En esta perspectiva, el Centro Praxis a través del artículo «El trumpismo como signo de la crisis ideológica en curso» analiza cómo la desesperación de la burguesía occidental, personificada en la figura mesiánica y autoritaria de Donald Trump, está hundiendo los supuestos valores de «libertad y democracia» para salvar la tasa de ganancia del capital financiero. Veamos algunos de los elementos importantes de este análisis.
La violencia: El último refugio de una hegemonía en crisis
Siguiendo las tesis de Antonio Gramsci, una clase ejerce su poder de dos formas: mediante la dirección política y moral (consenso) y mediante la fuerza (coerción). Cuando el discurso de la «libertad» ya no convence a nadie, el imperialismo se quita la máscara.
“Una crisis social se está transformando en una crisis de hegemonía cuando el uso de la violencia directa es creciente, o pesa más que el resto de los mecanismos políticos”.
El genocidio en Gaza y la extensión de la guerra en Medio Oriente son la prueba reina de este diagnóstico. La brecha entre el discurso de los Derechos Humanos y el apoyo explícito a la masacre de niñas y niños palestinos ha creado una fisura ideológica que el capital ya no puede ocultar. Ante la incapacidad de competir productivamente con potencias emergentes como China, los EE. UU. han decidido que su única vía de supervivencia es el saqueo descarado y la guerra total.
América Latina: El “patio trasero” en la mira de la Doctrina Monroe
Uno de los giros más alarmantes para nuestros territorios es la redefinición geográfica de la «civilización». El actual gobierno de los EE. UU. ha comenzado a denostar a Europa como una “civilización en decadencia”, reduciendo el concepto de Occidente a sus propias fronteras y a su retaguardia estratégica: Las Américas.
Bajo el polvo de la vieja Doctrina Monroe y el Destino Manifiesto, Washington pretende recolonizar el continente. Sus documentos de Seguridad Nacional ya no hablan de «democracia», sino de asegurar recursos.
“La reciente agresión contra Venezuela, en la que el acceso a recursos minerales –entre ellos el petróleo– ha sido argumentado de manera directa y explícita”, demuestra que para el imperio, nuestras naciones no son soberanas, sino bodegas de materias primas protegidas por su fuerza militar.
Democracia de élites o autocracia de mercado
La burguesía imperialista hoy se siente «incómoda» con la democracia liberal. Para los sectores que rodean al MAGA y la élite tecnológica (Musk, Thiel), los derechos sociales y la participación popular son estorbos para la acumulación.
Mientras el mundo arde, la maquinaria de guerra factura beneficios obscenos:
- JP Morgan Chase reportó beneficios de 16.500 millones de dólares en un solo trimestre.
- Las empresas petroleras y de armas estadounidenses se embolsan miles de millones gracias a la sangre derramada en Irán y Gaza.
Por contraste, el proletariado mundial sufre una inflación galopante. La guerra imperialista funciona como un mecanismo de transferencia de riqueza: se acentúan las ganancias capitalistas mientras se deprime el ingreso de los trabajadores.
El reto: Construir la alternativa popular
La crisis ideológica del capitalismo es una oportunidad para las y los desposeídos. Sin embargo, el escepticismo y la desmoralización pueden abrir la puerta al fascismo si no existe un proyecto organizado.
El desmoronamiento de los ídolos —con un Trump que ahora se edita a sí mismo como un «Jesús en la tierra»— muestra que la clase dominante ha perdido el juicio y la moral. Es el momento de que el movimiento popular, campesino y obrero asuma la dirección política. Como decían Marx y Engels, el capital produce sus propios sepultureros. La crisis está servida; la organización es nuestra única garantía de victoria.





