Las fórmulas caducas del “nuevo” gobierno y su ministro de hacienda

El nombramiento de Miguel Gómez Martínez como primer ministro de Hacienda del gobierno de Abelardo De la Espriella anticipa la orientación económica de la nueva administración. Su trayectoria política e intelectual revela una apuesta por profundizar el recetario neoliberal, con posibles efectos sobre el papel del Estado, las empresas públicas, la política social y la estructura productiva del país.

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El recién elegido gobierno ultraderechista de De la Espriella acaba de nombrar a Miguel Gómez Martínez como su ministro de hacienda inicial. Como se sabe, Gómez Martínez cumplió su papel como director de la campaña electoral y es vástago privilegiado de una de las familias que representa la tradición más virulenta de la política del país, ya que es nieto de Laureano Gómez[1]. Basados en su recorrido profesional e intelectual es fácil inferir que se gobernará mediante la repetición de las fórmulas ya caducas y fracasadas del neoliberalismo, las que ni siquiera le resultaron funcionales al gran capital para allanar una solución a la crisis que arrastra desde hace décadas, menos aún para que el país salga de ella.

Gómez Martínez cuenta con posgrados en Economía Internacional y Ciencia Política del Instituto de Estudios Políticos de París. Se ha desempeñado en el área educativa en las universidades con mayor inclinación conservadora como son la Sergio Arboleda, la Universidad del Rosario y el Colegio de Estudios Superiores de Administración-CESA. Su experiencia se ha desarrollado tanto en la institución pública (Ministerio de Comercio Exterior; Vicecontralor General de la República, Presidente de Bancóldex, Embajador en Francia), como en el sector privado, al ser representantes de gremios empresariales como Asocolflores, Cámara de Comercio Colombo Americana y Fasecolda. Mantiene, además, una actividad de opinión a través de sus escritos semanales en el diario Portafolio, desde los cuales se puede rastrear su ideario político.

Es factible que su paso por París le haya dotado de herramientas de economía política asociadas al neoinstitucionalismo de corte conservador, que coloca su énfasis en el orden de las instituciones estatales y financieras, perspectiva que casa bastante bien con la ortodoxia neoclásica -fuente de la perspectiva neoliberal-. Estos pilares sirven como referencia para interpretar lo que él mismo considera sus aprendizajes y giros, expuestos en forma declarativa en el artículo Creer y no creer, del pasado septiembre en Portafolio.

Allí manifiesta su oposición a lo que denomina monopolios públicos por ser supuestamente ineficientes y corruptos. Esto significaría que empresas como Ecopetrol, la Nueva EPS, El Banco Agrario, Colpensiones o La Previsora, entre otras, corren el serio riesgo de enfrentar rondas de privatización -si no total, al menos parcial-, tal como ya sucedió con Ecopetrol. Pero debemos recordar que las privatizaciones para nada impulsaron la competitividad y sólo consolidaron traslados de recursos de la nación a manos privadas, siendo el más significativo el raponazo de los recursos públicos de las pensiones, que ahora suman más de 450 billones de pesos.

Su alergia a lo estatal lo lleva a denigrar sobre lo que considera las “pomposas políticas públicas…»que nunca llegan al ciudadano, ni cambian gran cosa”, por ser diseñadas por burócratas guiados por una visión ideológica y que se mueven detrás de billones de pesos, según sus palabras. Frente a tales declaraciones parece previsible que su alternativa sea imponer políticas económicas diseñadas por tecnócratas, supuestamente ajenos a intereses particulares, pero absolutamente subordinados a los intereses del capital.

Al respecto es necesario tener en cuenta que la teoría económica sólo es la forma cristalizada de la ideología burguesa, que permite que el capitalista cuando se mirara al espejo se auto-juzgue como la clase productora, encubriendo que son los asalariados de ciudad y campo los verdaderos productores. De allí que la supuesta técnica económica sólo constituye un discurso, eso sí sofisticado, mediante el cual se justifica, legaliza y pretende legitimar el robo de frente y a gran escala. Por eso, la práctica real de los tecnócratas se materializa en entregar los recursos públicos acumulados durante décadas o siglos a unas cuantas manos privadas, tal como sucedió con los recursos de los bancos estatales, pensionales o de la salud.

Coherente con su postura anti-estatal, argumenta que “el impacto redistributivo del gasto público es marginal porque su eficiencia es muy baja”. Esto significa que los programas de subsidio social podrán verse sensiblemente recortados, y áreas como la universidad pública enfrentarán más problemas de financiación, en especial porque el futuro ministro considera que “nuestro modelo de educación pública es un colosal fracaso”. Tal posición ideológica explica que el gran milagro educativo anunciado por De la Espriella se concentre en cursos de cien horas para que los jóvenes se sometan a las plataformas de tipo Call-Center, es decir mano de obra super-flexibilizada y barata para el capital.

