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Medio informativo del Movimiento Político de Masas Social y Popular del Centro Oriente de Colombia

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Feminismo y lucha de clases


Trochando Sin Fronteras, julio 2 de 2019

Por: Carolina V. Araque – @CaroArake

Históricamente el sistema capitalista en su desarrollo ha buscado reestructurar la sociedad a su imagen y semejanza, de forma tal que esta sirva a la acumulación y naturalice la explotación de unos pocos sobre las mayorías y la naturaleza.

En las últimas décadas el feminismo se ha propagado como discurso en muchas mujeres y organizaciones, centrando sus reivindicaciones mayoritariamente en la exigencia de derechos individuales, limitándose a cambios de ley, paridad en cargos públicos, lenguaje inclusivo, cambio de roles, e igualdad de salarios, entre otros; sin un cuestionamiento profundo de las estructuras políticas y económicas de la sociedad que dan lugar a la opresión patriarcal. Tendiendo a ser mecánico en apoyo a la igualdad formal sin entendimiento concreto de la condición de la lucha de clases.

Ha sido la burguesía la que se ha valido de artimañas para mostrar espejismos de falsas dicotomías entre hombres y mujeres, cercenando cada vez más la posibilidad de organización y lucha como una sola clase por los cambios estructurales del sistema imperante. Esto no quiere decir que no existan diferencias materiales, políticas y culturales entre hombres y mujeres, puesto que la división social del trabajo ha llevado a que se naturalice, relegue y degrade la condición de la mujer en áreas de explotación como el trabajo doméstico, el cuidado de la familia y la reproducción de la fuerza de trabajo (los hijos), no remuneradas pero que son pilares fundamentales en la producción capitalista.
No por ello mi intención es negar los avances y exigencias de distintos sectores, siempre y cuando se entiendan como avances tácticos dentro de la lucha y no se queden como liberales y reformistas que favorecen a unas pocas.

Entendiendo que el sistema capitalista se nutre de esta desigualdad de género, ya que su objetivo es conseguir mayores ganancias con menos costos, por ello es que las mujeres son doblemente explotadas, una como trabajadora asalariada y otra como trabajadora doméstica no remunerada.

Son muchas las mujeres que se encargan de la alimentación de la familia, el arreglo de la casa, estar pendientes de los hijos, del pago de las cuentas, la compra de víveres, para luego tener que salir a otro trabajo en una jornada de mínimo 8 horas en donde se sigue explotando su fuerza de trabajo por un salario inferior al de muchos hombres, volver a la casa, preparar la cena, verificar que todos los miembros de la familia estén bien y preparar el nuevo día que se avecina. Lo que convierte la vida de las personas (más de la mujer) y las relaciones sociales en subordinaciones de las relaciones de producción, ocultando la duración real de las jornadas laborales.

En muchos de los casos estas mismas mujeres trabajadoras explotadas, dejan el cuidado de los niños a cargo de otras mujeres (madres comunitarias) en guarderías y jardines, que tampoco reciben un reconocimiento y salario justo del trabajo que realizan, negándoles el derecho a salud, pensión, oportunidades de educación y el no reconocimiento como trabajadoras del Estado, así funjan como tal. Esto no necesariamente reduce el trabajo de estas mujeres, lo que hacen es liberar tiempo para desarrollar otro trabajo (más trabajo adicional).

Esta condición de explotación de la mujer responde a que el “producto” más precioso que aparece en el mercado capitalista es precisamente la fuerza de trabajo, y mientras la reproducción siga siendo por y para el capital, se seguirá marginando, abusando y explotando la mujer a tal punto que en muchos casos den la vida por cada uno de sus hijos y familiares bajo el discurso de amor y obligación con el que nuestras abuelas, madres y ahora nosotras hemos sido “educadas”.

Es por esto que necesitamos organizarnos como clase, luchar para ser libres, rebelarnos con todos nuestros hermanos y hermanas. Reconocer que el feminismo no puede remitirse a una transformación meramente cultural y menos a un asunto de conciencia individual, puesto que responde a necesidades materiales y estructurales enmarcadas en el sistema de producción capitalista.

¡Vamos a abolir el sistema patriarcal capitalista!