca más”, en la que se sintetiza la memoria del pueblo peruano sobre los crímenes cometidos por el también ultraderechista Alberto Fujimori.

Recuérdese que Alberto Fujimorí llegó al poder vendiéndose como un out-sider de la política, tal como hoy lo hace De la Esperilla y prometiendo sacar al Perú de su crisis. Sin embargo, a dos años de su mandato, cerró el Congreso, suspendió la constitución e instauró un mandato de estilo dictatorial, mediante el cual legalizó una constitución redactada a su acomodo y que luego le permitió mantenerse en el poder hasta 2000, algo similar a lo que hizo Uribe en su mandato.

Durante esa década en los medios capitalistas publicitaban el discurso de la seguridad y la guerra contra el terrorismo, mientras ocurría una sistemática persecución a la izquierda por medio de asesinatos selectivos, que ejecutaron agentes del Estado y bandas paramilitares, grave situación que a su vez sirvió de paraguas para ocultar la profunda red de corrupción que dirigía Fujimori con Alberto Montesinos, siendo años después juzgado por ser el autor inmediato de varias masacres, espionaje y corrupción.

No obstante, esa corriente política se ha mantenido viva, especialmente por la labor de Keiko Fujimori, heredera de la ultraderecha. De este modo, la división social y la tendencia a la polarización política se manifiesta en posturas que se definen por estar a favor o en contra del fujimorismo.

Sin embargo, antes que solucionar la crisis lo que hizo el fujirmorismo fue profundizarla, porque el supuesto crecimiento económico en Perú se reveló más tarde como un espejismo producto de la propaganda, ya que la realidad era que su economía se precarizaba y primarizaba cada vez más.

Y esa crisis ha terminado por debilitar las propias instituciones del Estado y la precaria democracia en ese país, pues el oportunismo y la corrupción hacen parte estructural de su funcionamiento, de allí que en la última década Perú haya tenido ocho presidentes, situación agravada desde cuando Pedro Pablo Kuczynski (2016-2018) debió renunciar por sus vínculos con Odebrecht, pasando por los gobiernos como los de Martín Vizcarra, Pedro Castillo y el evidente golpe de ultraderecha de Dina Boluarte (2022-2025), también depuesta por corrupción.

Por su parte Roberto Sánchez ha sido presentado como heredero de la fuerza política izquierda-liberal que en su momento representó Pedro Castillo. Así Sánchez retoma la iniciativa de reivindicar las necesidades y derechos de los habitantes de las regiones apartadas, proponiendo un estado plurinacional, de modo que se genere un contrapeso al poder del gran capital y la ultraderecha, centrado en Lima y el área de la costa. Es así que incluso la peritonitis que sufrió Sánchez, en el mes de febrero, estando en un municipio apartado del sur del país llamado Caravelí,  vino a servir como testimonio de la polarización de clases, ingresos y geográfica creada y reproducida por el capital, y por tanto, luego convertida en pieza clave de su campaña.

Como se sabe, la campaña de Sánchez tuvo que librar una fuerte batalla en el conteo de votos en la primera vuelta del 12 de abril, en la que inicialmente se le había descartado en favor de Carlos Neuhaus, también de derecha. Fueron las sostenidas protestas de calle y legales las que movieron a que las autoridades electorales contaran adecuadamente los votos de algunos sectores de la capital, y en especial de las regiones lejanas, que suelen llegar con tardanza en ese país. De esa forma, sólo hasta el 17 de mayo Sánchez fue reconocido como candidato a la segunda vuelta. Por eso mismo es esperable que la pequeña diferencia de votos se traduzca en una victoria a Sánchez, en la medida que falta el conteo de votos en zonas lejanas, favorables a su campaña.

Aun cuando al cierre de esta edición no existe un resultado definitivo y la disputa sigue abierta, lo ocurrido en Perú ya deja una enseñanza política relevante para América Latina. En un contexto marcado por el avance de la ultraderecha en distintos países de la región, alentada por el retorno de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos y por el fortalecimiento de proyectos conservadores y autoritarios, la capacidad de los sectores populares para organizarse, movilizarse y disputar el escenario electoral adquiere una importancia estratégica.

Cierto es que difícilmente una victoria de Roberto Sánchez pueda cambiar la realidad de fondo que padecen los sectores proletario-populares del Perú, más teniendo en cuenta que la mayoría del Congreso lo tiene el fujimorismo y que puede ser usado para orquestar otro golpe por la vía de declarar “incapacidad moral permanente”, tal como ha venido sucediendo en la última década, y de lo cual pareciera ser un asomo el reciente llamado a juicio oral por manejos de dinero de la campaña de 2018. No obstante, el hecho de que una buena parte del pueblo peruano le haya plantado cara al engaño, autoritarismo y abuso que encarna la ultraderecha es de gran valía, porque envía una señal clara de que es con lucha organizada como se pueden superar las grandes crisis en que el capital y la ultraderecha los han hundido.

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