Su absurda animadversión ideológica contra lo estatal necesariamente lo lanza hacia posturas liberales radicales de viejo tipo, es decir anarquistas de derecha, pero ahora vestidas de libertarismo del tipo Miley. Tal veta refluye en su clara defensa del libre comercio cuando afirma que “con el tiempo me di cuenta de que lo más importante es la libertad de los mercados y la competencia. Por eso, de paso, dejé de creer en los gremios, que defienden empresas y no mercados competitivos”.

Ciertamente bajo el capitalismo los burgueses tienden a coludir mediante los gremios y desde ellos procuran imponerle al Estado sus intereses más particulares, tal como lo habrá practicado Gómez Martínez en Asocolflores o Fasecolda. Tales prácticas son más intensivas y necesarias a la propia reproducción del capital cuando existe desventaja frente a capitales de mayor proporción y es una característica muchísimo más sentida en empresas y países con bajo desarrollo que deben enfrentarse en abierta lid contra grandes capitales, como los de los Estados Unidos.

Así que si las noticias no son buenas para los sectores proletario-populares, tampoco lo son para los empresarios medianos y pequeños, en cuanto deberán enfrentarse a la dura competencia internacional sin la protección del Estado y la serie de subsidios y cortapisas legales que aún mantienen. Tal postura es claramente defendida por Gómez Martínez cuando afirma que los empresarios no entienden de competitividad y por eso “les gustan tanto los subsidios y los controles de precio”. Por tanto, es evidente que el gobierno entrante someterá la débil estructura productiva a la demoledora potencia del capital de los Estados Unidos, dándose un paso más en la subordinación total a la política de Seguridad Nacional de ese país, tarea para la Trump y sus socios de la MAGA ( Make America Great Again) han colocado a su súbdito, De la Espriella.

Muy a pesar de estas abiertas confesiones en favor del libre comercio y por tanto del gran capital -especialmente externo-, su defensa en un contexto como el colombiano es imposible sin que a la vez brinquen posiciones contradictorias y abiertamente incoherentes. Tal hecho queda develado cuando a la larga deben reconocer la inevitable necesidad del Estado capitalista, ya que sin su existencia la reproducción del sistema capitalista sería un imposible, debido a que la pura fuerza competitiva del capital sólo desencajaría toda la articulación social existente.

Por eso Gómez Martínez afirma que “La mejor política económica es la que mantiene los desequilibrios fiscales y el endeudamiento bajo control”, agregando que quiere “un sistema tributario que estimule la inversión y el ahorro, que son dos caras de la misma moneda”. Tal afirmación debe leerse en la dirección de que a los capitalistas individuales se les ofrecerán rebajas tributarias para mejorar su tasa de ganancia.

Sin embargo, esa política es insostenible y contradictoria, tal como se reveló desde su aplicación en el periodo de Reagan, por cuanto la reducción de los ingresos y gastos sólo debilita la capacidad estatal de garantizar las condiciones necesarias a la reproducción del capital en su conjunto, tales como la preparación de mano de obra disciplinada y calificada, e infraestructuras necesarias para la circulación del capital (vías, redes, energía…). Hay que agregar que la baja de impuestos se traduce en déficit y todo déficit sólo significa el desplazamiento de los pagos en el tiempo mediante mayor deuda. Pero lo más significativo es que el aumento de la rentabilidad individual no es sinónimo de reinversión y crecimiento, si las masas de capital son insuficientes o si tasa de ganancia se muestra a la baja, de allí que el resultado sólo sea mayores fugas de capital al exterior, tal como es característico desde hace décadas en el país.

Y ya ubicados en la línea de las incoherencias y las contradicciones en las que recae Gómez Martínez, la más destacable consiste en que su defensa al libre mercado se realiza imaginando que el capitalismo puede evitar los necesarios efectos de la centralización del capital. Esto se evidencia cuando candorosamente afirma que: «no cree en la mano invisible que transforma egoísmo individual en bienestar colectivo. Hoy creo que el oligopolio, la forma más característica del capitalismo moderno, es el modelo más imperfecto y peligroso de mercado”. En tales afirmaciones Gómez Martínez cierra los ojos al innegable hecho de que la competencia mundial está determinada por las grandes corporaciones mundiales y su interacción con los fondos privados de inversión, siendo ambas el producto necesario de la concentración y centralización sistemática del capital en el marco de la competencia mundial, fuerzas a las que quedaran sometidas los pequeños capitales “nacionales”, como antes se notó.

La contradicción en que cae Gómez Martínez es típica de la limitación ideológica del pensamiento burgués, que se manifiesta en que quiere la más absoluta libertad para las irrefrenables fuerzas del capital, pero esconde la cabeza como un avestruz ante los nocivos efectos que en forma inmanente y necesaria vienen de la explotación del trabajo y de la competencia a muerte entre capitales individuales.

Es así que el nuevo ministro con sus decadentes fórmulas sólo repite la desventura del mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado con sus conjuros”, actuando en forma totalmente irresponsable frente a la debilitada y contradictoria sociedad colombiana, que es empujada hacia el despeñadero por Trump y su esperpéntica marioneta.

[1] https://www.centropraxis.co/post/elecciones-crisis-y-salida-de-la-crisis

 

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